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    13.05.2014

    Quemados en la puerta del horno

    candonga carreño
    (Por Cristian Venegas)

    El avión ya calienta motores en el aeropuerto y el grupo de jugadores acomoda sus calzoncillos y calcetines en las maletas. Todo esto ocurre en Juan Pinto Durán, mientras en su exterior medios de comunicación e hinchas incomprensibles esperan obtener lo que sea para decir que estuvieron allí.

    En la casa de la Selección, muchos ríen, otros pocos lloran. La mayoría sale en un bus rojo con el enorme logo de Coca-Cola, en tanto, otro mínimo grupo de futbolistas hacen sus gestiones para evacuar por una puerta alternativa. Son los desechados de último minuto que no quieren cámaras, fanáticos, micrófonos, ni periodistas. Quienes digan que no sintieron dolor, seguramente miente.

    Como Julio Crisosto, delantero borrado del plantel chileno para Alemania 1974. En revista Estadio dijo: … no puedo negar que me dolió mucho; me vine en auto para la casa y no sé cómo llegué sin que me pasara nada. Cuando le conté a mi esposa no pude dejar de llorar (…) El viernes estuve con Chamaco (Valdés) y me dijo que en la tarde iba a exponer mi caso a don Lucho. Pero después de eso no tuve más noticias de ellos. El sábado me fui a Cartagena con mi señora. El martes andaba con mi hijo por (la calle) Portugal cuando justo pasó el bus de la Selección que los llevaba a Pudahuel. Todos me vieron y me hicieron señas. Para qué cuento. Fue como punzarme la herida y se me soltaron las lágrimas (…) Me habría conformado con ir, aunque no jugara. Hasta de utilero lo habría hecho, porque ir a un Mundial es una satisfacción impagable para cualquier jugador (…) No he ido a entrenar con Colo-Colo, porque quiero tomarme una semana en la que no deseo saber nada con el fútbol…

    La misma pena de Crisosto, invadió a Orlando Mondaca. Apenas supo que no iba a España 1982, solo atinó a pedir a sus familiares: “Si preguntan por mí, digan que no estoy”.

    Similar nostalgia a la de Juan Carreño. Candonga se transformó en el enemigo número 1 de Nelson Acosta al quedar fuera, por una supuesta lesión, de la nómina para Francia ’98. Candonga castigó fuerte: “Si el señor Acosta no es un mal nacido que no tuvo el valor de decirme en la cara que no me quería, ¿entonces, qué es? (…) Si Acosta me dice que no estaba en los planes, me quedo tranquilo… Yo tenía claro que no era titular, pero mi oportunidad de estar en el Mundial me la había ganado en la cancha. Prefirieron inventar un desgarro que nunca fue…”.

    Es irónico, pero para algunos, ser cortados del plantel mundialista, a último minuto, es casi una razón de orgullo. Dice Chomsky que “al entrevistar a ex futbolistas de fines de los 50 y que no llegaron al Mundial 1962, muchos dicen haber quedado fuera a última hora, cuando la lista de 25 se redujo a 22 (…) Si se diera crédito a todos quienes lo dicen, la lista de 25 habría sido de más de 100″. Casi como si quemarse en la puerta del horno fuera una gracia.

    Para ese mundial, Enrique Cuá-Cuá Hormazábal –leyenda para quienes lo vieron jugar- cerró la puerta por fuera a la Selección. Según la versión de Riera, la figura no quiso adaptarse a su régimen de trabajo, aunque lo esperó hasta último momento. Otros dicen que el Tata lo había cortado antes a sabiendas que nunca iba a cambiar.

    Jorge Toro, figura de Chile en la Copa del Mundo 1962, quedó fuera del listado final para el campeonato de Inglaterra debido a la oposición de Francisco Chamaco Valdés y de Guillermo Yávar, quienes veían a Toro (jugaba en Italia) como una fuerte competencia en el puesto. Los susodichos presionaron al influenciable Luis Álamos para no llamarlo. A la vuelta del torneo, la prensa preguntó por el volante. El profesor primario dijo que Toro era solo un jugador de segunda división en Italia y que tenía poco para aportar al plantel.

    Hay una postal de lo “Dudamel” que era el Zorro. Ante la insistencia de Jorge Luco por conocer las razones de su exclusión del Mundial de Inglaterra, Álamos le habría respondió tartamudeando: “¿Y qué quieres, qué elimine a uno de la U?”.

    También están los casos de José González y del “Pluto” Contreras. En ambas situaciones, Álamos cedió a presiones externas para castigarlos por una supuesta indisciplina, que vino a esclarecerse recién en el libro “Historia de la Clasificación Brasil 2014″ de Chomsky.

