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    21.01.2014

    Perdiendo la cabeza en el fútbol chileno

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    A finales del año 2008, la tremenda campaña de Bielsa en la Selección Chilena hace que varios pierdan la cabeza, sumergiéndose en las aguas viscerales y bipolares del triunfo y la derrota. Por esos días nos tocaba “bailar con la linda” tras vencer por primera vez, por los puntos, a la Argentina “adulta”.

    Chile ganaba y gustaba, y todo gracias al ex entrenador de Newell’s y a su serio jefe en Quilín. Los resultados validaban la gesta por la “refundación del fútbol chileno”, una idea que pretendió instalar desde la ANFP Harold Mayne-Nicholls, con apoyo de líderes de opinión del deporte como el periodista Felipe Bianchi. Una administración formal y “transparente”, con clubes, en forma supuesta, saneados económicamente, gracias a la emergencia de las Sociedades Anónimas, con jugadores que se comportaban como profesionales, sin escándalos públicos, y con un orden implementado hasta en la salida de los jugadores en el torneo local (damnificados fueron la lamparita de Lota y también el Loro de Wanderers). Estas características mostraban un modelo eficiente de éxito deportivo.

    En una columna-halago a Mayne-Nicholls, el periodista Bianchi de deshacía en elogios: “… (Antes de Bielsa y Harold) estábamos en el subsuelo, en la bóveda fría, en las cavernas, por si usted no se acuerda. (…) Es difícil no creerle. Impone respeto Mayne-Nicholls. Y confianza. (…) Es un pájaro raro, Mayne-Nicholls. Medio cuico, por aspecto, pero a la vez un poco pinganilla. Debe ser por eso, porque sabía cómo eran las cosas desde adentro, que luchó tanto por cambiar al fútbol chileno. Y vaya que lo está logrando”.

    Se constituía, a la sazón de los resultados, la creencia de que se había empezado de cero. Al parecer, el fútbol fue inventado por Bielsa y todo lo sucedido en Chile antes del 2007 era menor. Las figuras, los triunfos y los logros como el tercer lugar de Chile en 1962, las finales de Colo-Colo 73 y Unión Española 75 en la Libertadores, el Ballet Azul, el Cobreloa de los años 80, el Colo-Colo de Jozic, la Universidad Católica de Prieto; por nombrar algunos, no eran más que regalos del destino, sin fundamento ni efecto de trabajo. En ellos abundaban las trampas, los estupefacientes, los arreglos, las platas mal habidas, el conformismo y el localismo desenfrenado.

    Para quienes perdieron la cabeza, Bielsa tocaba con una vara mágica las piernas y cabezas de las figuras del equipo. Quienes promulgaban que “por fin se estaban haciendo las cosas bien”, olvidaban que Vidal, Isla, Carmona, Sánchez y Medel habían sido recientemente terceros en el mundial Sub 20 en 2007 con José Sulantay, quien dirigía su segundo mundial consecutivo. En tanto, Valdivia, Fernández, Suazo y Bravo venían de una campaña tremenda en Colo-Colo. Había base para hacer algo. Los bielsistas y haroldistas no lo tenían claro, pero Bielsa sí: “No soy el responsable del material humano del fútbol chileno. Estaba desde antes. Nadie puede activar potenciales que no existen”, decía el rosarino.

    Pero la supuesta refundación del fútbol chileno se cayó en los personalismos. Mayne-Nicholls con la soberbia del éxito se relajó en la campaña de la selección para ser reelegido, pero ignoró que los dueños del circo eran otros, lastimosamente, la calle no. Se fue, y con él, Bielsa. Llegó Borghi, quien nunca pudo sacarse la sombra de su compatriota, y los efectos de la excitación por la denominada “mejor generación del fútbol chileno” se desinflaron en la medida que el calendario avanzaba. Apareció Sampaoli a salvar el buque, y si Vidal era un matón desordenado, quien debía dar gracias a la vida por jugar en la Juventus, ahora era el mejor volante central del mundo. Desequilibrio.

    Lo mismo que pasó con Bielsa, sucedió antes con Mirko Jozic y está pasando con Jorge Sampaoli, como fenómeno deportivo y social, de quien muestra agresivamente en la cancha el camino al éxito. El ex DT azul ha tenido buenos resultados en modo fulminante. Esto facilita al público para que sea paciente de la endémica bipolaridad. Del éxtasis al fracaso, y viceversa. Campeones mundiales tras ganarle a Inglaterra en su propia casa; eliminados en primera ronda tras sucumbir ante el Scracht en Canadá. No hay equilibrio. Lo más probable que un nuevo triunfo mañana ante Costa Rica alimente a la primera de las opciones. Pero para enfriarle la mollera a los “cabeza caliente” del triunfo, hay que dejar en claro una cosa. Mientras Sampaoli y nuestra selección no sean capaces de superar a los cucos de siempre, como Brasil o España, seguiremos en las mismas, y no se habrán dado más pasos que los que otros, con la Roja, ya dieron.