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    26.06.2014

    Mordidas, mangazos y otras triquiñuelas

    suarez
    (Por Cristian Venegas)

    La imagen ha dado la vuelta al mundo. Bajo una comprobada vocación vampirezca, el uruguayo Luis Suarez mordió el cuello del italiano Giorgio Chiellini. El árbitro, para variar en este mundial, nada ve y solo presta atención ante las aparatosas caídas del “caníbal” del Liverpool y el europeo. Chiellini se soba el hombro y muestra la evidencia al juez. En tanto, Suárez se queja de un codazo optando por agarrarse sus prominentes “dientes de paleta”. En la escena pareciese quejase más de lo duro de los huesos del italiano.

    De perogrullo es insistir en la deslealtad de Suárez en el incidente que, a esta altura, es su rúbrica personal, como la “Z” del Zorro. Sin embargo, no debiese sorprendernos tanto si recordamos a las “mamitas” que abusaban de las triquiñuelas en la cancha. “Machotes” de los tiempos en que faltaban cámaras en el estadio y no pululaban en sus tribunas los mirones sensibles al mínimo contacto.

    Insignes chilenos seleccionados fueron autores de un par de nocauts en mundiales. Curioso, pero ni el combo de Guillermo Chato Subiabre sobre el argentino Luis Monti en 1930, ni aquel que le propinó Leonel Sánchez al italiano David tuvieron como castigo la expulsión. “Juegue, juegue”, habría dicho el hombre de negro validando la imposición de respeto.

    Otros llevaban en la sangre ésta ambición. Para darse su lugar, Leonel Chuflinga Herrera no discriminaba en mandarle una chuleta al defensa de Independiente de Avellaneda, a Maradona o al “Buzón Preguntón” (Florcita Motuda). Misma actitud del ex seminarista Raúl Ormeño quien dejó su autógrafo en el muslo de Branco y de Javier Margas cuando sacó de la cancha al paraguayo Roberto Cabañas con una barrida criminal. Más contemporáneos fueron los mangazos de antología del Candonga Carreño a medio equipo de Provincial Osorno. Lo calentaron con su bajada del Mundial de Francia y respondió como más sabía.

    El ex uruguayo Nelson Acosta, fue víctima, al menos en su versión de los hechos, de una mordiscada. Defendiendo a O’Higgins lo habrían mordido respondiendo con un fuerte codazo. Según el pelado: “¿De qué codazo me hablan? Mira, acá tengo la herida en el antebrazo. Las Heras me mordió y más encima me culpan. Para mí que Las Heras tenía dientes postizos”. Como siempre, Acosta no pierde… por eso Francisco Las Heras, el afectado, perdió cuatro de sus dientes.

    Aunque existen formas más “elegantes” para imponerse al contrincante de turno, pero no por ello van a ser menos efectivas: “Cuando los defensas me pegaban mucho, sacaba un alfiler que llevaba escondido en las canilleras y se los clavaba a la primera ocasión. Después lo botaba y el árbitro no se daba ni cuenta”, contaba con orgullo Hernán Clavito Godoy.

    Hay más técnicas imperceptibles para desconcentrar al rival, por ejemplo, las pisadas al rival para evitar su salto tras un córner. En tanto, Eduardo Bonvallet practicaba el golpe en las manos al marcar un cabezazo. Increíblemente, el delantero rival se quedaba en el piso tras el golpe. No fallaba, aseguraba “Careloco”. Quien se lo enseñó fue Elías Figueroa.

    Se cuenta que el jugador “mañoso” fue sembrado por el lado del Atlántico. La triquiñuela de ponerle una chuleta de entradita al delantero rival tiene lógica: “al minuto de juego no expulsan a nadie”, se argumentaba. Esa era una enseñanza rioplatense, así como hablarle al oído del enemigo sobre alguna “amiguita” hasta calentarlo y desconcentrarlo.

