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    17.10.2014

    La rotisería Nilo

    estanteria web
    (Por Romy Valenta)

    Cuando pienso en la rotisería Nilo’s se me viene inmediatamente a la cabeza el viejo Edificio Prales, que es uno de los pocos gigantes antiguos que se mantienen en pie en el centro de Valdivia, pero sobre todo recuerdo esas inolvidables barras de manjar blanco, dulce y delicioso que vendían envueltas en un plástico transparente. Cuando hincaba mis dientes en una de esas blandas obras de arte, podía sentir claramente en mi paladar los gránulos de azúcar que no habían sido disueltos por el calor de la cocción, la esencia de alguna especia dulce y el inconfundible sabor de la leche que cambia su estado físico, de fresco y líquido a un sólido complejo, lleno de carácter. Pura alquimia artesanal.

    También recuerdo la mano fuerte y siempre fría de mi abuela apretándome para que no me arrancara, como siempre intentaba hacerlo. Yo la acompañaba religiosamente a comprar y me quedaba pegada mirando esas vitrinas llenas de cosas ricas y exóticas, encerradas en extraños envases con etiquetas escritas en otros idiomas. Había una especie de imán en esos escaparates de vidrio que me hacían perder la razón. La combinación de los colores y los olores que inundaban ese local me volaban la cabeza con cada inhalación,  la diversidad de historias que transitaban ante mis ojos con la forma de artículos comestibles y la sensación de estar frente a objetos únicos, eran el mejor estímulo sensorial que una niña podía experimentar.

    Entrar a esa tienda era como estar en otro país, podías encontrar productos griegos, rusos, alemanes, daneses, franceses, italianos y de cuánto lugar pudieras imaginar. Me gustaba detenerme a observar las tipografías de otros idiomas y trataba insistentemente de entender lo que decían sus anuncios, cuando apenas sabía leer en español.

    Algo hermoso que tenía ese mágico lugar, es que no era un sitio exclusivo para el tipo de gente que tiene dinero y puede acceder a productos gourmet, como lo son hoy en día algunas tiendas especializadas. La rotisería siempre ofrecía precios amigables y productos de gran calidad, siendo uno de los locales que trajo orgullo a Valdivia por muchos años.

    Cuando no existía internet y viajar era un lujo que sólo podía darse la clase acomodada, mucha gente podía acceder a un trocito de otro país comprando alguna delicia en la rotisería, para compartir un momento grato en familia, cosa que actualmente hacemos cada vez menos. Desconozco si su cierre se debió a que la gente dejó de comprar ahí para ir a los grandes supermercados, pero sin duda el vacío que dejó en el corazón del centro valdiviano fue grande. Otro detalle que llamaba mi atención era el llamativo y gran letrero de luces que enmarcaba el nombre de “NILO”, nunca sabré si al dueño le decían así o si aquello era una metáfora de la abundancia y el lujo egipcio, de los banquetes que se realizaban en época de faraones.