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    20.05.2014

    Marcelo, el crack que perdimos

    niños
    (Por Cristian Venegas)

    A Marcelo lo conocí cuando tenía siete años. Era su profesor en unos de esos colegios que atiende a “población vulnerable”, un neologismo para decir “gente pobre”. Su viejo era un alcohólico declarado. Por demás, practicaba periódicamente el ritual de ponerle el “cassette de Los Golpes” a su esposa. Suena cruel, pero ésta repetida historia familiar hace que le quitemos dramatismo, sin querer. El triste hogar que va determinando parte del carácter de un niño.

    Negado para la escuela, Marcelo mostraba algo distinto cuando jugaba a la pelota. Era hábil, con y sin balón, más aún, mostraba técnica sobre la media. Además, poseía liderazgo sobre sus compañeros de equipo cuando jugaba en la multicancha del colegio. Lo vi una vez en cancha grande, era lo mismo. En forma completaría, se caracterizaba por su temperamento, parecido al de Vidal, Medel o Fierro. “Choro”, altivo y con una alta expectativa sobre sí mismo si había una pelota en sus pies. A muchos nos hizo pensar que llegaría lejos, que por su precocidad deportiva llegaría a jugar en el profesionalismo.

    Aunque Marcelo no podía con su genio. Lloraba en el suelo o inventaba lesiones si perdía. Mientras jugaba en un club de barrio, agarró a pelotazos a un arquero que le atajó su penal. Repitió la talla un par de veces más. Sentía intolerancia al sentirse derrotado en aquello que era el mejor.

    Marcelo fue del “Colo” primero, y luego, por influencia de su amigo Pablo -un crack que ojalá tenga más suerte- se cambió a la “U”. Simultáneamente, le era infiel con Deportes Concepción, pues jugaba en sus inferiores. Allí estuvo bajo las órdenes de Rolando García, mundialista chileno en 1974. Algo de orgullo sintió por eso. Luego, también por el ascendiente de su amigo, pasó a jugar en otro equipo de la zona donde hoy rara vez es citado.

    Yo no alcanzo a entender qué es, pero lo único que sé es que Marcelo no tuvo lo que sí tuvieron otros chicos que hoy son seleccionados nacionales. Muchachos del mismo origen que él, pero que hoy triunfan en el mundo. Algunos especialistas, con aire psicológico, dirán que estos casos representan el “espíritu resiliente”, como si el fenómeno de la resiliencia fuera espontáneo, como si resultara de una determinación genética e individual. Nada más falso que decir que Marcelo no es “resiliente”, cuando en el fondo lo que sucede es que han sido injustos con él. La justicia social, a diferencia de la justicia de los tribunales, no se basa en “dar a cada quien lo que merece”, sino que en “dar a cada cual lo que necesita”. Saldrán otros perdidos que dirán que el “Chelo” tiene “capacidades distintas”, cuando de lo que hablamos es de un déficit integral.

    Recuerdo otra cosa. A través de un programa del Estado, Marcelo podría ganarse un computador con Internet si es que alcanzaba tal o cual promedio de notas. El “Chelo” ni lo intentó. Quienes nunca han sido ganadores de algo, no les interesa competir ni siquiera consigo mismo. La competencia es propiedad de los ganadores, y la superación pertenece a quienes han recibido estimulación y fe en su futuro.

    Y he aquí lo más terrible, y que marcará parte de su destino. A pesar que la ley lo prohíbe expresamente, a Marcelo lo echaron de nuestro colegio por acumulación de anotaciones negativas. Y como ha ocurrido con otros niños que fueron expulsados de esa institución, Marcelo fue para peor. Algunos intentaron ayudarlo, pero el sistema quiso otra cosa. Él supo entender y agradecer lo que recibió de algunos de mis colegas. Le escribió a uno de ellos: “quiero que sepa que lo quiero harto que yo sé que me ayudaron mucho mucho muchoooooooo, los quiero (sic)”.

    Marcelo hoy deambula con sus amigos de la población, ya como un matón y miembro de una pandilla que regala golpizas a sus rivales.

    No creo que el único futuro viable de este niño –hoy adolescente- haya sido ser futbolista. Pero en su situación, con alternativas difusas, llegar al profesionalismo, asegura fama y buenas lucas. Esto nos hiere.

    En realidad, lo que muchos educadores queremos es que muchachos como Marcelo tengan la misma posibilidad que otros para elegir ser universitarios, profesionales, técnicos, oficiosos o “cafiches”. La misma oportunidad que tuvieron otros niños al dejar el fútbol para dedicarse a otra cosa igual o mejor. La semejante opción de ser cracks en otros espacios y ocupaciones. Marcelo es uno de los cracks que nos perdimos, entre otras cosas, por instituciones educativas que los tilda de “manzanas podridas” y “malas influencias”, con una falta de empatía dramática de quienes por nada del mundo quisieran que sus hijos fueran tratados así.

    La pregunta final no debe situarse en ¿qué hemos hecho mal?, sino que en ¿cuántos “cracks” nos hemos perdido por creer que la batalla está perdida? Cuestionarnos sobre esto permitirá cambiar nuestra hipocresía progresista, característica de los tipos que, mientras gastan litros de saliva hablando de desigualdad, escogen a las “flores del pantano” para potenciarlas. Fragmentar la hipocresía permitirá asumir la alta responsabilidad que nos competente a cada uno de nosotros, en todo orden, en todo sentido y en todo lugar. Pues, así como excluimos a Marcelo y perdimos a un crack de la vida, pudimos también incluirlo. Tal vez, aún estamos a tiempo.