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    27.04.2015

    Nunca se sabe cuándo llegan las ideas

    escritora
    (Por Romy Valenta)

    Hace unos días me invitaron a un seminario en un hotel antiguo, de esos que todavía quedan en Valdivia y tienen un leve aire con el Overlook. En mitad de la conferencia garabateé el comienzo de una historia, cuando me dieron ganas de ir al baño y me arranqué, no sin antes meter mucho ruido porque me tocó abrir una pesada puerta corrediza.

    El lugar parecía un inmaculado mausoleo de loza, limpio y temperado y desde lo alto podía escucharse un parlante mientras sonaba una banda de jazz igual que la música de Tom & Jerry. El jabón olía rico y dejaba las manos muy suaves.

    Me quedé un rato frente al espejo y aprovechando la luz intensa comencé a buscarme canas entremedio del pelo, esta práctica se ha vuelto habitual en mí últimamente, sobre todo desde que hace poco, al levantarme, un largo e insolente cabello blanco me surcaba la cara.

    Luego me puse a pensar que en realidad el corte de pelo que me había dejado tan contenta ya no me quedaba tan bien. Me quedé cerca de cinco minutos escuchando la big band, sin dejar de sentirme un poco culpable, en el seminario éramos pocos invitados y de seguro mi silla vacía no pasaría desapercibida. Me di cuenta que estaba siendo descortés y que probablemente me echarían de menos al interior del auditorio, así que salí del baño algo apurada. Mentira, nadie había notado mi ausencia, entré y seguían hablando de lo mismo.

    Al momento del registro me habían entregado una carpeta que contenía un block de notas y un simpático lápiz de tinta que me servirían para aplacar un impulso que sobrevenía a raudales. Cuando salí nuevamente me di cuenta de que la misma música que había escuchado al interior del baño sonaba en todo el hotel pero con una frecuencia extremadamente baja, la acústica de los servicios sanitarios la hacía mucho más intensa.

    Me senté en la loza frente a los lavamanos y comencé a escribir. Las ideas flotaban en el aire como criaturas aladas y se posaban en mi nariz, emulando maripositas encantadas, frágiles insectos coloridos que traían noticias de otros mundos. En mi mente se cruzaba a ratos la información de la charla: “la diferenciación entre los rangos de empresas…..” No obstante esas voces se diluían como ecos lejanos, estaba muy a gusto y pensé que en mucho tiempo no había podido concentrarme tan bien.

    Por un momento pensé en ir todos los días a ese lugar, ¿pero bajo qué pretexto? Tal vez escabullirme y encerrarme en ese baño horas y horas clandestinamente o pedir trabajo en ese lugar, limpiado el piso o los excusados, con el único fin de permanecer entre esas cuatro paredes frías y solitarias, pero estaba consciente de que no me dejarían hacerlo. Tenía que aprovechar ese momento e intentar escribir algo, finalizar ese párrafo que había comenzado tímidamente, porque no habría de nuevo otra oportunidad como esa.