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    12.12.2014

    El proceso

    kafka edit
    (Por Romy Valenta)

    Del último período puedo decir muchas cosas. Siempre fin de año suele venir cargado de todo tipo de alegrías y calamidades. Eso, sumado al resentimiento corporal propio de trabajar como animal muchos meses seguidos sin parar, te pasa la cuenta de maneras muy extrañas.

    He estado alejada porque siendo sincera, no sentía ganas de escribir. Uno cuando es “escritor” o al menos lo intenta, disfraza la ausencia de expresión escrita como falta de tiempo o “falta de inspiración”, pero quienes nos dedicamos a estos sabemos que aquello no es cierto, simplemente no hay ganas, por un millón de cosas. Cuando vivimos estos episodios, la mente sigue trabajando, en un proceso constante y agotador y acuden a nosotros muchas ideas que terminan esfumándose por donde vinieron. Pero lo que queda, cual cicatriz después de una herida profunda, es la reflexión de esa instancia abstracta, que me acomoda llamar “el proceso”.

    Ese nombre me visita siempre, en forma de muchas cosas. Si yo les contara todo lo que significa para mí esa frase no terminaría nunca, pero puedo resumir unos cuantos hitos que reflejarían más o menos, el espectro de este fenómeno psíquico-emocional. “El proceso” es mi novela favorita de todos los libros que he leído en mi vida. Entiendo que sea drástica y obsesiva en mi clasificación, pero no encuentro mejor adjetivo para referirme a esa obra maestra, escrita por Franz Kafka. La he leído muchas veces y jamás me aburre, porque por lejos, siempre termina identificándome, agobiándome y martirizándome más que la vez anterior.

    “K”, el protagonista de esta historia, despierta un día y es acusado de un crimen que desconoce. El libro completo se trata de el proceso que el hombre lleva a cabo en pos de probar su inocencia, frente a un tribunal surreal y arbitrario, carente de justicia y humanidad. Hace algunos días fui a la Casa Proschelle y tuve la oportunidad de ver una exposición de pintura e instalación. Lo primero que vi frente a mí fue la imagen de un hombre empequeñecido frente la imponente puerta de un tribunal. Inmediatamente pensé en que todos somos constantemente juzgados. La muestra se inspiraba en el cine y esta pintura hacía alusión a la película de Orson Welles, “El Proceso”, basada en la novela de Kafka. El artista, a quien llamé en el minuto para felicitarlo por su trabajo, es el valdiviano Edardo Elorz.

    Y en ese devenir de procesos y reflexiones, de caminatas por el puente, de injusticias que la vida se empeña en imponer, aparecen luces en el camino, verdaderos amigos que realizan la tarea más difícil que puede existir en la vida: comprender a lo demás, saber leerlos, interpretarlos, valorar el trabajo que realizamos. Por eso esta columna trasnochada, atrasada y del alma, la dedico a mi editor, Luis Gómez, a quien no he conocido en persona, pero por varios meses ha sabido entender cada uno de mis textos, respetar mis tiempos y también reflexionar conmigo, sobre los procesos de este juicio constante que vivimos todos ante el tribunal de la vida.

    A veces, no es necesario buscar todas las respuestas al interior de uno mismo, porque en el resto hay un espejo que nos refleja como si contempláramos nuestra imagen en el arroyo más claro. Y quién sabe, si aparece alguien un día, que te regala un poema de Fernando Pessoa y logras entender muchas cosas.