    Ocho años después, el mismo Chamaco Valdés realizó similar presión para evitar que Jorge Toro estuviera en Alemania ’74. Para ese mismo evento, otro cabrón del plantel, Carlos Reinoso movió sus fichas ante el débil carácter del Zorro Álamos para dejar fuera a Julio Crisosto y poner en su lugar a Osvaldo Pata Bendita Castro, quien viajo absolutamente lesionado, y que no jugó en el campeonato.
    También quedó mirando el Mundial por tele en blanco y negro Miguel Ángel Gamboa. El delantero tenía razones especiales para explicar su exclusión: “Algún dirigente solicitó mi exclusión después de verme bailar mambo durante una gira previa por Centroamérica. Yo bailo muy bien y acostumbraba hacerlo solo, con movimientos eróticos o imitando a una mujer, y eso habría caído mal”.

    Y no solo jugadores fueron imposibilitados de ir al primer mundial en Alemania. Está presente la historia del doctor Álvaro Reyes. Al momento del Golpe de Estado, el médico se definía como un profesional comprometido con el Gobierno de Salvador Allende, mientras trabajaba en la asistencia pública, además de ser el doctor de la Selección Chilena. Las armas inconstitucionales no tardaron en caer sobre él. Reyes fue preso por colaborar en la escapada de la Payita -la secretaria personal del Chicho- al extranjero. El propio médico colaboró vendándola, enyesándola y escondiéndola.

    Estando aún encarcelado, y antes de irse a Alemania, un grupo de jugadores del plantel -Caszely, Socías, Véliz, entre otros- fueron a visitarlo a la cárcel pública en la misma micro que los conducía al aeropuerto.

    Por su parte, inexplicablemente para España ’82, Luis Santibáñez dejó fuera a las figuras loínas Orlando Mondaca, Héctor Puebla y Víctor Merello, vice campeones de América. Se cuenta que el Gordo sentía una fuerte rivalidad con Vicente Cantatore, técnico que llevaría a Cobreloa a dos finales consecutivas de la Copa Libertadores. Según Juan Cristóbal Guarello, Santibáñez “sentía que Cobreloa y su técnico Vicente Cantatore de algún modo opacaban su trabajo”.

    Víctor Merello comentaba: “Ese fue un dolor en mi carrera y solo me enteré tiempo después de las razones”. Aunque el Chueco, intentaba bajarle el perfil a la exclusión y pretendía entender la determinación del Gordo: “Quizás cuando me llamaron a la selección no me metí en los sacrificios que ello involucraba y tantos días concretados me descompusieron. Tampoco hice grandes partidos y al final se me fue la oportunidad”.

    Como dijimos al comienzo, Nelson Acosta excluyó con escándalo al delantero Juan Carreño, y lo reemplazó por el irregular Manuel Neira. Carreño aseguraba que todo había sido maniobra de Iván Zamorano (dueño de una parte del camarín) para llevar a Francia al “onanista” Manolete. Este era considerado por “Bam-Bam”, cariñosamente, como su ahijado.

    Para los que dudan, ésta relación padrino-ahijado no es parte de la imaginación del Candonga o un mito periodístico, es real y efectiva, tal cual aparece en una Triunfo de 1993. El dialogo entre ambos decía así:
    Zamorano: – … no me equivoqué contigo cuando en 1987 te elegí mi ahijado en Cobresal. ¿Te acuerdas?
    Neira: – ¡Y cómo no! Después de que nos conocimos tú me contactaste con un agente… Mario Herrera se llamaba. Y unos días después, ya estaba en las inferiores de Colo-Colo.
    Zamorano: – Manolo…
    Neira: – ¿Qué, padrino…?
    Zamorano: – No pierdas esa chispa. Lucha contra todo lo adverso. Ten confianza en ti. Yo, desde Madrid, seguiré ayudándote cuanto más pueda. Eres como mi hijo. Y, por lo mismo, te aconsejo: lucha, lucha todo lo que puedas. Que prometo que no moriré hasta verte triunfar…

    Neira no triunfó, pero Zamorano tampoco murió. Con tan poco, la promesa eterna de Colo-Colo se dio gustó el gusto de su vida, a pesar de jugar poco y nada en las eliminatorias.

    Con Bielsa no hubo “magdalenas”, y esperemos que con Sampaoli tampoco, aunque no sabemos lo nublado que pueda estar el argentino a la hora de decidir, por más estadísticas que tenga. Los números solo aseguran probabilidades, pero no definen el destino. Además, Sampaoli no está ajeno a la obnubilación de la individualidad y que guíe la elección injusta de un futbolista.

    En fin, la justicia en el fútbol no existe, en ninguno de sus niveles. Quienes son mejores no siempre ganan. Y como dice la canción de Tito Fernández, “la vida es triste, Venancio, pero qué se le va a hacer”… hay que entender a costalazos que regularmente es así. De seguro que a los Crisosto, los Carreño y a los Mondaca, el tiempo les regaló este precioso aprendizaje y consuelo.