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    07.05.2014

    Los ídolos

    milo
    (Por Cristian Venegas)

    Tras cuatro minutos de zalamerías varias, Cruzados S.A. comunicó a Milovan Mirosevic que no seguía en el plantel de Universidad Católica. En una ironía del destino, faltaban unas cuantas horas para el Día Internacional del Trabajo. De inmediato, ante la noticia, hinchas, compañeros de equipo y ex colegas solidarizaron con el ex seleccionado nacional. Cristián Álvarez publicó en Twitter sentidas palabras: “Como amigo te doy las gracias por todo el apoyo y por las lindas historias que escribimos juntos en Chile, Argentina e Israel (…) Sé que el fútbol nos volverá a juntar (…) Sólo sé que debo sacar al equipo adelante, aunque me falte mi compañero de siempre”. En tanto, Cristopher Toselli escribió en el mismo medio que “además de ser un ejemplo e indiscutido referente, el Milo ha sido, es y seguirá siendo un gran amigo”. José Luis Villanueva fue más directo: “Tú eres CATÓLICA, tú naciste, creciste y deberías morir en Católica”. Y así fueron varios…

    Pues claro, no podía pasar por desapercibido lo acontecido al chileno – croata. Es un tipo que ha estado de niño en San Carlos, figura en las inferiores, es el cuarto con más partidos en la historia del club y ganó dos veces el torneo nacional, una gracia considerando que corresponde al 20% de la cosecha histórica de la Católica.

    Pueden decir que Mirosevic jugó poco en la UC al lado de Mario Lepe, “Pepe” Rojas en la U o Luis Mena en Colo-Colo, no obstante, hoy, durar mucho tiempo en un mismo club es una rareza. Ser talentoso y distinto tiene como consecuencia irremediable irse pronto y lejos.

    Es cierto. Cuando te vas -o “te van”- de una pega el tiempo te muestra que ni tú ni nadie es indispensable… Jamás le pondrán tu nombre a una sala de reuniones, con suerte a un baño. Así es. El trabajador es como el papel higiénico: algo muy necesario hasta que es usado por su deterioro irreversible. El verdugo podrá señalar el aprecio, pero sin duda éste se muestra con hechos. Los hechos hacen carne las palabras, sino son meros verbos lanzados al viento.

    Esto se reafirma en la voz oficial de Cruzados S.A.: “Se determinó no proponer una extensión de su vínculo contractual a Milovan Mirosevic y Rodrigo Valenzuela, jugadores a los cuales agradecemos su destacada carrera y entrega por nuestro club”. Con el revuelo mediático lanzaron otro comunicado que versaba: “Para nosotros es muy importante que alguien con los valores y capacidades de Milovan, siga dentro de nuestra institución”. Empero, en la misma comunicación rematan con que “se concluyó que en los puestos que puede desempeñarse Milovan Mirosevic, contamos con jugadores con contrato vigente y de buen rendimiento, algunos de ellos jóvenes con esperanzador futuro, los cuales provienen del Fútbol Formativo y el club desea brindarles oportunidades para que desarrollen todo su potencial, en concordancia con las políticas deportivas de Cruzados”. Es decir, lo echaron porque no rendía como antes y por viejo (¡a los 34 años!).

    Entonces, palabras, palabras, palabras… todo en buena crianza, pero el hecho –lo que finalmente queda- es el alejamiento del volante.

    No vamos a decir que el fútbol es una empresa especial, porque ningún trabajador merece ser tratado como un “recurso humano”, por más validado que esté el término en el mundo productivo. Es absolutamente deplorable concebir que una persona sea igualada a un objeto que luego es retirado sin dignidad, cuando parece obsoleto. Cumplió su vida útil, piensan. Como si el tipo fuera una pila Duracell.

    Eso sí, la práctica de Cruzados S.A. con Mirosevic no es propia de las nuevas gerencias del fútbol chileno. Leonel Sánchez, al final del Ballet Azul, fue echado sin más de la U. Al año el zurdo fue campeón con la “contra”, siendo una espina que aún le duele y que intenta explicar con lágrimas cada vez que puede. Un cuarto de siglo tardó el homenaje de la U a su máximo referente. A Diego Rivarola, con menos, le pidieron con “educación” su retiro e inclusive le inventaron un cargo en Azul-Azul para que evadiera la cesantía.

    José Daniel Morón mereció cerrar su trayectoria en Colo-Colo, sin embargo, fue ventilado con viento fresco por Gustavo Benítez con la anuencia de Peter Dragicevic. Otros referentes se fueron junto a él. Morón tenía más derecho de colgar los guantes, con el indio en el pecho, que el propio Iván Zamorano.

