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    04.11.2014

    Lo opuesto

    espejo

    Las baldosas frías de la cocina me hicieron despertar esta mañana, haciéndome caer en cuenta de que me había levantado estando aún dormida. A través del hielo que subía por la planta de mis pies se revitalizaba lentamente el resto de mi cuerpo, al mismo tiempo  que el café hirviendo amenazaba con irrumpir en mi boca. Todo en esta vida se trata de contrarrestar.

    Caminé con orientación al centro y vi avanzar en dirección contraria a dos personas que preferí evitar. Su sino chocaba con mi inevitable afán de encontrar una verdad. Las fuerzas que se oponen en cada momento acompañaron el caos del día que despuntaba gris, mortal y horroroso, con su luz insolente, acuchillando  la composición de verdes húmedos que trataba de emerger en la escena.

    Todos tenemos un doble que pulula por ahí. Todos en esta ciudad nacemos con un símil que se encuentra suspendido en forma humana, de aire, vegetación o agua. Cuando era una niña, mi madre me hablaba de teorías físicas y sin saberlo me atemorizaba contándome que si dos personas con la misma vibración se encuentran en un determinado punto, ambas pueden producir una explosión. Pensar en que algún día aquello podía ocurrir me ocupaba tardes completas. Algunas personas viven junto a sus dobles de manera consciente esperando que se gatille la ignición, otros en cambio, caminan toda la vida junto a su doppelgänger, hasta que la estructura donde se sostienen colapsa y caen al vacío.

    Existe un local que no nombraré pero que todo buen valdiviano sabría identificar. Es un sitio donde la mayoría de nosotros ha comprado y se ha encontrado con la ilusión de un espejo desmembrado, revelación que la racionalidad se empeña en cubrir con una fina capa de polvo y una luz adecuada.

    Entré al lugar donde habitan esas mujeres idénticas, que visten delantales azules y sincronizan sus movimientos a tal punto que parecieran ser un solo ser que se desdobla en múltiples roles.  Las estanterías se me venían encima como cascadas de uniformidad tratando de colapsar mi poder de decisión, todo se repetía en espeluznantes e interminables réplicas. Una de ellas se me acercó  y fue como estar frente a un ícono, en su rostro se personificaba el verdadero sentido de pertenencia a un lugar. Hay ciertas personas que se convierten en territorio por el sólo hecho de “ser”  y la identidad de otros comienza también a habitar en ellas.

    Compré lo que necesitaba y me fui, como lo vengo haciendo hace más de veinte años. No sería consciente del verdadero paso del tiempo, si no hubiese reparado unos dos o tres años atrás que las canas han poblado gran parte de sus cabezas esculpidas cromosómicamente iguales . Me pregunto en qué punto aquellos individuos se convertirán cada uno en el negativo del otro, cuándo se darán cuenta de su desgarradora equivalencia y ocurrirá la catástrofe que nos hará desaparecer a todos.