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    01.04.2014

    Fuego artificial

    fuego

    Fuego artificial. Un artefacto hecho para sorprender estéticamente a quien lo vea y escuche. Esta pirotecnia es mera manipulación sin fondo, sólo forma. Llamarada de bonito color, pero superficial, como la niña exuberante, pero con una inteligencia asimétrica.

    Ciertamente, no hablo sólo de lo ocurrido en el Monumental hace un par de semanas, cuando una parte del “tablón”, con una coordinación que ya quisieran en la Torre Entel a fin de año, prendió el fuego de luces en pleno partido.

    Sin duda, hablamos también de la pirotecnia gubernamental del plan Estadio Seguro. Un superficial programa que espera con medidas tan efectistas como ineficaces erradicar la violencia en los estadios. Y como ocurre tradicionalmente en las políticas de Estado, las acciones, las reglas y las normas se centran en medidas sobre los efectos, y no sobre los orígenes. ¿Cuántas veces hemos escuchado que, paralelamente a la condena de los actos vandálicos, el Estado haga su mea culpa sobre el tema, en cuanto a la insuficiente educación que le ha dado a los chilenos, a favor del individualismo, el beneficio a corto plazo, el desequilibrio entre libertad y autoridad (como decía Paulo Freire) y a la aceptación de la violencia como medio de solución? Nunca. Entonces, de qué nos quejamos. Un joven bien educado no le hace caso al jefe de barra brava para que mate a otro barrista.

    El plan Estadio Seguro insiste en mirar el problema como asunto de delincuentes y una presión desmedida sobre quienes mayoritariamente se portan bien en el estadio. Insiste en la superficialidad, en la pirotecnia, en la necesidad de mostrar cifras ligadas a la detención y a la inversión desmedida en aparatos de seguridad en los estadios a costo estatal.

    Lo señalado por el nuevo jefe del plan, José Roa, suena calcado a lo propuesto por el poco preparado académicamente Cristián Barra. Y realmente, dejándonos de luces sin fondo y lugares comunes, si quieren eliminar, o bien, disminuir la influencia de las barras bravas, la punta del hilo por identificar a quienes las financian. En efecto. Hay que saber sumar para darse cuenta que los “fanáticos aguerridos” tienen algún tipo de entrada importante, sino no se explica el uso de fuegos artificiales, dado el costo que estas tienen. Seamos sensatos, las barras difícilmente podrían subsistir del mero “macheteo”, rifas o “cuchas”.

    En tanto, lo sucedido el domingo 23 de marzo, no corresponde a la acción individual de un pobre y triste tipo que quiso hacerse el “vivo”, prendió una bengala y término trasquilado por un estadio entero que le sacó la madre. Hablamos de otra cosa. Algo muy preparado.

    Más aún, hasta hace poco gente de la barra tenían acceso como pocos a los estadios, recibían entradas de cortesía o, derechamente, entraban gratis. ¿Se habrá terminado eso? Al parecer sí, por lo que no se tendría que repetir la anécdota en que un líder de barra brava llegó a tribunales a interponer un recurso de protección a favor de los hinchas del club, acompañado del diputado UDI Gustavo Hasbún, quien además las oficia de director de la concesionaria. Como tampoco debería volver a pasar el financiamiento oculto de traslados de la barra, a precio de huevo, a otros países para apoyar al club. Me confesó uno de ellos su viaje en bus a Argentina solo por diez mil pesos.

    Muchos barristas, para explicar el fuego artificial, defienden: “Que vuelva el espectáculo” a los estadios, pero obviamente, su “espectáculo”. Más si se arrogan la condición de hincha exclusivo del equipo. Sin embargo, no tienen problemas en putear a la dirigencia y a la concesionaria de turno durante todo el partido, sin siquiera apoyar a los once que están en cancha. O para suspender un encuentro oficial, lanzado bengalas a la cancha por problemas entre las facciones de la barra y los dueños del club. Y no hablamos de la bandita de Magallanes, claro está.

    Insisto, el problema es el foco del problema. Y hay medios de comunicación que poco ayudan. Un periodista señalo hace poco por televisión que “si se pudo vencer a las barras en Inglaterra, por qué no en Chile”. Lo que no comprende el comunicador es que el fenómeno de las barras bravas chilenas en ningún caso equivale a lo ocurrido con los “hooligans ingleses”.

    Veamos cada caso. Los “hooligans” tenían una ideología estructurada vinculada al pensamiento anti sistémico, a la coacción vía violencia, a la promoción de la xenofobia y a movimiento anti inmigración, e incluso, existían grupos ligados al neofascismo. En función de ello, se incorporaban a las barras de los clubes. En tanto, los barristas profesionales chilenos operan su poder en función al matonaje hacia jugadores, dirigentes e hinchas. Son ideológicamente desestructurados, políticamente ambiguos, con líderes invisibilizados en su gran parte.

    Para finalizar insisto, mientras el Estado no tomé el asunto realmente en serio y tenga nulo interés en identificar a quienes financian y prestan blindaje a las barras bravas (aunque solo sea como sospecha), todo lo dicho por “Estadio Seguro” será mero y puro fuego artificial.