Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    10.06.2014

    La hora de la verdad

    condor rojas
    (Por Cristian Venegas)

    Queriendo escapar de la saturación mediática por la participación de Chile en el Mundial me pasé un par de días en la Biblioteca Nacional. Por una motivación personal (de la que ya se enterarán) me fui a revisar los diarios del ’82. Un año extraño, siniestro y decepcionante para Chile en muchos ámbitos. Huelgas, quiebras de empresas, un desempleo que en tres meses se duplicaba, muertes políticas, “Cuescos Cabreras” que se deshacían en infundir calma a la población y un Festival de Viña que trajo en forma gratuita a Miguel Bosé para cooperar con el evento, cual Teletón. La “plata dulce” y los tiempos buenos se acababan.

    Caigo en el mes de marzo de ese año. Luis Santibáñez se tomaba la sección deportiva con sus “cátedras” y Caszely peleaba por décima vez con el técnico de Colo-Colo, Pedro García, por la llegada del “Loco” Houseman. Sin embargo, nada de eso acaparaba los titulares de la prensa. Las noticias sospechosamente simultáneas del asesinato de Tucapel Jiménez -a manos de la DINE- y la detención de los “Psicópatas de Viña del Mar” se convertían en temas obligados. La información en ambos casos era escalofriante. Las imágenes difundas por los diarios, sin asco ni criterio, mostraban cadáveres mutilados, quemados y deformados, víctimas de aquellos y otros crímenes. Sin darme cuenta me concentré en la historia de los crímenes de la ciudad jardín porque, a diferencia del asesinato de Jiménez, la verdad judicial que terminó con el fusilamiento de dos ex carabineros aún ofrece demasiadas dudas.

    En el citado mes, un connotado empresario era detenido cuasi confesó de los crímenes. Investigaciones decía que en un “99,9%” el caso estaba cerrado. Increíblemente, días después, el acusado era liberado de todo cargo, a la vez que caían “en cana” Sagredo y Topp Collins, quienes finalmente fueron condenados a la pena de muerte. Pero algunos testigos no reconocían a Topp Collins como participante de algunos hechos, en tanto otros datos no cuadraban… Si no fue el ex carabinero, ¿Quién? Una duda permanente para ese frío día miércoles.

    En la noche, Chile enfrentó a Irlanda en Valparaíso como último examen antes de viajar a Brasil. Vi el partido aún pensado en el caso policial. De hecho, con la sensibilidad a flor de piel elucubré toda una teoría –oscura- sobre la mejora “milagrosa” de Arturo Vidal. Alcance a pensar que la FIFA también podría haber tomado nota del “milagro” del jugador de la Juventus…

    Tras el partido, Chilevisión me regaló una mejor oportunidad para saciar mi obsesión por las verdades pendientes. El programa “En la Mira” ofreció un reportaje sobre el llamado “Caso Rojas”. Tal vez, el hecho más oscuro del fútbol chileno en toda su historia, dentro contexto en que la mentira estaba institucionalizada y toda acción, por más inmoral que haya sido, era útil si es que estaba en juego el “honor de la patria”.

    Entrevistas iban y venían. Desfilaron por la pantalla los ex futbolistas Alejandro Hisis, Jaime Pizarro y Fernando Astengo, el vocero oficial de Roberto Rojas de apellido Amigo, el utilero Nelson Maldonado, el ex presidente de la ANFP Sergio Stoppel, el ex técnico Orlando Aravena, los periodistas Felipe Bianchi, Iván Valenzuela y Edgardo Marín, y hasta el peluquero oficial de los futbolistas.

    Insólitamente, a Orlando Aravena, entrenador de aquella selección, le dieron unos cuantos segundos para comentar el caso, a pesar de haber sido uno de los principales responsables del ambiente beligerante en los partidos contra Brasil, y a quien la FIFA castigó severamente por el engaño de Rojas. El “Cabezón” tenía harto que decir.

    Sobre los periodistas entrevistados fue adecuada e imprescindible la tribuna a Edgardo Marín, pero la participación de Bianchi y Valenzuela tenía como único valor haber estado esa noche en el Maracaná. Ambos periodistas presentaban la enorme desventaja de no haber investigado a fondo el tema. Además, el autor del reportaje parece que se conformó con golpear la puerta de la Radio Cooperativa, pues allí trabajan sus tres únicos colegas entrevistados.

    Sin embargo, más terrible resulta la omisión del testimonio de quienes sí investigaron con detalle el “Bengalazo” –cuyos trabajos fueron insumo del reportaje- como Urrutia O´Nell, Guarello, Cumsille, Mayne-Nicholls y Guillermo Muñoz. Para encontrar a Urrutia O´Nell bastaba con pasearse a la hora de almuerzo por el Café Haiti de Ahumada. Y para hablar con el “ciudadano” Mayne-Nicholls había que pedirle el número de celular a Bianchi…

    Al final, nada nuevo bajo el sol tras el reportaje. Varios sentimos la pérdida de tiempo, pero no solo eso, una frustración grande porque la hora para que se revele la verdad todavía está aún lejos. El hambre por saber lo que efectivamente pasó seguirá penando, porque a Roberto Rojas no le podemos creer… ¿Cómo vamos a confiar en los argumentos del “Cóndor” si ya hemos testigos de sus mentiras, incluso jurando por sus hijos? La confianza y la credibilidad son como la virginidad: se pierden solo una vez.

    A pesar de todo, la verdad sigue ahí, revoloteando, jugando con quienes se nos ha puesto una venda. Nelson Maldonado, el utilero castigado, sabe quiénes participaron. Fernando Astengo, a juzgar por su actitud en el reportaje, también parece conocer la verdad. Un amigo del alma y confidente de Rojas, hoy funcionario municipal, se desarmó en excusas… En fin, nadie quiere violar los códigos cuasi carcelarios en que se mueve el mundillo del fútbol, ni lesionar la lealtad y solidaridad desvirtuada.

    Después del reportaje, con el sueño venciéndome, me sentí como un imbécil al preguntarme con carácter de conclusión: ¿Cómo vamos a saber las verdades completas de los casos del psicópata de Viña, del niño Anfrus, de Matute Johns o de Frei Montalva si ni siquiera el “Bengalazo” ha podido ser aclarado? La verdad de un banal “Caso Rojas” no hace mayor daño a nadie, pues no hubo homicidios, ni secuestros ni desapariciones. Es un tema tan insignificante al lado de los crímenes todavía no resueltos. A esta altura, ¿qué tanto pierden Rojas, Aravena, Astengo, Hisis o Maldonado en confesarse? Chile y la Embajada de Brasil merecen saber lo que pasó.

    No tengo frustración por no saber lo que realmente ocurrió en el Maracaná, porque tampoco tengo dudas –quizás inocentemente- que la hora de la verdad llegará, depende solo y exclusivamente de nosotros. Por mientras seguiré con pasión los partidos de la selección mundialera y, en el tiempo restante, continuaré vagando por Alameda entre Mac-Iver y Miraflores… sí, en el subterráneo de ese antiguo edificio.