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    29.10.2013

    Un memorial sin memoria

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    Si algo nos ha demostrado la historia es que, para la gente del Biobío, nada es sencillo. Como si no fueran suficientes la pobreza, cesantía y pérdida de productividad regional; hace tres años y medio tuvimos que enfrentar uno de los terremotos más intensos que se haya registrado en el planeta. Más allá de los saqueos y la paranoia colectiva de esos días, lo cierto es que nadie sufrió tanto como aquellas personas que perdieron a sus seres queridos. Es por ello que la idea de un memorial conmemorativo parecía apropiada, sobre todo considerando que la “memoria corta” y el olvido instantáneo reinan en nuestra sociedad. Sin embargo, estamos en Chile, un lugar donde el sentido común es una verdadera nebulosa.

    El pasado miércoles, el país entero fue testigo de la inauguración del “Memorial del 27-F”, construido en el aún inconcluso Parque Costanera de Concepción, a un costado del futuro Teatro Regional llevan 20 años prometiendo su construcción. Se supone que la idea central del monumento fue simbolizar distintos aspectos del fatídico terremoto y posterior tsunami que devastó nuestra costa, incluyendo en el interior de las ocho torres algunos nombres de víctimas, mensajes y descripciones acerca de lo ocurrido en esa época. En este punto, quisiera dejar en claro que las opiniones estéticas de escultores y arquitectos tienen un fundamento bastante mayor que cualquier cosa que pueda decir, por lo que sólo me limitaré a expresar lo que sentí cuando visité el memorial, como lo han hecho otras personas.

    En primer lugar, siempre he creído que es una falta de respeto inaugurar una obra con bombos y platillos, cuando es sabido que no se encuentra terminada. Ya sea un hospital, una avenida o un parque, el sólo hecho de construir con dineros públicos debiera obligar (al menos, moralmente) a que una obra pueda ser aprovechada por la ciudadanía en su totalidad cuando es inaugurada. En este caso, las torres del memorial se encuentran cerradas al público, por lo que el anunciado homenaje gráfico a las víctimas del 27-F se queda “a medias”, tal y como actuaron la ONEMI y el SHOA durante esa madrugada. O quizás ese sea el recuerdo que se quiso evocar… Quién sabe…

    Una vez comenzado el recorrido por el lugar, es imposible no fijarse en el piso, hecho de piedra laja traída se supone especialmente desde Cobquecura. Un buen detalle para hacer sentir al visitante un poco más identificado con el lugar del epicentro. Al comenzar a circular por entre las torres, el nivel del suelo empieza a descender, por lo que las torres se ven aún más altas de lo que son. “Se ven imponentes”, diría alguien. Yo prefiero describir esa sensación como la representación constructiva de una conocida frase típica chilena: “No somos nada”.

    El recorrido es corto, y deja un sabor amargo. Estando en el lugar, uno se pregunta si valía la pena gastar 2 mil millones de pesos en tamaña mole de concreto. Considerando los problemas que ha tenido la reconstrucción de las zonas afectadas, es inevitable pensar en el beneficio que esos recursos habrían significado para tantas comunas de nuestra región. Además de lo descrito anteriormente, sumemos el hecho que no es fácil acceder a pie al memorial (señores candidatos al CORE, ¡no se olviden del soterramiento de la línea férrea!), por lo que gran parte de la gente del Gran Concepción tardará un buen tiempo antes de visitar la construcción por primera vez. En resumen, la ciudad tendrá un costoso hito urbano, con menos visitantes de los que debiera tener.

    Los días posteriores al 27-F, nuestra zona vivió una verdadera degradación humana, que algunos llamaron “terremoto social”. Hoy, volvemos a recordar esos días, pero no por saqueos o violencia, sino por otra muestra de degradación: El aprovechamiento político de una fecha con la que no se debiera jugar. Este memorial fue pensado como un punto de reflexión y encuentro ciudadano, pero en vista que ya no fue así, pierde su sentido original. Como dice el refrán, “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”.