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    27.05.2014

    Gumucio, ¡Qué carajo te crees!

    seleccion
    (Por Cristian Venegas)

    “Estrada… Estrada. ¡Qué carajo te crees!”, la desidia de “Melamé” rompió la paciencia de Marcelo Bielsa en pleno partido contra Zambia. En un encuentro preparatorio para Sudáfrica, más de una vez Marco Estrada se había pasado de listo con la pelota para impresionar al técnico argentino. Para peor, el micrófono ambiente de la transmisión televisiva captó con fidelidad la puteada. Simetrías del destino. Varios queremos decirle lo mismo a Rafael Gumucio. Se “pasó de listo” mal, muy mal.

    Hace unos días, La Tercera publicó una futbolera entrevista al escritor. Leerlo y sentir espanto por la soberbia era una sola cosa. Sus opiniones se entienden, pero compartirlas es otra cosa. No importa que el tipo haya escrito para el New York Times o El País, si es por curriculum varios personajes más decentes lo superan. No importa que junto a su familia se hayan ido exiliados con la “Beca Augusto Pinochet” para situarse en una estatura moral superior. Más respeto tengo por los que no pudieron salir y se perdieron en la clandestinidad del fusil. Quien lea se está preguntando por qué tanta ofensiva contra mi colega de Castellano. Partamos leyendo.

    “¡La pasión! Si alguien tiene pasión por el fútbol es porque no siente ninguna pasión real. Puedes sentir pasión por una mujer o por un libro. La gente que no tiene pasión, que no sabe lo que es, tiene pasión por el fútbol”. Nos preguntamos, ¿qué diablos es la “pasión” para el “gordito progre”?

    La RAE la define como la acción de padecer, como un estado pasivo del sujeto, y como una afición vehemente por algo. ¿Quiso decir algo así? No sabemos. El hincha de la “U”, bien claro, señala que lo suyo es “más que un sentimiento, una pasión”, y a partir de ello se declaran como los más fieles entre los barristas. Listo lo que es pasión. Pero en el caso del primo de MEO, nos sería grato un desarrollo en su idea. No basta con la frase incendiaria y llena de intelectualismo. Más aún si el filósofo Jurgen Habermas produjo dos tomos de generosas páginas solo para explicar su Teoría de la Acción Comunicativa. Nos hace pensar que Gumucio no tenía más argumentos para desacreditar, entre otros, a literatos mundiales que no disimulan su pasión por el fútbol, como el Premio Nobel Gabriel García Márquez: “No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas”, escribió el fallecido colombiano.

    Tampoco se avergüenza Eduardo Galeano en calificarse como un “futbol-adicto”: “Durante los mundiales me voy del Planeta Tierra. Me mudo al Planeta Pelota, igual de redondo pero más chico. Me dedico a ver todos los partidos, o al menos a intentarlo, porque siempre pasa que alguno me pierdo. Me siento con una cervecita bien fría delante de la TV y me meto en una pelota. De ahí no salgo hasta que el Mundial se termina”.

    Esteban Abarzúa en sus “Secretos de Camarín” golpea la memoria con el insólito caso de dos ciegos fanáticos de Rangers de Talca. Por 20 años, acompañaron fielmente a los piducanos en el estadio sin jamás ver un gol.

    Pero Gumucio insiste:

    “-Una de las cosas que más me empelota es esa idea de que el fútbol tenga que ser también algo sano. Eso es mentira. El fútbol es solamente el amor por la delincuencia y la droga. (…) Por ejemplo, el equipo de Argentina refleja todo lo que el argentino tiene de canalla, soberbio y falso. 

    PERIODISTA: -¿La Selección Chilena nos representa como pueblo?

    -Es representativa de los barrios bajos chilenos, de la marginalidad, y eso es muy raro porque les piden a estos jóvenes que representen los valores del deporte, el fair play, la salud, la infancia. Es contradictorio”.

