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    26.09.2012

    Primero, yo. Segundo, yo. Tercero, mi sombra.

    Hoy salí del trabajo (he dejado de ser un parásito, aunque usted no lo crea) con unas ganas tremendas de llegar a casa. Al parecer, la suerte estuvo de mi lado, porque el taxibus (o “micro”, para los q no hablan concepcionés) no demoró más de 1 minuto en llegar al paradero. Si a eso le agregamos el relajo que acompaña a una típica tarde soleada y la chance de ver un partido de fútbol con mi Viejo, todo indicaba que este miércoles cumpliría mi 2ª semana consecutiva sin escribir en el blog.

    No llevaba más de 3 minutos arriba de la máquina, cuando de pronto se suben 3 pendejos mocosos adolescentes. El “¿nos lle’a por $300?” al subir fue su único rastro de amabilidad durante el viaje. Los niños (no tenían más de 14) empezaron a maltratarse casi de la nada, aumentando la intensidad a medida que pasaba el tiempo e incluso llegando al extremo de amenazas de combos y patadas, mientras se identificaban a los gritos como choros y traficantes. Estaban en eso cuando el chofer también realizó una amenaza (“¡A ver! ¡Si quieren pelear, se bajan altiro!”) que los calmó un poco. Luego de eso, siguieron tan amigos como siempre hasta terminar su viaje.

    Obviamente, este pequeño episodio del que fui testigo no es lo más terrible que pueda pasar arriba de un taxibus. Día a día se registran asaltos en la locomoción colectiva, siendo víctimas tanto choferes como pasajeros, además de otros vejámenes que en su momento han impactado a la comunidad. Pero si quise compartir con ustedes esta “anécdota” fue para plantearles esta idea: La “ley del más fuerte” no sólo domina aquello que no podemos controlar, sino que también está presente en nuestras vidas.

    Es lógico que nos indigne si una persona importante abusa de su poder para conseguir lo que quiere, o que condenemos a aquella institución financiera que lucra con los recursos de los más humildes. Sin embargo, no nos damos cuenta que tendemos a imitar estas acciones en nuestras vidas, ya sea al conducir y no respetar un paso peatonal o al despotricar contra el mundo entero por llegar atrasado con el papelito nº28 en la mano cuando el monitor dice “30″. Este es el mundo de los “vivos”, donde gana el que se impone a otro, se tenga o no la razón. Todo gira en torno al “yo”. Los demás no importan.

    Como no nos cuestionamos estas ideas, tampoco vemos que el sentido común se va desvaneciendo lentamente. Y en un mundo donde el sentido común no es algo importante, que 3 niños se golpeen entre ellos y se insulten a viva voz es algo que no importa. Total, mientras YO llegue sano y salvo a MI casa, el resto del mundo se puede ir a la… bien lejos.