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    11.05.2015

    El miedo a los domingos

    valdivia
    (Por Romy Valenta)

    Recién estaba cocinando algo para la cena y me di cuenta que apenas son las seis de la tarde. “Mejor comer temprano” –pensé-. Luego empecé a repasar las funciones del día y recordé haberme levantado excepcionalmente temprano, revisé algunas tareas pendientes de la semana anterior, las completé con “doble check” en mi agenda, acto tremendamente obsesivo según un amigo pintor que se entretiene muchísimo enrostrándome mis manías.

    Como no tenía mucho que hacer, empecé a adelantar trabajo de la semana que aún no comienza, vi tres capítulos de “The black list”, serie que me tiene bastante entretenida, hice algo de aseo (no mucho, para no perder ese toque caótico que caracteriza a mis espacios), luego salí a caminar y volví a eso de las 13:00 hrs. La casa estaba temperada, olía a comida, los platos estaban limpios y un silencio brutal imperaba tanto dentro como afuera en la calle. Todavía era muy temprano y lo peor, todavía era domingo.

    Me senté a manosear libros ya leídos y entre páginas a medio hojear recordé una conversación con un amigo muy querido, alguien que ha permanecido intacto al paso de los años. Llevábamos bastante tiempo de amigos y ya nos habíamos contado un montón de secretos, pero nunca habíamos conversado con respecto a este punto en particular: el temido temor a los días domingo. Y digo “temido temor”, cayendo en la redundancia más absoluta porque una cosa es el miedo a los domingos, pero otra peor es el miedo que antecede a ese miedo, llamémoslo el miedo a temer, que comienza más o menos el sábado en la tarde.

    Resulta que cuando éramos chicos no todo el mundo tenía cable y la programación del fin de semana era particularmente aburrida, eso ya te daba susto porque la rutina cambiaba y algo feo se acercaba. Uno sabía que el domingo era eterno, que generalmente los amigos del barrio se iban, desaparecían sin avisar para ir a almorzar a casas de tíos o abuelos, el pasaje estaba desierto, los adultos que nos cuidaban dormían siesta y el uniforme planchado y colgado desde las cuatro de la tarde nos recordaba que se avecinaba otra semana de tareas, plátanos aplastados en la mochila y rodillas peladas.

    Nítidamente viene a mi memoria el tic-tac, tic-tac del reloj de la cocina, funcionando gracias a una pila Rayo-Vac eterna , instalada en su mecanismo pegajoso de grasa desde tiempos inmemoriales. Ese sonido marcaba el tempo de mi desconcierto y amenizaba la angustia amarga de la soledad enfrentando mi hipocondría, mi ocio y el miedo a escuchar esa vocecita interna que era yo misma pero en otro plano, hablándome de lo que coexistía en ese universo alterno, de todo aquello que no quería reconocer.