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    20.05.2015

    A mi querida Norka Vera

    sistema escolar
    (Por Romy Valenta)

    Cuando estaba en el colegio, en quinto o sexto básico, me puse a escribir en un cuaderno que me regaló mi hermana, una libreta bastante rara, empastada en rojo con telas de araña dibujadas en las tapas. Como siempre he tenido imaginación, se me ocurrió que sería el libro en blanco perfecto para empezar a escribir una historia de terror, género que siempre me gustó y todavía ocupa el lugar número uno en mi lista de preferencias literarias y cinematográficas.

    El universo social de un niño es bastante reducido y por ende, si se las quiere dar de escritor, debe limitarse a crear sus personajes basándose en familiares aburridos o torpes niñitos de su edad. No obstante, yo tenía un tesoro grande y es que mis compañeros de curso eran pequeños muy divertidos y con características marcadas que alimentaban hasta la mente más estéril. Así nació la mini novela “Las aventuras de Johnny Carrasco” (si, igual que el alcalde de Pudahuel). Creo que el nombre me pareció chistoso por cierto motivo, tenía algo como ondero.

    Recuerdo bien poco del relato en sí, porque el cuaderno lo perdí ese mismo año (creo), pero de lo que sí no he podido olvidarme es que anduvo dando vueltas por varias casas de mis compañeros de curso y que causó furor. Así es, quienes querían leerlo debían hacer turnos y se apuraban unos con otros para que fuera rotando de mano en mano y como si eso fuera poco, los papás también lo leían y lo encontraban bueno. Increíble pero cierto.

    No saben la cantidad de veces que he tratado de saber qué fue de ese cuaderno y por qué hoy, a mis 32 años, todavía no he querido publicar un libro completo bajo mi nombre. En realidad razones hay muchas, pero extraño esa falta de pudor y auto crítica tan propia de la infancia.

    Casi se me acaba el espacio de rigor para escribir esta columna y no he contado a raíz de qué empecé a contar este pasaje de mi historia y en realidad el motivo es sencillo. Hoy caminando por la calle me encontré con una profesora de castellano que me fomentó muchísimo el amor por las letras en una época difícil de rebeldía y abulia: la adolescencia. Sin importarle mi flojera, Norka Vera me tuvo paciencia y reconoció en mí cierto talento oculto que se empeñó en rescatar.

    Tanto me apreciaba que una vez, ya en la universidad, nos encontramos una tarde de lluvia y casi se desmaya cuando le dije que estudiaba odontología. Pero hoy fue distinto, porque le conté que nunca me titulé y que hace algunos años volví a escribir regularmente, que ahora estoy incursionando en cine y pretendo algún día, juntar mis relatos y hacer un compendio Tal vez a estas alturas sea una obra de varios tomos, por culpa del mal de Diógenes. Que me di mil vueltas para llegar aquí es verdad. ¿Pero a dónde estoy ahora? No lo tengo muy claro, pero para allá voy y eso es lo que importa. Muchas gracias profe querida.