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    01.09.2014

    Bestias everywhere

    lala
    (Por Romy Valenta)

    No hay nada mejor cuando uno se siente fofo y viejo que ir a caminar a la costanera, pero la magia del ejercicio tiene que suceder en la mañana y el día debe ser gris, el pasto y el cemento ojalá tienen que estar mojados por la lluvia de la noche anterior e idealmente, personal municipal debe encontrarse “manguereando” a los simpáticos lobos marinos que habitan en el río. Si no, no me dan ganas.

    Mi flojera frente a la actividad física no es secreto para nadie, tampoco mi afición a observar gente y a reparar en sus curiosidades. Por eso me gusta mirar a los gringos que transitan por la costanera durante todo el año, paseo obligado para turistas. Los que más me gustan son esos largos y flacos, con cara de Fido Dido, de cachetes colorados, cejas albinas y cara de pavo que se arrastran cargando mochilas del porte de un edificio. Es maravilloso verlos sacar sus camaritas y detenerse a aspirar el airecito fluvial, impregnado de una suerte de harina de pescado, que emana del hocico de los gigantes mamíferos.  Discretamente me camuflo en algún rincón y espero lo inevitable: cuando el gringo está de lo más concentrado, obteniendo las mejores fotos en el borde de la vereda, el animal lanza una especie de bufido y el flacuchento se tambalea, muerto de susto y manda a la cresta el oficio de fotógrafo.

    Se preguntarán qué tienen que ver los lobos marinos con mis columnas. Algunos dirán que son lindos,  un verdadero sello de La Perla, son emblema de la ciudad y deberían estar en el escudo de Valdivia, pero en la costanera pasan más cosas, no todas tan pintorescas.  De fondo me suena una guitarra desafinada y unas voces lejanas. Ha pasado el tiempo, hay que aceptarlo.

    Hace algunos días salí a caminar y no vi gringos ni lobos, en su lugar había un equipo de buzos  y marinos buscando el cuerpo de un hombre ahogado. El agua  del río estaba quieta y apenas se agitaba con el pasar de las embarcaciones menores, las que casi no hacían sonar su motor. Las aves sobrevolaban en silencio, por encima del quieto lecho acuático. A esa hora el Calle-Calle parecía una gran bestia satisfecha, durmiendo plácidamente después de haber devorado otra presa.

    Por mi cabeza se cruzaba el pensamiento ineludible y la conclusión nefasta, preguntándome cuánta gente ha muerto ahí, en las mansas penumbras del agua. Recordé a un amigo que se perdió en esas profundidades hace algún tiempo. ¿Qué fuerza extraña es capaz de apoderarse de vidas humanas, arrebatando cuerpos que transitan en tierra como un imán invisible? ¿Existirá una especie de remolino hipnótico que atrapa la vista de algunos y los convence a sumergirse en un vórtice sin retorno?

    A veces me gusta descansar un poco de lo que veo y escribir sobre otras cosas, por ejemplo hablar del clima como cuando uno se sube a un taxi pasado de copas y el chofer comienza una conversación sin tu permiso. La trivialidad nos lanza un salvavidas de vez en cuando. Es bueno descansar de lo que uno sabe y de lo que la vida te obliga a presenciar, por eso narro cualquier anécdota y reposo está colapsada red neuronal, porque finalmente hacer historias, es también cargar con fantasmas que atraviesan paredes.