    Este es el pasaje más lamentable. Le he dado muchas vueltas a estas frases para no sacar de contexto lo dicho por Gumucio. Sin embargo, me resulta lo mismo siempre: clasismo, ese que atribuye a las clases sociales características eternas. Gumucio da a entender que en los “barrios bajos” no se cría ni se forma a los niños para el juego limpio, para promover la buena salud, las buenas costumbres, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad y la infancia sana y feliz.

    Lastima este pensamiento que sitúa a los males sociales en los barrios populares. Nos insulta, pero nos hace agradecer nuestra cuna y nuestra familia, en vez de decir tonteras discriminadoras, clasistas y xenófobas, que hace tiempo fueron superadas por la ciencia social.

    Ahora nos dirigimos a ti, literato Gumucio. Hay también un problema de formación personal cuando argumentas que “el fútbol tiene una pasión que tiene que ver con la infancia y yo no tuve una infancia futbolera. Encuentro que es muy despreciable la gente que la tuvo”.

    Ya que lo dices, despreciable Patricio Manns, despreciable Albert Camus, despreciable Hernán Rivera Letelier, despreciable Pelé, despreciable Maradona, despreciable Salas, despreciable Zamorano, despreciable Elías Figueroa, despreciable Leonel Sánchez, despreciable Alberto Bachelet, despreciable Evo Morales, despreciable Carlos Caszely, despreciables nosotros… y despreciable Eduardo Galeano: “Soy fútbol-adicto. Y esto viene de la infancia más remota, porque mi padre me llevaba al estadio cuando yo todavía era un bebé. Y luego, claro, toda mi vida jugué al fútbol”, confesa el autor de Las Venas Abiertas de América Latina. Uno también podría decir, despreciable el que no tuvo una infancia feliz jugando a la pelota y aprendiendo de la propia historia nacional, disfrazada de partido de fútbol profesional.

    ¿Por qué a varios pensantes les gusta el fútbol –hay otros que no-? Precisamente, por la relación entre lo que pasa en la cancha y fuera de ella. Desde lo que dice el hombre del maní en la galería hasta los tiros en el poste. Ya más adulto, nos interesan las medidas de Estadio Seguro y la venta de entradas.

    Tanto el fútbol como la política son creaciones culturales que pueden usarse para el mal y para el bien. El ejemplo que señala Galeano es decidor: “Hay una parte de la historia que parece inexplicable: Cómo un país despoblado y pequeñísimo (Uruguay) pudo ganar la medalla de oro en fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, el Mundial de Uruguay de 1930 y pudo vencer en el Maracaná, en el Mundial de Brasil de 1950, contra todo pronóstico. Pero eso tiene explicación: El papel fecundo que tuvo el Estado uruguayo en los albores del siglo XX. Uruguay estuvo en la vanguardia del mundo en educación libre, laica, gratuita y obligatoria, con un papel creativo, y allí estuvo integrada la educación física. Sembró campos de deportes en todo el país. (…) Eso explica cómo un país minúsculo pudo llegar tan alto”.

    E igualmente, gracias al fútbol, se han formado clubes hermosos, populares, reivindicadores sociales y políticos, como el Arturo Fernández Vial, Argentinos Juniors, Atlético Colegiales, Chacarita, Defensor Sporting, Livorno o Cerro Porteño, solo por nombrar algunos.

    Gumucio, Dios nos libre de envejecer como tú, hablando y escribiendo desde el “éxito” que te hace creer que, como Los Beatles, cualquier cosa que hagas debe ser celebrada.

    ¿Quieres emular a Borges en su odio al fútbol? Está bien. Partamos diciendo que el argentino vino a nuestro país a recibir un premio de la dictadura, sí, de tu aborrecida dictadura. Con ese dato no me interesa si al argentino le gustaba o no el fútbol. Un tipo tan inteligente como él sabía en que se estaba metiendo al venir a Chile.

    No, estimado escritor, si sigues por ese rumbo soberbio, vas a terminar como una versión barbuda de la clasista Doctora Cordero. Ese sillón te espera.