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    30.04.2014

    La B

    rangers everton
    (Por Cristian Venegas)

    ¿Hay acaso algo más desgarrador que irse a la B? Aunque sea un “ascensorista”, el dolor por llegar al potrero se siente como si fuera la primera vez.

    La B. Ese escalón del supuesto fracaso y cementerio de grandes figuras ha sido siempre el hermano pobre del profesionalismo. El leprosario desgraciado del que todos quieren escapar, pero que irremediablemente, algún día entrarán.

    Caer a la B es como enfermarse, pero no necesariamente de muerte. Siempre está la posibilidad de mejorarse. Una vez me burlé de una hincha porque no se perdía partido de su eterno equipo del ascenso. Ella me respondió, “si tienes un familiar en el hospital, ¿no lo irías a ver?”. Me dejó callado, y el chistecito se acabó. Ella me hizo comprender la fidelidad como nadie.

    Me comentó un amigo, ex seguidor de equipo grande y ahora un furibundo hincha de equipo chico, respecto a lo que significa seguir las desventuras del ascenso: “Regularmente en la B hay clubes pequeños asentados en provincias o ciudades chicas, y que son los lugares en donde muchos crecimos. Por eso que ser hincha de la B es una forma de valorar tu comunidad y tus orígenes”.

    Por otro lado, en la Primera B no se hará un “jogo bonito”, pero la reciedumbre también forma parte del fútbol. La regular ausencia de cámaras de televisión permite que en las canchas del ascenso abunde la guapeza, los combos en las costillas, los dedos en el ano, los errores arbitrales y la viveza de los más despiertos. Algunos árbitros dejan jugar más y la pasión de los hinchas se enciende como si fuera la final de la Champions. La baja asistencia permite a los jugadores y técnicos escuchar de primera fuente las sacadas de madres y las dudas a sus hombrías.

    Hay privilegiados que no saben de canchas de barro y ni de sueldos adeudados por seis meses. Colo-Colo y Cobreloa son los únicos de nuestra historia que jamás han caído al vacío. Y vaya uno a saber si realmente le hace falta a la soberbia colocolina un baño de humildad. Tal vez si, tal vez no.

    Para ciertos hinchas de la Universidad de Chile su tránsito por la B es motivo de orgullo. Varios han decidido ver el vaso medio lleno, y valorar la resurrección de la oscuridad mediante el temple y la gloria. Al lograr el campeonato de Segunda División (hoy Primera B) de 1989, el breve dirigente azul, Pablo Bedward, anunciaba: “En el próximo Consejo del club pediré oficialmente que esta estrella conseguida en Segunda División sea agregada al banderín oficial de la institución. Sé que las otras estrellas son de primera, pero las nuevas generaciones sabrán así que alguna vez fuimos pobres…”.

    Sin embargo, poniéndonos en el lugar del hincha de la desgracia, estar en la Segunda División Profesional no debe ser mejor a estar en Primera B. Esta categoría, inventada por la ANFP para abrir un nuevo mercado de futbolistas –y que colinda con lo poco sustentable-, está, pero no está. No aparece en los diarios ni en las noticias, ni siquiera tiene un programa resumen en el CDF, como tampoco una línea en las revistas deportivas. Sólo existe la Segunda División en ciertas ciudades que tienen representantes, y eso no más.

    En tanto, muchos se preguntarán cuándo y por qué se modificó el término de “Segunda División” por el de “Primera B”. El interdicto ex presidente de Everton, Jorge Castillo (ese demente que prometió de todo y pintó a su gato de “azul y cielo”), fue quien propuso al Consejo de Presidentes de la ANFP rebautizar a la división de honor y al potrero, como “Primera A” y “Primera B”, respectivamente. El consejo en 1996 lo aprobó, aunque el cambio no tenga mayor sentido. Increíble, pero el legado de un paranoide y habitual residente de manicomios vive con nosotros. He aquí, igualmente, un tapabocas a quienes creen que “el lenguaje construye realidad”. Se cambió la denominación de las divisiones y todo siguió igual.

    En tanto, ciertos clubes se mueven bajo la consigna “perder para ganar”. Estar en la B es también un respiro económico. Se dice que Leonel Sánchez fue sacado del equipo titular de Ferroviarios para evitar que subieran a primera. Algo parecido habría pasado con Francisco Chamaco Valdés en sus tiempos de DT. Vieron que podían alcanzar la Primera División de honor y lo despidieron. La gloria mayor exige un financiamiento mayor también.

    También, estar en el ascenso significa una mala gestión. Curioso es que dos clubes que se han dedicado a ser receptores de pases de futbolistas que jamás han vestido sus camisetas están en la B. Y pareciese que a pocos dirigentes de Rangers y San Felipe les importa el drama de una ciudad entera, que no existirá por un año entero, para el Canal de Fútbol y para el país.

    El tiempo será el consuelo para los hinchas de Everton y Rangers. Es ahora cuando más hay que acompañar al doliente, al enfermo en recuperación. Y estarán alentando, seguramente. Seguirán en el estadio, movidos por una determinación transversal a los seres humanos: la esperanza de un futuro mejor. Además, no hay mal que duré cien años, ni que por bien no venga.