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    13.04.2015

    La calma antes de la tormenta

    puente valdivia edit
    (Por Romy Valenta)

    Era un domingo como hoy cuando me la encontré, temprano en la mañana, cargando un conejo blanco en los brazos. Estaba parada afuera del correo, frente a la Plaza de la República, vestía un abrigo negro, cabello castaño hasta los hombros y rostro pálido. No había nadie en la calle, el reloj marcaba las 9:15 y el cielo era de un color gris intenso, que parecía a punto de estallar.

    Estoy casi seguro que a pesar de ser el único ser humano vivo en esa escena ella no me había visto, tenía la mirada perdida en dirección al Puente Pedro de Valdivia, como si estuviese esperando a alguien.

    Su silueta delgada se perdía a ratos en las líneas de los edificios. Yo había decidido pasar ahí unos minutos aprovechándome de la soledad y el silencio, para llenar mis pulmones del aire que sólo existe en las mañanas temprano, cuando aún no se contamina con la energía de los caminantes y los espectros de carne y hueso que habitan la ciudad.

    La calma que reinaba en ese momento era increíble, una bandada de pájaros negros surcaba el cielo manteniendo una formación de flecha, lanzando graznidos ensordecedores. Luego planeaban en silencio como desvaneciendo las ondas que flotaban en el aire producto de su estridencia.

    Estaba mirando hacia arriba cuando el sonido de un motor me hizo bajar la mirada hacia la calle, fue ahí cuando lo vi. Un hombre que vestía igual que la mujer dio vueltas en un automóvil oscuro por toda la plaza, tres en total. Era el único vehículo que transitaba a esa hora. Ella lo miraba detenidamente, durante el transcurso de su recorrido, hasta que se perdió en dirección a la costanera.

    La mujer me miró de reojo, como si quisiera que yo presenciara lo que iba a suceder. Mis ojos se encontraron con los de ella y en ese momento quise salir corriendo, pero no pude, la imagen que estaba frente a mí era demasiado poderosa. El roedor que sostenía en sus brazos, de un color blanco intenso, contrastaba brutalmente con su abrigo negro como en un cuadro surrealista. No se necesitaban más colores para definir el infierno.

    De pronto, un viento fuerte y frío me heló la piel del cuello y comenzó a levantar las hojas del suelo, meciendo las ramas de los árboles desnudos que crujían con cada ráfaga. El aire se volvió pesado, casi irrespirable y ella comenzó a dar pasos en círculos completando tres vueltas en total, apretando el conejo contra su pecho como en un ritual inexplicable, hasta que comenzó a llover torrencialmente. (Historia verídica)