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    24.10.2014

    Felicilandia

    tagadaromy

    Sale el sol y la gente se desabriga tímidamente. En las calles comienza a respirarse de a poco el verano que se acerca, los niños corren en la plaza, los adultos se refugian en la sombra y  empieza el desfile de barquillos de helado en el centro.  La época estival en Valdivia tiene sus propios íconos colectivos, pero también existen aquellos recuerdos gatillo que operan en la individualidad de cada inconsciente,  provocando placer o desagrado repentinamente sin preguntar antes de aparecer.

    Por eso cuando el cielo brilla en un azul intenso y la brisa sopla tibia en mi cara, antes de recurrir a la imagen mental masiva, yo me acuerdo automáticamente del parque de diversiones de la Saval y de la canción “Rythm is a Dancer” de SNAP! sonando estridente desde un enorme parlante reventado,  puro Eurodance a la vena. El nombre del  lugar era Felicilandia, una clara evocación al conocido parque santiaguino “Fantasilandia”, claro que con varias piscolas.

    Es probable que mi madre y mi abuela me hayan llevado alguna vez cuando tenía unos siete u ocho años, pero mis recuerdos se sostienen en una época posterior, entre esa era sin nombre que antecede a la edad del pavo, cuando tienes permiso para salir sola pero no más allá de las nueve de la noche. Obviamente yo no hacía caso y llegaba más tarde.

    Me acuerdo de llegar a ese lugar de aspecto turbio y peligroso, que de día operaba como un parquecillo familiar, pero al caer la tarde comenzaba a llenarse de extraños personajes, sin contar  los operadores de los juegos, que parecían poseídos por un espíritu maligno que gobernaba el recinto. Al ponerse el sol las luces se encendían y todo se volvía un caos frenético, la música seguía sonando sin parar desde las tres de la tarde y se repetían hits como “Pump up the Jam” de Technotronic, “Wanna be my lover” de La Bouche o “I’ve got the power” -también de SNAP! para los habladores que dicen que sólo tenía un tema conocido-.

    Los juegos que recuerdo con mayor nitidez son el Taga-dá, girando a una velocidad inverosímil, con una veintena de jovencitos flacuchentos que se aferraban al fierro para no caer y rodar entre la pateadura malintencionada de los demás idiotas que estábamos tratando de no perecer y los cinco litros de vómito que se habían juntado en el centro de la estructura.

    Otro favorito era el Barco Pirata, que rechinaba como casa vieja cada vez que se movía y tomaba impulso para dejarnos colgados de cabeza. Muchas veces tuve la sensación de que el “arnés” de seguridad se abriría, estrellándome contra el suelo, como un frágil huevito de codorniz.

    El parque podía recorrerse en menos de una hora, entre empellones e improperios de la gente que hacía nata en las filas para ingresar a los juegos,  sosteniendo algodones de azúcar que se te pegaban en el pelo y pasándote a quemar “sin querer” con sus puchos.  Todo aquello estaba inmerso en un inolvidable olor a papa frita de carro y churros explosivos cocinados en el mismo aceite. Toda una fiesta popular, un abanico de variedad y diversión que se desplegaba como un universo paralelo en el mundo de las diversiones, oculto en un frío pueblo al fin del mundo.