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    18.11.2014

    Temerosos e invisibles

    parque botanico

    La primavera se ha mostrado bastante esquiva este año, tanto que los valdivianos hemos pasado más frío de la cuenta y llegamos a llorar por un poquito de sol. Ha diluviado de lo lindo, con viento huracanado y amenaza de aluvión (nunca tanto, pero me gusta exagerar un poco). En las mañanas cuesta levantarse (al menos a mí) y en las tardes sopla un vientecillo helado, en pleno noviembre,  mes en el que deberíamos andar todos piluchos.

    Pero como en toda situación de carencia, el ser humano aprende a valorar lo bueno cuando llega, por muy poco que sea. Por eso, todos salimos a pasear el miércoles de la semana pasada, que tuvimos un día primaveral de lujo, de los dos o tres que ha habido desde septiembre. Se podría decir que hizo calorcito, que el sol quemaba y que la brisa tibia adormecía la cara.

    Entre pega y paseo, fuimos con un amigo a caminar al Jardín Botánico, con la intención de tomar algunas fotografías y contemplar la hermosa gama de verdes que parecieran existir sólo ahí, en ese parquecito encantado. La luz de la tarde se colaba entre las ramas y refractaba en interminable cantidad de formas y colores, despuntando en brillantes tonos blancos y amarillos. Las chiquillas de pelo largo posaban en los troncos de los árboles, como hadas ociosas en un escenario fantástico, algunos hacían rutinas de ejercicio, otros leían y los niños y sus mascotas corrían felices por el pastito tan bien cuidado.

    Decidimos ir a dar una vuelta al camino que bordea el río y así ver otra perspectiva de la ciudad, para luego atravesar el parque por rincones más recónditos y alternativos, buscando atajos fuera del sendero habitual. En eso, en la espesura de unos arbustos, aparece cual lobo de Jack London, un enorme y lanudo perro, de edad avanzada. El animal traía la lengua completamente afuera y jadeaba, olfateando a su alrededor y aprovechó de hurgar en un basurero en busca de comida. El perro pasó junto a nosotros, nos miró y sin prestarnos mayor atención, continuó cabizbajo e indiferente.

    Ambos lo vimos y notamos su cansancio y abandono, reflejado en esos ojos negros, redondos y un poco humedecidos. Recordé que en mi cartera traía una botella con agua mineral y comenzamos a buscar un cuenco donde poder darle de beber al perro. Lo llamamos, pero él se negaba a acercarse, sólo nos contemplaba quieto desde lejos, temeroso. Sin poder encontrar un recipiente donde poner el agua, improvisé un vasito con un sobre de papel americano que traía conmigo, lo doblé y lo llenamos, acercándole el líquido al animal para que pudiera hidratarse.

    El perro apresó el objeto con su hocico, tratando de llevarlo a un lugar seguro, lejos de nosotros. Pero en una maniobra torpe y asustada, el pobre perro dejó caer el agua, la cual fue absorbida inmediatamente por la tierra seca. Intentamos darle un poco más, lo llamamos, nos acercamos, pero él se alejó rápidamente, desconfiando de nosotros, por el solo hecho de ser humanos, revelando un pasado de agresiones que me remeció el corazón.  Luego se perdió caminando en dirección al río.

    Es importante que instalemos bebederos en la ciudad para los animales vagos. Con ese pequeño gesto podemos aliviar la sed de criaturas vivas como nosotros, que sufren diariamente del maltrato y que no han elegido vivir en la calle.