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    29.09.2014

    Mira lo que me encontré

    micro llena
    (Por Romy Valenta)

    Como todos los días, a eso de las 8:20 de la mañana, iba arriba de una micro N°3 llena hasta el techo, con las ventanas cerradas y obviamente repleta de vapores corporales de la más variada índole.  El chofer pisaba el acelerador y frenaba bruscamente, sumiéndonos en un vaivén neurótico que mezclaba a la gente en las posiciones más incómodas e inimaginables. Lo típico: fui brutalmente agredida por la espalda, me pisaron con alevosía y una señora gorda me clavó su codo rollizo en la barbilla, tratando de mantenerme alejada de su cartera, en la convicción de que yo tal vez le robaría, habiendo por supuesto al menos veinte personas con más cara de mala que yo. Pero bueno, ella se quiso desquitar conmigo.

    La radio que funcionaba a todo volumen, como es usual en las micros de la mañana, tocaba “La medallita” de Chico Trujillo, que empieza con esa frase del niño que salió de misa y se encuentra una medalla de la virgen María.  En ese instante un pasajero amenaza con bajarse en la próxima parada y de inmediato pienso en que ese asiento se desocupará para depositar mi adolorida humanidad. Rápidamente me lanzo en picada para apoderarme de la vandalizada butaca y sube una señora de unos setenta y cinco años. Tuve que darle el asiento porque nadie más se levantó. La señora en vez de darme las gracias me miró feo porque me quedé de pie junto a ella y frunció la nariz como si mi chaqueta oliera mal.

    La canción seguía sonando y para matar el tiempo me puse a pensar en todas las veces que me han contado o yo misma me he encontrado algo de valor en la calle. No sé si será común en otras ciudades, pero en Valdivia es muy fácil pillar cosas tiradas, no sé si porque la gente es pajarona y olvida mucho sus enseres personales, o porque los demás caminan siempre sin mirar el suelo. Debe ser una mezcla de los dos factores.

    El año 2003, caminando por Pérez Rosales me encontré un teléfono de última generación junto a una poza de agua en un día muy lluvioso. Inmediatamente guardé el teléfono en mi cartera y cuando estuve en un lugar fuera del alcance del diluvio, comencé a buscar en la agenda algún teléfono donde pudiera contactar al dueño del celular. De pronto me contesta una mujer, a la cual me presento y digo que encontré su teléfono, le doy mi dirección para que vaya a buscarlo y los horarios en que me encuentro en casa, a lo que ella me responde: “Si tratas de venderlo te meto presa”.

    Otra vez, cuando tenía ocho años, me encontré una chaqueta sobre el mesón de una panadería y salí detrás de la señora que la había olvidado para entregársela. La llamé y la mujer regresó, quitándome la prenda al mismo tiempo que me decía “Te pillé, me la querías robar”.

    Hace unos cinco años me encontré una billetera y en vez de dejarla en carabineros llamé al dueño para que los viniera a buscar. El tipo de unos cincuenta años ni siquiera me agradeció y me preguntó con tono sospechoso si yo tenía algo que ver con el asalto que él había sufrido.

    Por eso amigos, el ser buen samaritano no resulta en Valdivia. Si encuentran algo no se lo queden, devolverlo en la comisaría es la mejor opción, aunque algunos me dirán que no confían en los uniformados. Pero bueno, es eso o pasar de largo, porque  exponerse al maltrato y a la falta de tino de la gente es una lata, pero quedarse con algo ajeno es mucho peor.