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    04.02.2014

    La U y el drama de la casa propia

    estadio

    Un candidato nuevo aparece ofreciendo casa propia a la gallada. No es Lagos, Piñera ni Bachelet; es Carlos Heller. No hay novedad en la promesa, pues es la misma que lanzaron en su tiempo los líderes azules Rolando Molina, Ambrosio Rodríguez, el doctor Orozco, Federico Valdés y José Yuraszeck; entre otros. En verdad, hoy no sabemos cuál es el recurso más utilizado para ganarse a las masas afectadas: el estadio para el Chuncho o una salida al mar para Bolivia. El estadio azul es un viejo anhelo que ha terminado en descomunales costalazos económicos y mediáticos (Parque Araucano, El Noviciado, La Cisterna o el estadio mecano).

    Como en todo acto competitivo en que las penurias de uno son las bondades del otro, la carencia de casa propia ha sido la constante burla que resulta dolorosa si la enuncia el archirrival. En respuesta al cacique, los azules han prodigado el mito de que el Monumental fue construido por Pinochet con plata de los chilenos, una historia de la que no existe más prueba que el titular de un diario.

    El otro día, y vía Twitter, un hincha lila se mofaba de un socio azul llamándolo gitanito. Poderosa es la ignorancia. Deportes Concepción ha hecho uso del recinto fiscal de Collao por más de 40 años. El fanático de Nonguén parecía enterrar los días en que el estafador Marcos Ulloa prometía a Concepción un campo con capacidad para más de 40 mil personas. A los meses esta promesa, más débil que la tela de una cebolla, se rompió y Ulloa terminó en la cárcel por otras causas. Ya que andamos por la zona, recordemos que parte de la deuda actual de Naval fue por el arriendo a precio de oro del Estadio CAP tras el tsumani de 2010. Con El Morro en escombros, al cuadro del cañoncito no le quedó otra que endeudarse.

    Así como los penquistas y los choreros, casi el 90% de los equipos nacionales no tienen recinto propio y deben usar estadios públicos. En algunos casos, las municipalidades a cargo solo piden pagar la luz, el agua y el gas utilizado.

    De esta forma, podemos fijarnos que el caso de la Universidad de Chile no es grave. Más todavía, lo raro es tener casa propia. Eso lo tienen claro muchos hinchas universitarios quienes manifiestan una sobredimensión por el tema del estadio. ¿Qué importa?, dicen, y sus argumentos no son fáciles de ignorar. Milán e Inter comparten el San Siro (si juega el primero) o el Guisseppe Meazza (si lo hace el segundo). El dueño de la cancha es la comunidad de Milán. Lo mismo sucede con la Roma y la Lazio, que se alternan en el Olímpico de Roma. En Brasil, Flamengo y Fluminense, una de las rivalidades más tradicionales del mundo, comparten el histórico Maracaná sin mayores problemas. Y Peñarol usa el Centenario hace décadas porque su estadio le quedó chico. En todos los casos, hablamos de equipos ganadores y de tradición que usan recintos que no les pertenecen. Y más drama no hay.

    Creo que la urgencia por el estadio que tienen los hinchas de la U poco tiene que ver con una necesidad económica o de comodidad. Es evidentemente un tema de orgullo. Algunos fanáticos creen que teniendo por fin su casa las mofan se acabarán. Que no sean inocentes. Por parte de los adversarios, de seguro que vendrá el temita de la Segunda División y los 25 años sin títulos. Y en verdad, no vale la pena construir un estadio para acallar las voces burlonas que forman parte del folklore futbolístico. Más aún, no van a ganar más o menos títulos con un estadio propio. Ganarán más formando buenos planteles y metiendo capital a las divisiones inferiores.

    Aunque quizás nos estemos poniendo un poco exquisitos con la discusión, porque la construcción de la casa azul no pasa solo por la voluntad del Romántico Viajero. Antes se tiene el gran desafío de convencer a una comuna completa, con vecinos que no querrán estadios cerca, tomando en cuenta la experiencia de las comunidades cercanas al Nacional y al Monumental. Por ello, si la U quiere poner su estadio y convencer al vecindario debe incorporarse a la dinámica de la comunidad social en donde se inserta. Sin exagerar, este no debe ser el estadio solo de la U, sino que debe construirse pensando en que será un espacio para el esparcimiento de los vecinos, dando por descontado que el club deberá también hacerse cargo de la seguridad de ellos durante los partidos. No obstante, es difícil que estas acciones de mitigación sean oportunas por los dueños de la pelota. Hay que esperar.

    Finalmente, no hay que olvidar que el drama de la casa propia de la U es simétrico al drama de muchos chilenos: cuando hubo terreno no había plata, cuando hay algo de plata no hay terreno, y entremedio el tesorero del comité habitacional se arranca con las lucas o argumenta que olvidó donde dejó la plata. Cuando vuelven a juntar la plata, les llenarán la cabeza con la idea que Santiago está creciendo hacia arriba por lo que comprarán un departamento. Siguiendo la simetría no faltara el ingeniero oportunista que proponga poner el estadio de la U encima del Santa Laura… y capaz que, desesperados por cumplir por fin la promesa, le hagan caso. Peores cosas se han visto.