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    04.12.2013

    Democracia obligada

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    Hace poco más de dos semanas, Chile vivió su primera elección presidencial con inscripción automática y voto voluntario. Considerando la renovación del padrón electoral y la importancia de la elección, las estimaciones de participación rondaban los 8 millones de votantes, escenario similar al de la elección de 2009, cuando votar era obligatorio para aquellos que optaban por inscribirse en los registros electorales. Sin embargo, de los más de 13 millones de ciudadanos habilitados para votar, la cantidad real de votantes no alcanzó a los 7 millones, lo que constituyó una verdadera derrota para gran parte de la clase política, que creyó ver en el voto voluntario una tabla de salvación ante la crisis de representatividad que viven las instituciones democráticas. Ante estos hechos, no son pocos los que llaman a volver al sistema antiguo, aprovechando que hoy en día toda persona mayor de 18 años pasa a ser automáticamente inscrita como votante. Tomando en cuenta estos hechos, creo preciso realizar la siguiente pregunta: ¿Puede considerarse “legítimo” un padrón electoral integrado por personas forzadas a participar?

    Al ver el número de votos de la elección presidencial, se echa por tierra la idea de imaginarnos a la inscripción automática y el voto voluntario como una “dupla mágica” que resolvería todos los problemas del país. Las personas que creyeron eso se engañaron a sí mismos. En un país con serias falencias en materia de Educación Cívica, donde los conceptos “democracia” y “elección” se confunden fácilmente y el sistema binominal es tan famoso como incomprensible, no se puede exigir que los ciudadanos vayan corriendo a votar por el sólo hecho que ahora el proceso es voluntario. Si pretendemos aumentar la participación, deben generarse las condiciones para motivar al electorado, hablando claramente y con una mirada a largo plazo, misión prácticamente imposible para una clase política que busca resultados cortoplacistas, que ojalá se manifestaran antes de la próxima elección.

    ¿Dónde quedó el desafío de “encantar” al nuevo electorado con algo más que una cara sonriente en un afiche? ¿Qué pasó con la meta de potenciar nuestra democracia y hacer sentir a las personas que son parte de las decisiones? Si, al primer revés, todo vuelve al principio y se borra con el codo lo que se escribió con la mano, ¿de qué manera podemos confiar en una clase política que parece querer engañarnos al más puro estilo de una tienda de retail? La democracia es más que una seguidilla de elecciones, se trata de convencer más que de imponer. Ya es hora que las autoridades estén a la altura y asuman estas premisas como propias.