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    20.09.2011

    Colombia y el otro caribe

    Estimados lectores, en esta oportunidad vamos a conversar sobre la reciente visita que hicimos a Colombia, país del norte de Sudamérica, que comparte con nosotros ser parte de la Mística cordillera de Los Andes, abuela milenaria de tanta cultura, sabiduría y espiritualidad.

    Colombia es un país que viene sonando fuerte para nosotros los chilenos, somos sus principales visitantes turísticos y además, ese país es reciente destino de nuestras inversiones.

    Luego de esta breve presentación e introducción al estilo “normal”, vamos a introducirnos en el tema turístico, desde lo místico y espiritual, pues grata sorpresa fue poder conocer la región caribeña del país, pero el OTRO CARIBE, el Caribe místico, el Caribe indígena, el Caribe ancestral y salvaje.

    Como buen chileno y como parte de mis viajes por el mundo, tenia nociones del Caribe colombiano, por colegas, amistades y familiares que habían estado por ahí, pero en realidad eran Más bien informaciones del Caribe más normal, más lujoso, siendo igualmente bello y lleno de Vida, pero similar a otros lugares como Cancún o República Dominicana, según dicen.

    La sorpresa era que, la Vida, que es más sabia que Uno y que se deja ver, en esta oportunidad nos llevaría a ese otro Caribe, desconocido, indómito, sin grandes hoteles, ni grandes lujos, ese Caribe que es casa milenaria del pueblo Kogi, de los mamos, del parque Tayrona, de la Sierra Nevada de Santa Marta.

    Un lugar lleno del espíritu de Los Andes, de la selva y sus exuberantes colores, aromas, un lugar lleno de seres vivientes como flores, plantas, árboles sagrados, animales, cerros, mar y sus espíritus guardianes protectores.

    La visita comenzó a las 7.30 de la mañana de un día martes, tomando el recorrido desde la finca La Jorará donde alojábamos, vía buseta o micro para nosotros. Desde el primer instante sorpresas, por ejemplo, la gente y sus distintas costumbres, oyendo vallenato o salsa desde que sale el Sol, comiendo frutas tropicales, que adornan toda la carretera hasta la entrada al parque Tayrona, lugar protegido por las leyes de Colombia, por ser parte de las reservas de la Biosfera o de la naturaleza. Al entrar al parque, nuestro primer contacto es con los guardias del lugar, gente pagada y contratada por el gobierno, para prestar información, como  guías por los distintos atractivos que forman parte de su área silvestre protegida.

    En ese contacto preguntamos por el pueblo Kogi y si existía la posibilidad de contactar a algún mamo o chaman, ante lo cual responden que ellos viven en “Pueblito” un lugar construido por ellos mismos, desde hace siglos, pero que hoy por hoy no se encuentra muy poblado, pues con las visitas de turistas, han tomado por mejor opción retirarse a lo alto de las montañas.

    Con un poquito de tristeza, comenzamos el recorrido en bus, que nos introducirá unos 15 minutos, para llegar al inicio de los senderos y rutas dentro del parque mismo, donde ya comenzábamos a presenciar su belleza y su enorme diversidad de bosques, aves, insectos, flora y fauna en general.

    Ya listos para comenzar el recorrido volvemos a consultar por la posibilidad de contacto con los mamos del pueblo Kogi, recibiendo esta vez una escueta respuesta que nos señalaba que dentro de la ruta menos transitable, la ruta destinada a los animales de carga, habitaba un mamo llamado Lorenzo.

    Con esa simple pero motivante información, comenzamos un recorrido a pie descalzo por la selva del parque Tayrona, un lugar digno de visitar para cualquier persona amante de la naturaleza, del ecoturismo, del turismo aventura, del ECOCARIBE y también de playas impresionantemente bellas, con mar color esmeralda, tibio y aire caliente.

    Nuestro objetivo final? Contemplar la exhuberancia y variedad del lugar, pero fundamentalmente, recorrer el parque y encontrarnos con el pueblo indígena milenario de los Kogi y ojala alguno de los mamos o hermanitos mayores, chamanes o sacerdotes de su pueblo, encargados de cuidar el espíritu de la Madre Tierra y del equilibrio del planeta. Sabíamos que los mamos están enviando un mensaje al mundo, por primera vez, en este momento del tiempo cíclico, del Gran cierre de ciclos y queríamos estar ahí presentes, como compartiendo el espíritu de Chilwe con el de este pueblo tan ancestral y hermano como los Williche.

    La caminata comienza a eso de las 8.45 de la mañana, con unos 32 grados de calor y humedad cercana al 100%, tomando precisamente la ruta no apta para turistas, ruta que sería finalmente la mejor para nuestros propósitos, pues queríamos conocer en todo momento los secretos que esa selva milenaria guarda desde hace tanto tiempo.

    Desde el primer instante nos acompañan lagartos de los más hermosos colores, verdes, violetas, azules, grises y todos sus tonos similares, nos acompañan también mariposas enormes, de colores violeta con dorado, fácilmente del tamaño de un ave, impresionante para nosotros, habitantes del sur, donde apenas ese maravillosos y simbólicos Seres se dejan ver, siendo también de pequeños tamaños. Sin duda un regalo del espíritu del lugar, que nos recibía como humildes invitados, espíritu del lugar amable, cálido, sencillo, al igual que la gente colombiana.

    Luego de 3 horas caminando descalzos, empapados por el calor y humedad del clima,  muy al interior del parque, que a esa altura del día por las lluvias del trópico, se hacía intransitable, encontramos a un guía del lugar a quien preguntamos por Lorenzo, nombre que a la entrada del parque nos habían dado. Estábamos a 10 minutos de su casa, del lugar donde habita junto a sus hijos y compañera, lugar no señalizado en ninguna parte, pero que confiábamos que la sincronía y nuestra voluntad harían que arribáramos a nuestro destino.

    Al entrar por un sendero apenas visible, confiando en nuestras percepciones e instintos, en medio de árboles gigantes, sonido de insectos y aves y aromas a tierra húmeda, cruzamos un pequeño y cristalino río, que sincrónicamente debía hacer el papel de limpiar, lavar nuestros pies antes de entrar a su casa. Una vez ahí, salió uno de sus hijos, vestido todito de blanco, como es su característica desde hace milenios, a quien preguntamos por Lorenzo. Asintiendo, nos llevó al lugar donde se encontraba…