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    05.09.2012

    Sufrir para aprender

    Desde el momento en que adquirimos conciencia hasta el instante en que la perdemos, la vida se va convirtiendo en una seguidilla de avances, retrocesos y bruscos cambios de 360º 180º. Teniendo esto en cuenta, sería sencillo armar frases brillantes (?) como “la vida está hecha de cambios” o “la vida es como una caja de bombones”, pero la realidad es que estaríamos obviando el hecho que, en realidad, la vida está hecha de constantes.

    Es muy probable que hayan leído esa última frase y no la compartan. Quizás tengan una vida activa, con muchos amigos, carretes todas las semanas, viajes, un trabajo estimulante, etc., y piensen que en su vida no hay nada fijo. Incluso puede que, hasta hoy,  nunca hayan pensado en el tema. Lo cierto es que ese ser querido al que tanto aman o aquel lugar tan especial en el que se sienten protegidos se convierten, quiéranlo o no, en sus propias constantes. Aquellos elementos que no son importantes terminan por desaparecer de nuestras vidas o son absorbidos por la rutina diaria, pero nuestra “columna vertebral” es tan estable que ni siquiera nos detenemos a pensar en ella. Es por ello que, el día en que una de nuestras constantes sufre algún daño, nuestra vida se pone de cabeza. Estamos preparados para la rutina, no para perder el apoyo que te ayuda a sobrevivir a la rutina.

    En esta vida no existe un cambio más tremendo que perder a esa persona que pensabas que te acompañaría por siempre o a ese lugar que creíste eterno. Superar esa pérdida es posible, pudiéndose usar la experiencia para aplicarla en el futuro, pero lo cierto es que tu vida jamás volverá a ser la misma. No es bueno ni malo, sólo es.