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    09.02.2015

    El nuevo y el viejo Chile

    AUC
    (Por Daniel Chávez)

    Les confieso que, en esta oportunidad, estaba preparado para escribir acerca del “nuevo Chile”, tan distinto al de hace 15 o 20 años, que se atreve a hacer cosas distintas, que quiere hablar de todos los temas, al que le encanta intercambiar opiniones, mostrándose cada vez más integrador y abierto. En resumen, un país que se acerca a los estándares de países desarrollados, pero no tanto en cifras, sino en la vida cotidiana.

    La razón que me empujó a ese escribir sobre este tema fue la aprobación del Acuerdo de Vida en Pareja Pacto de Unión Civil Acuerdo de Unión Civil, que introduce la figura del “conviviente” como estado civil y, de esta forma, permite regular la asociación de parejas heterosexuales y homosexuales, contribuyendo al resguardo de bienes e intereses comunes sin la necesidad de recurrir al matrimonio. Por supuesto, más allá de esta visión un tanto legalista del asunto, la gran relevancia del AUC es que el Estado por fin sea capaz de reconocer la unión de dos personas que se aman, sin importar su condición sexual. El mismo país que hace menos de un siglo perseguía y encarcelaba a los homosexuales, hoy empieza a aceptarlos y acogerlos. Motivo suficiente para aplaudir a una sociedad que, por fin, muestra signos de madurez.

    Sin embargo, la copia feliz del edén nos tiene acostumbrados a que si algo es muy bonito para ser verdad, probablemente sea una verdad a medias, o directamente una mentira. Este “nuevo Chile” que empezaba a formarse en mi mente comenzó a temblar (analogía cruel, lo reconozco) cuando leí las declaraciones del diputado Pablo Lorenzini acerca de violaciones a mujeres, en el marco de la discusión del proyecto de ley de aborto terapéutico. Si bien nunca creí que el “viejo Chile” desapareciera por completo, al menos pensé que ese país ya estaba en franca retirada, melancólico y triste, añorando aquellos tiempos donde era mejor callar y otorgar antes que discutir y convencer. Pero el simple hecho de asociar un vejamen tan monstruoso como una violación sexual con “un traguito de más” me dio a entender que el Chile del pasado aún está presente, perpetuando estereotipos de dominación sexual, y eventualmente reduciendo la discusión sobre el aborto producto de violación a frases que ya están en el imaginario colectivo, como “si ella igual quería”, “por algo la violaron” o “¡pero mira cómo se viste!” (Esta última la he escuchado muchas veces, lamentablemente).

    Es indudable que hemos avanzado bastante. El país en el que crecí, donde se avanzaba “en la medida de lo posible”, los libros de Historia llegaban sólo hasta el 10 de Septiembre de 1973 y nuestra incipiente democracia era vigilada por un anciano de capa gris, hoy es totalmente distinto. Somos más atrevidos, abiertos, curiosos, empoderados (palabra de moda desde 2011) y conscientes de lo que valemos. No obstante, sigue existiendo entre nosotros esa identidad ermitaña, tan característica de un país como Chile, encerrado entre desierto, mar y cordillera.

    Continuamos mirando con desconfianza a todo lo que no califica como “normal”, condenamos antes de juzgar y apelamos a ideas preconcebidas en vez de abrirnos a nuevas realidades. Cierto es que el conservadurismo extenderá su batalla hasta el final, pero, aún así, soy de la idea que la victoria del “nuevo Chile” es sólo cosa de tiempo. Y, si hemos esperado tanto por ese triunfo, algunos años más no parecen ser tan desesperantes. El rumbo está fijado, ya no habrá marcha atrás.