    No sabemos dónde partió, pero la táctica más degenerada es aquella referida a la introducción de tentáculos en el ano ajeno. La antigua revista Deporte Total mostró in situ la poco decorosa marca de Osvaldo Papudo Vargas a Carlos Caszely. En el transcurso de un encuentro nocturno, y con la atención del balón lejos, el jugador de O´Higgins metía sus dedos entre los glúteos del goleador, cual experto proctólogo. Días antes, la misma revista denunciaba al rangerino Hugo Solís, esta vez probando las partes calientes de Severino Vasconcellos. Hace unos años, Marcelo Salas también quiso conocer el interior del defensa Luis Fuentes: fue portada de diario. Por la misma época, Héctor Mancilla tomó la justicia por sus manos y aplicó feroz mangazo al defensa de Antofagasta Rodrigo Corrales. El argumento del purranquino fue elocuente: “Lo golpeé porque me metió el dedo en el poto”. Nadie dudó de su sinceridad.

    Hermana menor del dedo en el ano, es la estrategia de revolverle la “frutera” al rival. Michel se hizo más mundialmente conocido por “masajear” al Pibe Valderrama a estadio lleno. Gonzalo Jara fue un buen imitador del español en el partido contra Uruguay en la última clasificatoria. El problema es que los testículos manoseados eran los del mencionado Luis Suarez, quien respondió con un puñetazo al mentón que el hualpenino aguantó estoico. Finamente, el “Caballero del Gol”, Marco Olea, con la camiseta de la “U” inspeccionó con las gónadas del arquero Marcelo Pontiroli, quien prometió venganza.

    Aunque el golpe avivado es solo una parte de las triquiñuelas. Externamente al rectángulo, las mañas no paran. De las sustancias prohibidas que entregaba Luis Santibáñez a sus jugadores no caben dudas. Un ex dirigido se echó al bolsillo el secreto de camarín y comentó: “Luis Santibáñez tomó en Unión a un grupo de jugadores grandes, y yo era el más chico de todos. Él habló claramente que había que tomar drogas para ganar los partidos, porque en caso contrario nos íbamos a Segunda División (…) incluso un día apareció una bolsa que decían en broma que era glucosa, cuando en verdad era cocaína y anfetaminas”, concluyó Jaime Ramírez.

    Para el Gordo, lo desequilibrante para ganar estaba más afuera de la cancha que adentro. Se cuenta que en una oportunidad habría mandado a un par de meretrices a las habitaciones de las figuras colombianas, a quienes chantajearon con las fotos comprometedoras. O en el partido que daría la clasificación a la Roja al Mundial de España, hizo que los ecuatorianos se comieran una rechifla intimidante de los 80 mil chilenos en el Estadio Nacional. Santibáñez habría mandado a los suplentes nacional a hacer la mímica de salida a la cancha y los de Quito pisaron el palito. Los chilenos se recogieron en el túnel y el equipo ecuatoriano entró perdiendo antes del pitazo inicial.

    Otras “trampitas” son más inocentes. José Coto Acevedo, figura de los setenta, en las pretemporadas lideraba las pruebas de resistencia. En los cross llegaba en los primeros puestos, y era obvio: le hacía dedo a los camiones que pasaban y se bajaba unos 200 metros antes. Así cualquiera. Otros vivos se escondían detrás de dunas y árboles para hacerle el quite al trabajo físico, y movían solo sus cabezas en los abdominales. Ciertos “perlas” se “lesionaban en la semana” y se recuperaban tipín jueves por obra y gracia del Espíritu Santo. Entraban de titulares el domingo.

    Pero, fuera del juego, las triquiñuelas son parte de nosotros. Ejemplos son: quedarnos con la plata del vuelto, el sobajeo en el abrazo a la niña(o) bonita(o), dejar trabajando a la chaqueta en la pega, los almuerzos eternos, la donación a la caridad en el supermercado, la firma que autoriza una cirugía dental mientras tu boca está abierta un metro, el “ajuste sencillo anterior” y sus gastos de administración, la aproximación en el promedio de notas, las subidas del plan de Isapre, la construcción eterna e inconclusa del Santuario de Santa Teresita de Los Andes, el precio de la bebida en el cine, y la respuesta tipo “nuestros operarios están trabajando, perdone las molestias”, entre otros.

    Vivimos y nos viven “metiendo la punta” siempre. Hasta que alguien se queja. ¿Por qué no iba a pasar lo mismo en el fútbol? No nos pongamos “tiquismiquis”, como dicen los españoles, ni menos, “boludos”. Al Patitas con Sangre, al Chato, al Candonga y a Leonel los seguimos aplaudiendo como ejemplo de la “picardía del chileno”… y porque forman partes de esas cosas “sabrosas” del fútbol. Sobre esto último, buen provecho, Luisito Suárez.