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    03.06.2014

    ¡Qué nervios, compadre!

    vidalvaldivia

    A menos de dos semanas del debut de Chile en Brasil no puedo estar más nervioso. Cada quien tiene sus ansiedades, ésta es la mía. Entiendo que es una incertidumbre colectiva porque un mundial es algo especial, una excepción. Durante estas jornadas imaginaremos cómo serán esos días, cómo se verán las canchas, con qué ropa saldrán los chilenos, cómo formarán, ¿Valdivia y Vidal llegarán?, etc.

    Hay que pensar que cuando juega la selección es un día distinto, y estar en un mundial hace que los rituales se exageren al nivel de trastorno obsesivo compulsivo. Para el debut en Sudáfrica pasamos la noche en la pega junto a cinco colegas. Ésta anécdota se escuchó por Radio ADN durante la vigilia.

    En esta oportunidad los rituales seguirán. Antes del pitazo, iremos al baño unas once veces en cinco minutos. No querremos comer nada, la ansiedad no dará más y temblaremos. Nada deberá perturbarnos durante los noventa minutos. Al menos yo por eso odio los asados que se arman para el fútbol, pues nos conduce a perder la atención y a ver el partido solo de reojo.

    De seguro, investigaremos cuál de los canales tiene la transmisión más rápida para saber, antes que nadie, los goles a favor o en contra. Pondremos la tele “a todo chancho” para que el grito de los vecinos no nos desconcentre y griten las “pepas” antes que nuestra tele. Por ello, no escucharemos las transmisiones radiales durante el partido, solo en el entretiempo para descansar de los relatores y comentaristas televisivos. Y al final tendremos lágrimas, catarsis, depresión, rabia, o bien, éxtasis, soberbia, exitismo. La emoción se nos tornará extrema y seremos capaces de correr en pelotas si es que avanzamos rondas como nunca.

    O puede ser lo mismo de siempre. Mis días más tristes fueron aquellos en que Chile fue eliminado por Brasil. Creo que en el 98´ el equipo entró eliminado. El triunfo moral ya estaba hecho. Prueba de ello fue la salida de shopping del plantel a horas del trascendental partido. No hay que ser muy pillo para notar que para Nelson Acosta el objetivo improvisado de pasar a segunda ronda se había cumplido. Era momento de gastarse el viático en regalos para los parientes.

    El 2010 fue más duro porque había también más esperanzas. Por tercera vez, con Bielsa en la banca, la Roja fracasaba estrepitosamente ante los cariocas. Sólo lloré. Yo hace algunos años pateaba sillones y escaleras cuando la Roja perdía. He progresado, ahora pateo el aire, pero los garabatos son los mismos.

    Por supuesto, no faltarán los aguafiestas hablando del opio del pueblo (los izquierdosos), de la corrupción en el fútbol (los de centro y amarillos) y del déficit en la producción por las horas no trabajadas (los derechistas). Vendrán los discursos de los “22 idiotas tras una pelota, que les siguen el juego al neoliberalismo”. El odio a la pelota y sus externalidades se hace tan inverosímil como odiar a la música por sus vicios, o al amor por sus despechos.

    En la U, una profe me “chucheó” porque me salí de la clase para ver el partido eliminatorio entre Chile y Perú. Era de esas críticas del fútbol. Para el mundial del 2010, la misma académica debió suspender clases por orden superior y, por fin, entendió la locura. Descubrió que en tiempos en que existen tan pocos espacios para compartir y reunirse, un partido de fútbol era un espacio especial y valioso, un sentimiento bonito. Para peor o mejor, su pequeña hija se puso a jugar fútbol con seriedad.

    Al menos a mí me conforma con que Eduardo Galeano durante el mundial cierre su casa y ponga a la entrada un cartelito con la leyenda “cerrado por fútbol”. Eso es suficiente evidencia de que no podemos estar tan perdidos.

    En tanto, el mercado hace su trabajo vendiéndonos cualquier cosa vestida de rojo. Asados, televisores, parrillas, choricillos, vinos, gorros, poleras, delantales cocineros, raspes, teléfonos, bancos… lo que sea para sacar provecho. Y aparecen campañas publicitarias ridículas. Para el mundial anterior, un supermercado lanzó un spot-canción que a cualquier compositor musical le daría arcadas: “Vamos a ganar y ahorrar todos juntos con Santa Isabel”. Un estribillo sin sentido, o tal vez, con una complejidad superior a nuestras capacidades.

    Cambiando radicalmente de tema, pero con la misma ansiedad, también deberíamos estar nerviosos por lo mostrado ante Egipto el viernes pasado. Un 3-2 que dejó al descubierto que el relajo puede costar caro y que la línea de tres requiere de especialistas consagrados. También demostró que Aránguiz no le acomoda ser un enganche, que Beausejour se ve algo grueso –no sabemos si por aumento de masa muscular o por un descuido del preparador físico-, que Isla aparece desconectado, que Miko Albornoz se ve mejor como lateral aunque necesitamos mayor seguimiento al “Caso Jorge Robledo de nuestros tiempos”.

    Pero también rescatamos aspectos positivos. Sánchez es de otro planeta. Es increíble tener la seguridad que el tocopíllano no va a perder la pelota con cuatro o cinco rivales encima, y que por si fuera poco asiste a sus compañeros. Los tres goles salieron de sus pases. Vargas tiene un poder de definición sin par, con la sangre fría propia de Marcelo Salas. Díaz requiere mayor compañía en el centro del campo, pero con su golazo demuestra nuevamente una técnica por sobre la media. Claudio Bravo es un libero más que, si llega a Barcelona, puede ganarle el puesto a José Manuel Pinto tan solo con su juego de pies. Finalmente, Eugenio Mena entró con ganas y aceptable desborde.

    Habría que ser ingenuo para pensar que Sampaoli no tiene el equipo más o menos listo. A esta altura lo que debe estar probando son las alternativas ante la ausencia de uno u otro componente. El plan B. “¿Qué pasa si Vidal no llega, si Valdivia se lesiona, si me expulsan a un central, si el equipo rival no ofrece resistencia y juego con una línea de tres?”, son preguntas que deben rondar en esa alopécica cabeza. Ahora, lo más seguro es que su carácter obsesivo lo lleve a trasnochar unos tres días tratando de buscarle la vuelta al partido jugado. Sin duda, Egipto fue una buena prueba.

    Durante estas semanas soñaremos con triunfos hasta que la realidad futbolística nos golpee sin anestesia. Eso es intrascendente, lo comido y lo sufrido no lo quitará nadie. Esos días de la Roja en Brasil no se olvidarán jamás y los nervios habrán valido la pena.