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    23.01.2014

    Fútbol y política, una historia antigua (avísenle a Kiblisky)

    catalunya

    Finalmente, Palestino fue multado en 30 UF por el lío de sus camisetas. La ANFP reaccionó a la denuncia realizada por Ñublense, aunque, en específico, la queja vino de parte de Patrick Kiblisky, accionista mayor de los “Diablos Rojos”, y perteneciente a la comunidad judía en nuestro país.

    Más allá de la anécdota sobre la tricota árabe y el castigo, resultan altamente llamativos los argumentos de Kiblisky para su inquisidora acción. El empresario declaró a La Discusión de Chillán que “este reclamo no tiene absolutamente nada que ver con mi condición de integrante de la comunidad judía. El tema es más de fondo. No queremos que se politice el fútbol. (…) No podemos aceptar que las consignas políticas se tomen el fútbol (…) No puede haber consignas políticas en las camisetas. Yo tengo una excelente relación con Palestino, pero esto es inaceptable. El día de mañana cualquier club puede promover en su camiseta a un partido político, el proyecto HidroAysén o la causa mapuche”.

    A través de estas palabras, Kiblisky pone en evidencia una visión sesgada de la realidad, lo que resulta curioso para él, un experto en ciencias políticas y con un MBA en la Universidad de Pensilvania. Está en la pretensión de este financista radicado en Miami desarrollar un fútbol profesional neutro que sea indemne a lo que sucede fuera de la cancha. No obstante, debemos recordarle que toda actividad humana –como el fútbol- es política, social y está lejos de ser imparcial. Si el señor Kiblisky no lo cree, basta con que relea a cualquier cientista social contemporáneo para que lo compruebe… y si le da pereza la lectura, le haremos un par de preguntas con ejemplos cercanos que apoyarán su comprensión:

    ¿No le parece que la remodelación con dineros fiscales del Estadio Nelson Oyarzún, en donde Ñublense, su club, ejerce cómodamente su localía responde a un modelo de “políticas públicas” orientado al fomento del espectáculo del deporte?

    ¿No cree usted que la aprobación de la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas por parte de nuestro Congreso -y que le permite a usted ser DUEÑO de un club de fútbol-, es también un asunto “político” y nada de irreflexivo?

    A pesar que las respuestas pueden ser afirmativas en muchos lectores, apuesto que estas circunstancias no le resultaron llamativas a los “dueños de la pelota” porque, a la larga, han sido beneficiosas para su negocio. Han optado por ser ciegos ante esta dimensión de la política, pero no respecto de otras.

    Dice Kiblisky: “no queremos que se politice el fútbol”. ¿Se acordará el chillanejo cuando la URSS se quedó en Moscú y no vino a jugar al Estadio Nacional en 1973 –aduciendo razones políticas- y que gracias a eso fuimos a un mundial? ¿O lo ocurrido en los mundiales de Mussolini (1934) y de Videla (1978)? O lo ocurrido ante nuestros ojos, cuando el Gobierno directamente intervino en la crisis financiera del fútbol chileno en los años ochenta, o cuando utilizó a Televisión Nacional para repatriar a Elías Figueroa y Carlos Caszely para Colo-Colo. Al financista que se ofende por el número de una camiseta no lo hemos visto levantar condena alguna por estas intromisiones políticas en la cancha. Puede decir que ya pasó la vieja con eso…

    He aquí la inquietud más importante, ¿el señor Kiblisky habría actuado de la misma forma si Palestino hubiese incluido en su camiseta el mapa con lo que queda de aquella nación árabe? No lo creo. Lo que en realidad le molesta a este empresario con negocios en varios países de América es el conflicto social que se genera, más que lo “político” propiamente tal. Esta reivindicación conflictiva le molesta al señor Kiblisky, y es por eso que en su argumentación mete en el baile al problema chileno – mapuche o a HidroAysén. No quiere esos inconvenientes en la cancha. ¿Está en su derecho de reclamarlo? Sí ¿De hacerle caso? Eso es cosa de cada cual. Y si Kiblisky no quiere que fútbol y política se mezclen, allá él, que luche por lo que nunca va a poder controlar en su totalidad.

    El fútbol es político. La propia rivalidad de dos equipos no es más que la lucha en cancha de dos grupos sociales, poblados, ciudades o países que representan a culturas y valores diversos. Pienso además que la actitud del presidente del club chillanejo es hipócrita: nos pide evitar las banderas políticas en el estadio, pero no hay problema si llevamos las de su club. Como si llevar la bandera o la camiseta de un equipo fuera un asunto muy inocente. Creo que no es así. El hincha elige, toma partido por un equipo en especial, basado en sus gustos y sus valores, y desecha a los otros. De acuerdo a esto, ser hincha, futbolista o dirigente malamente puede considerarse una actividad neutral, apolítica e inocente.

    Pero, al final ¿qué pasa? Se multa a un club que pretende hacer uso de su libertad de expresión a favor de promover su identidad. Si andamos con la piel sensible castiguemos también a Universidad Católica, pues su insignia podría ofender a los ateos, o también a la Unión Española por su águila negra. O cambiémosle el nombre a Colo-Colo y prohibamos la bandera mapuche en la jineta de Gonzalo Fierro para no promover el conflicto en la Araucanía. O saquemos al pirata de Coquimbo Unido porque puede llamar a la delincuencia… ¿Ridículo, no? A nadie se le ocurren tales cosas porque se entiende que son la expresión de la identidad particular de un club. Y en el caso de Palestino, la reivindicación forma parte de una identidad honesta.

    Pero sigue la aceptación de una política por otra. En nuestros estadios se prohíbe la disidencia y los mensajes comprometidos que traspasan la cancha, más no hay razón de escándalo por la publicidad de bebidas alcohólicas en televisión y en “horario de protección al menor”. Pero como pasa por un asunto económico, no hay pesadillas para Sergio Jadue ni para su directorio.

    En síntesis, “Fútbol y política se aman por siempre”… avísenle al señor Kiblisky.