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    16.04.2014

    El show no debe continuar

    castellon
    (Por Cristian Venegas)

    El fútbol es todo, para muchos. Sábado y domingo dejan de prestar atención a sus familias y sus trabajos para ir al estadio, poner el CDF o encontrar alguna emisora con buen relator. Para varios el fútbol es un modo de vida, y la alegría de la semana depende de los resultados de la fecha.

    Pero, ¿qué es para alguien que lo perdió todo? ¿O para alguien qué encontró a su padre quemado entre los escombros aún humeantes? ¿Qué es para quien aún tiene familiares desaparecidos, o para unos padres desesperados porque no tienen la leche especial para que su hijo con reflujo infantil deje de sufrir?

    Quiero ponerlos en contexto. Bajo criterios normales, el partido del fin de semana entre Colo-Colo y Wanderers se debió suspender, así como aquellos que jugó Iquique. ¿Algo de humanidad desde Quilín? No. Si nos gobernase el sentido común, otro gallo nos cantaría. Había que suspender.

    La razón de fondo era la apretada agenda futbolera producto del mundial. Como si las fechas cayeran del cielo, como la lluvia, y fueran imposibles de cambiar. Como si la programación del fútbol tuviera el mismo carácter que un incendio que ha dejado 12 muertos y más de 10 mil damnificados, o un terremoto sobre 8 grados con posibilidad cierta que venga en cualquier momento otro más grande. Cordura, adiós a la publicidad, el desbalance económico y los compromisos adquiridos. Hay que poner criterio y juicio. Poner en la balanza el interés general del país y el interés por una actividad del espectáculo. 

    Además, es injusto deportivamente para Wanderers e Iquique. Mientras los delanteros pivotean un centro, se juegan un contragolpe o lanzan un penal, su cabeza está en otra parte: En las réplicas, en su casa, en la casa del tío, en el estado de sus familias, sus hijos… La ensalada mental debe ser grande.

    Tras el partidazo de Gabriel Castillón el domingo ante Colo-Colo, el joven arquero porteño terminó llorando ante las cámaras del CDF por lo ocurrido en su “Valpo”. Decidora también fue la imagen -segundos antes de comenzar el partido- de Moisés Villarroel pidiendo ayuda, en cancha, a sus colegas albos para armar una pichanga solidaria. La cabeza en otra parte…

    Me acuerdo cuando, en 1993, Colo-Colo siguió jugando su partido amistoso contra el Real Madrid en el Monumental, a pesar que a metros de la cancha, una persona fallecía por el desmoronamiento del techo de la galería norte en que irresponsablemente estaban. 77 heridos acompañaron el parte médico de esa tarde. A pesar que yo era un niño, nunca pude entenderlo.

    A parte de ser un deporte, el fútbol es un espectáculo, pero eso de que el show debe continuar a pesar de cualquier cosa, no es algo que hayan inventado los propios artistas. Es una construcción cultural creada por los empresarios del espectáculo, los dueños del rancho, que este domingo temieron la estampida de ira de los hinchas colocolinos que compraron su boleto y que no aceptarían la suspensión del encuentro que les daría la “30”. Conozco a muchos fanáticos albos que no les dio para gritar el gol de Flores y que apenas empuñaron el brazo para festejar el final del partido. El impacto de una catástrofe era más relevante que un campeonato.
    En esta lógica del “show must go on”, no me trago eso de que jugando y ganando se le daba una alegría al pueblo porteño o al iquiqueño. No creo que la angustia y el dolor sean compensadas por tres puntos en la tabla de posiciones. Como sí un gol de Manuel Villalobos apaciguara el pánico por una alerta de tsunami, o le importará mucho al hincha damnificado, preocupado de recuperar algo de su siniestrado hogar. No hay ningún nivel de comparación.

    Existen excepciones. Ñublense de Chillán en 1978 decidió jugar igual su partido ante Colo-Colo con el pesar en el pecho tras la muerte de su entrenador, el “Consomé” Oyarzun, horas antes. El ex técnico de la “U”, agonizante, pidió que jugaran a pesar de su desaparición. O una excepción en el mundo del teatro chileno. El actor Roberto Parada decidió salir igual a escena al enterarse que su hijo había sido encontrado muerto, asesinado por la dictadura… Pero son excepciones, o debiesen serlo.

    Sin embargo, también recuerdo la suspensión del partido de la Selección Chilena contra Alemania en Europa en el 2009, tras la muerte repentina del arquero titular del combinado teutón, Robert Enke. Tras el impacto de la noticia, el encuentro fue cancelado hasta nuevo aviso. Y eran los alemanes, ejemplo de eficiencia y eficacia, con una supuesta rigidez en sus obligaciones, pero nada, humanidad ante todo. Dirán que era un amistoso, da igual. Había compromisos con auspiciadores y la televisión, pero los europeos nos dieron una lección de criterio. A nadie se le ocurriría jugar igual, como un homenaje a su compañero. Chile debió esperar cinco años para concretar el partido.

    Son casos extremos, claro, pero demuestran que los compromisos tienen sus límites de cumplimiento. Si el sentido común y una visión criteriosa de la vida guiaran nuestras acciones -y no la obligación contractual y económica- seguro,  despertaríamos en un mejor país.

    A veces, el show no debe continuar.