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    23.05.2012

    Pasado y presente del futuro penquista

    Hace algunos días tuve la oportunidad de asistir a una charla sobre el patrimonio arquitectónico de Concepción, dictada por el alumno de Arquitectura de la Universidad de Concepción, Luis Darmendrail. Enmarcada en el “Mes del Patrimonio”, el propósito de la exposición fue dar a conocer el pasado y el presente de un grupo de edificaciones penquistas que, en su momento, reflejaron el esplendor de una ciudad próspera y pujante, pero que hoy se encuentran en su mayoría deterioradas, destruidas o completamente modificadas por multitiendas. La idea que quedó rondando entre los asistentes a la charla es que nuestro patrimonio es tan rico como frágil, y bastante mal cuidado. Sin embargo, queda una esperanza: Nuestro propio deseo por conocer la historia.

    Más allá del tema arquitectónico, el olvido es una enfermedad que afecta a toda la sociedad penquista (y me atrevo a incluir al resto de la Pencópolis). Detalles como el nombre de las calles o parques saltan a la vista. Decimos “Bulnes”, pero no reparamos en que Manuel Bulnes fue un General de Ejército y el último Presidente de Chile nacido en Concepción porque nadie se tomó la molestia de enseñarnos ese hecho. Se construye un parque entre la Intendencia y Costanera, y se le bautiza como “Parque Central”… ¿Acaso no existen personajes históricos dignos de reconocimiento en esta parte del mundo? “Simples detalles”, podría decir usted. El problema se manifiesta cuando derriban una casa de hace 100 años y usted se pregunta “¿por qué botan esa casa tan bonita?” Si no hay conciencia de lo que se tiene, no hay conciencia de lo que se pierde.

    Entonces, tenemos una ciudadanía con memoria corta, unas autoridades que adoran la palabra “progreso” (pero que no suelen combinarla con la palabra “responsabilidad”) y una clase empresarial que, obviamente, buscará ganancias por sobre todas las cosas. ¿Nuestro patrimonio está condenado a morir? Si este escenario sigue así, por supuesto. Sin embargo, quiero confiar en que más de alguno asumirá su propia cuota de responsabilidad y traspasará a su manera el legado heredado a las futuras generaciones. Si a esto le sumamos a autoridades con alguna cuota de autonomía real y empresarios que respeten y contribuyan a la conservación del patrimonio, podríamos tener una ciudad desarrollada, moderna y con su propia identidad. Claro está, en un futuro bastante idealizado, al estilo Walt Disney

    En definitiva, todos queremos progreso, pero… ¿Qué tipo de progreso buscamos? Les dejo la interrogante.