    Si la vida fuera justa, Sergio Bernabé Vargas, debió dar su última vuelta olímpica en el 2004 con la U, y no decir adiós en una cancha de Indonesia. Así que bendita la suerte que tuvieron Marcelo Salas, Marcelo Barticciotto, el “Coto” Sierra, Mario Lepe, Moisés Villarroel, Héctor Puebla, Rubén Martínez, Fernando Cornejo -entre otros- al terminar su carrera con la camiseta querida…

    Se espera un trato deferente y digno a quienes sacrificaron cumpleaños, aniversarios, nacimientos, actos del colegio y muerte de parientes por jugar una Copa Chile. Cuando la dirigencia se hace la sorda, el “tablón” es la que cuida al ídolo. Mario Lepe es un hombre que se ganó la admiración cruzada tras una trayectoria fiel y abnegada. Mientras el aguerrido ex volante dirigía al primer equipo con mal resultado, la mayoría de los hinchas pedía su salida con respeto, reconociendo su estatura de ídolo. Mal que mal en San Carlos de Apoquindo hay una galería – la de la barra- con su nombre.

    Hay baches, pero solo eso, baches. Lo que pasó con el último ídolo de los tiempos románticos de Colo-Colo, Marcelo Barticciotto, aún causa irá. La agresión de unos hinchas tras presentarse a la vicepresidencia del club, ha sido calificada como una de las repudiables, más todavía si se ha sospecha que quien estuvo detrás de la maniobra fue el presidente ganador.

    ¿Y qué es un ídolo? En su “Diccionario Ilustrado del Fútbol”, Francisco Mouat y Patricio Hidalgo lo definen, aunque en varias acepciones que nos iluminan y también confunden, de la siguiente forma: Crack, figura, “ejemplo para los niños”, “jugador predilecto de la hinchada”, “jugador que gana partidos sin ayuda de nadie”, “el jugador que asiste a actos de beneficencia en sus ratos libres”, “el jugador que más lugares comunes dice en las entrevistas” y “el jugador que firma más autógrafos”.

    Caszely señala con orgullo “profesión: ídolo”. Simpático para un tipo que tuvo un oficio exitoso (futbolista) y tres títulos universitarios (administrador de empresas, profesor de educación física y periodista. Sin duda, ser ídolo y referente hay que saber llevarlo, y el “Chino” lo lleva como pocos. Igual caso es el de Elías Figueroa, con poca autorreferencia, el mejor chileno hasta el momento se comportó a la altura de su cargo honorifico de crack: educado, ponderado, serio, un ejemplo para los niños y un monstruo en la zaga defensiva.

    Pero en ningún caso la idolatría llega por la sola capacidad excepcional. El romance del hincha y su ídolo se cimenta en la praxis de “mojarla”, de darlo todo, pero no precisamente por campeonar. Es más, fracturarse, salir herido o llorando por perder son puntos que se acumulan en la hoja de vida del ídolo. En el extremo de esto camina David Arellano y su inmolación en cancha. Es la tragedia perfecta para que un ídolo de carne transite hacia la inmortalidad.

    Los ídolos no nacen, son levantados por las personas, por más que las sagradas escrituras lo prohíban. Apostaría que el cura Hasbún puso mentalmente en el altar de la faena eclesiástica la imagen de Elías Figueroa tras ganar el campeonato de 1978, o que el sacerdote Manuel Acuña idolatró la imagen de los campeones de América del ’91.

    El ídolo no nace, lo construye la gente. Por ello, es un referente. Es una estrella lanzada al cielo, el ejemplo del deber ser. La luz en la oscuridad. La esperanza de ser mejor… Aunque suene siútico.

    Pero tampoco hay que olvidar que el ídolo sigue siendo humano, por tanto, se equivoca y mucho. Llamativa es la idolatría enfermiza a Bielsa que, al ignorar sus errores y defectos, lo han deshumanizado y transformado en una cosa, un objeto, una foto, una polera… Al final, un producto de consumo y a la venta. Flaco favor.

    Pues bien, por esto y por más, gratitud es lo que se pide al ídolo. No es populismo, es mero sentido común.

    No importa, ídolos. Quizás los dueños del rancho estén ahí más tiempo de lo pensado, sin embargo, pocos o nadie los recordará. Irán a refugiarse a la cueva de Batman y nadie verá más sus caras. Jamás estarán a la altura del ídolo. Dejemos por ahora que las mentes brillantes hagan lo que quieran. En la cancha, el ídolo ya lo hizo y para siempre.