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    20.06.2012

    No más política-luciérnaga

    En un año marcado por personas que no aguantan las ganas de decir “soy candidato presidencial” las elecciones municipales y el esperado estreno de la dupla “inscripción automática-voto voluntario”, se ha discutido bastante sobre el rol que tendrán los jóvenes en los futuros procesos electorales. Sin embargo, más allá de la preocupación que manifiesta la clase política sobre el destino de los nuevos votos, lo más importante debiera ser el grado de descontento que vastos sectores de la sociedad manifiestan con respecto al actual sistema.

    Pensemos en las movilizaciones estudiantiles de 2011 o el conflicto en Aysén de hace algunos meses. En ambos, el Gobierno reaccionó tibiamente al principio, queriendo minimizar su relevancia, recurriendo a artimañas publicitarias (¿se acuerda del GANE y el FE?) o enfocándose en los “violentistas” antes de tratar el tema de fondo. Desde la vereda de enfrente, la generación del ’88 aprovechaba cada conflicto para criticar hasta el cansancio, sin asumir que gran parte de los problemas actuales se deben a la indolencia e ineptitud de sus administraciones. No es de extrañar que, ante este escenario, la gente se muestre hastiada de confiar en personas que generan más problemas de los que resuelven, prometiendo la luna y las estrellas si son elegidos, pero que al lograr el objetivo empiezan a vivir en su propio mundo.

    “¿Cómo hacemos para captar nuevos votos que nuestro mensaje llegue a los jóvenes?”, se preguntan los partidos políticos. Ciertamente, tuitear todo el día o buscar el voto de los adictos a Facebook no conducirá a nada. A mi juicio, la clase política debe plantearse interrogantes más profundas, que estén relacionadas con el tipo de país que se desea construir en los próximos años. Mientras más importante sea el nivel de la discusión, más personas (jóvenes, adultos, etc.) volverán a confiar en la política.

    Y es precisamente en este punto donde el título de la columna cobra sentido. La política-luciérnaga es una derivación de la política tradicional, relativamente moderna, que a pesar de manifestarse en situaciones puntuales, está lejos de ser “una simple excepción”. Se caracteriza por hacer que cualquier tema relevante gire en torno a los medios de comunicación, para así convertir a las autoridades en gente conocida (e incluso, famosa), lo que sin duda los ayudará en alguna futura elección o repartición de cargos. Es cierto que, en mayor o menor medida, todos queremos ser conocidos, queridos y amados. El punto es que cuando alguien debe ocuparse de temas tan importantes como educación, salud, trabajo, vivienda o economía, la fama debería ser la última de sus prioridades.