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    05.06.2014

    Dios salve al Pipeño

    pipeno
    (Por Carlos Carvacho)

    Por décadas, el pipeño fue un vino más o del montón. Menospreciado por las élites y los enólogos más pitucos por no tener aroma a chocolate de la india, o un final en el paladar con gusto a arándanos. Típicas pomadas que dicen estos gallos cuando se mandan una tapita y ponen los ojos blancos. Un tremendo error, porque hoy ese “patito feo”, es probablemente el vino de mayor venta en nuestro país, superando incluso a la chicha durante fiestas patrias, gracias a ser el ingrediente fundamental del terremoto.

    Pero la cosa no termina ahí. Estudios han confirmado que nuestro humilde pipeño posee un mayor grado de polifenoles -o antioxidantes, hablando más en fácil- los que podrían estirar el somier a más de alguno y llevarnos por qué no, a alcanzar vida eterna. De ahí venga quizás la salud de roble de nuestros taitas, quienes lo compraban por litro en las chicherías y cuando les preguntaban “¿trajo envase?”, ellos decían “con él habla”, como en el chiste.

    La primera vez que escuché la palabra pipeño, fue como a los nueve años. Fue para una celebración que se hizo en mi casa. Mi tío Sigisfredo le mandó desde Chillán a mi papá una encomienda. Dos garrafas, una de tinto y otra de blanco junto a los correspondientes metros lineales de longas. Mi papá se frotaba las manos, y se dispuso a picar como era de costumbre sus duraznitos de rigor para hacer un arreglado. Pero al momento de destapar la garrafa, y pegar el primer sorbo supo al tiro que no era un vino para tirarlo a la pelea. Sin que nadie se diera cuenta, pescó los chuicos y los escondió. Y salió a comprar su cartoné de costumbre para armar el arreglado. Años más tarde supe lo que era ese pipeño cuando me tocó andar por Portezuelo, Quillón y Ñipas en el abnegado ministerio guachaca. Era como visitar la gran manzana de los chuicos. Un vino dulce en su medida justa y con el aroma intenso que le da la uva moscatel, cepa que habría llegado junto a los jesuitas, y que al ser carne de perro (requiere muy pocos cuidados en comparación a otras cepas), terminó por abrazar todo nuestro campo chileno. Porque un buen pipeño tiene ese olorcito a uva siempre y un color más bien oscuro, porque es un mosto sin filtrar. No deje que le cuenten cuentos.

    Hoy la industria pipeñística vive momentos cruciales, ya que junto al interés gringo por la cepa país, las viñas más pitucas en época de vendimia compran como malos de la cabeza nuestra uva pre-terremoto, para adivine que… revolverla junto a otras cepas y crear esos portaviones que ganan medallas en todos lados, o crear endulzantes para sus vinos. Por lo que lo más probable es que aquel fino guarisnaque, de botella con potito pa’ adentro que alguna vez vio con alarma en las vitrinas del supermercado, tenga en su más profundo ADN, a nuestro humilde pipeño. Así, como cuando en las teleseries descubren que el niño rico es hijo de la empleada.

    Hoy, nos hace falta más que nunca algo así como una superintendencia del pipeño. Me ha tocado ver y degustar verdaderas aberraciones que invocan el nombre en vano de nuestro sagrado elíxir. Un chimbombo, no es pipeño señores. Esos ponches que veden en envase de agua destilada tampoco. Y pareciera que las autoridades sanitarias no están tomándole el peso al asunto, porque siguen viendo al pipeño como ese vino que nadie quiere ver. ¿Se ha puesto ha pensar cuántos millones de dólares pierde el Estado por los días de caña?. Apuesto que nadie a sacado ese cálculo, pero fijo que un par de dipironas menos. El milagro de Canaa no corre en estas tierras: convertir el agua en vino, no puede pasar en este rubro, pero lamentablemente están proliferando especuladores, y viñateros de probeta. No podemos permitir que pase lo mismo que pasó con la chicha en su tiempo: un descrédito total y una guerra de endulzantes. En días en que se discute el alza de los impuestos al vino, resulta indispensable que se nos garantice que lo que tenemos en nuestros vasos sea efectivamente por lo cual tributamos. Dios salve al pipeño (y a nuestros hígados también)