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    15.07.2014

    Johnny Herrera: Ese hombre perdido en un rincón

    herrera
    (Por Cristian Venegas)

    Una imagen vale más que mil palabras, dice la sentencia, y no hay nada más cierto. El plantel chileno sonriendo, abrazados con intimidad, el compañerismo parece en éxtasis… Pero en un rincón de esa doble dimensión hay un hombre que esboza una sonrisa, más sus ojos no le acompañan: es una tentativa de alegría falsa e irreal. Un solidario compañero pasa su mano por el hombro del “afuerino”, pero con el compromiso del baile con la hermana. Finalmente, lo que uno ve son 22 compañeros de Selección y Johnny Herrera.

    El portero se convirtió en una isla, pero no sabemos desde cuándo. ¿Acaso fue su decisión quedarse solo, o fue la decisión de sus compañeros? ¿Quiso deshacerse del resto, o cosechó lo que sembró? El huevo o la gallina. Una discusión ociosa.

    Pudo nacer con la vocación de destacarse entre el resto, de ser diferente, o quizás su propio andar le hizo forjar un camino solitario y, por lo tanto, más árido que el de los demás. En general, así es la vida del ex campeón con Everton y la Universidad de Chile. Vivir separado del mundo, afuera y adentro.

    En la estadía de la Selección en Brasil, Johnny fue el único del plantel que durmió en una habitación individual: “Esa soledad también la traslada al día a día. Es el que menos comparte las actividades fuera de programa. Ni siquiera se junta mucho con sus compañeros de la U”, escribía LUN.

    Completa el periodista Rodrigo Fluxá: “En todos los equipos por los que pasó están de acuerdo en una cosa: no hizo amigos. No le gusta el futbolista medio: los encuentra flojos, con pocos intereses más allá del deporte. Está orgulloso de haber terminado pedagogía en educación física en la Universidad de las Américas”.

    En primera persona, Herrera explica su asco social: “Es que yo me hice autista por mi condición de haberme venido a vivir a Santiago a los trece años. Me vine a una pensión en Estación Central y no fue fácil. (…) Acá tuve compañeros, a muchos los iba echando, nunca me quedé con amigos. Un amigo para mí es un perro-perro y de esos tengo dos en la vida. Conocidos, tengo muchos porque en el fútbol es muy difícil hacerse amigos: te vai cambiando de equipo, te vai yendo de ciudad. El futbolista es lo que lo rodea a él y sería. Esa es la personalidad que se me fue forjando”.

    Sin embargo, desde afuera no es difícil comprender la soledad de Johnny si éste ha elegido el destierro del arco.

    Según Galeano, en general, el portero “es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento (…) Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene paga lo mismo”. Vive en ese lugar en donde se es héroe o villano. Nunca el camino intermedio. Bajo los tubos, el guardapalos vive o muere.
    Complementa Abarzúa: “La soledad con que el arquero enfrenta acontecimientos tan traumáticos en su vida es insondable”, indescifrable. “A solas aguarda que algún día venga a buscarlo la desgracia, que llegará puntualmente a la cita y se encargará de producirle el más triste de los funerales futbolísticos”, cierra el autor de “Las Pelotas”.

    Pero Herrera es diferente, ante la presión no se raja, al contrario, eso dicen sus compañeros, amigos y cercanos. Siempre ha sido un agrandado. Un cuasi ególatra, narciso, vanidoso, autocritico y cuestionador de quienes no se muestran a su altura, o al nivel en que cree estar, y todo aquello no es malo. Un portero al que se le mojan los pantalones y muestra flaqueza no sirve para el puesto: “En realidad hay que tener el ego muy arriba para creer que uno puede arreglar el mundo con solo dos manos”, finaliza Abarzúa.

    Danilo Díaz, Premio Nacional de Periodismo Deportivo, así describe al nacido en Angol: “Dueño de un carácter fuerte, ideal para un puesto en el cual las desgracias mortifican y pueden marcar carreras, Johnny Herrera impone su perseverancia e indomable espíritu ganador. Lo demostró desde que asomó en la U, como un joven suplente que parecía no respetar los galones del histórico Sergio Vargas a la hora de luchar por el puesto”. Le quisieron poner “Superboy” porque el portero titular, Sergio Vargas, era “Superman”. Johnny no lo resistió porque no es sombra de nadie, simplemente es “Johnny Herrera”.

    Sobre el conflicto con Vargas, un compañero en la juvenil de la U relató: “Una vez (Vargas) se negó a hacer un trabajo con nosotros (los juveniles) y Johnny le dijo: ¿Te crees más importante que el resto? Acá somos todos iguales. La gente quedaba para adentro”. Era un pendejo parándole el carro a una leyenda viviente del club.

    La defensa de sí mismo parte desde la niñez, y las pruebas de la adolescencia fueron alimentando tal carácter. Hace unos años, la revista El Sábado de El Mercurio expuso algunos testimonios sobre el reserva mundialista: “Tenía un carácter muy fuerte: se peleó varias veces con el presidente de la escuela (de fútbol), que tenía un hijo que también era arquero. Él agarraba sus cosas y se iba”. Otro dijo sobre su aterrizaje en Santiago: “No era para nada el provinciano tímido que llegaba a la capital. A las semanas se los había echado a todos al bolsillo. Tenía un carácter súper especial, difícil de llevar. Le daba lo mismo quién estuviera al frente. Era el único que tenía pieza solo, porque nadie lo pasaba mucho. Siempre me preguntaban por qué era amigo de él”.

    En una famosa entrevista en The Clinic confesó: “De siempre fui confrontacional, o sea de ir y aclarar las cosas al toque. Fui medio peleador. Me pegaron una vez cuando chico y después no perdí más. Me acuerdo que mi mamá me dijo: si tenís que pelear, pelea, porque más abajo de la tierra no vai a pasar”. La agresividad usada es la coraza de quien tiene como obsesión no ser vulnerado.

    Johnny Herrera presenta una frontalidad que puede confundirse fácilmente con soberbia. Extremadamente defensivo en sus comentarios, su actitud le ha restado muchas posibilidades para su carrera. Es directo, muy directo, con rivales y compañeros. Cuando recién tomaba la titularidad en la U puso la pelota al suelo: “Tengo una personalidad fuerte y no me achico ante nadie, voy de frente y me he metido en problemas por eso. Como cuando dije que Colo-Colo con Mendoza y Espina jugaban igual que sin ellos… Hace poco, en una Copa Entel en Talca, me agarré con Mendoza: “Pendejo, pendejo, tenís que cerrar la boca”, me decía y yo claro que le respondí. ¿(Hugo) Droguett? A él le dije de frente: “Oye, andai puro apichangando esto”, porque no le tomaba el peso a estar en Mundial (sub 20), hablaba tonteras que un niño de cinco años hubiera pensado mejor (…) aprendí a hacerme respetar. ¿Agrandado? Siempre me lo dicen. Por sacar la voz me he agarrado con algunos en la “U”…

    Herrera nunca ha unido sus labios. En sus declaraciones puede ser una bestia justificando lo injustificable, pero en otras, es un sensible hombre que protege sus colores. Pero pocos atraviesan su armadura. Su hermetismo forma parte de una personalidad llamativa. ¿Quién es en realidad Johnny? ¿Alguien lo conocerá de verdad? ¿Cuánto de lo que sale de su boca forma parte de su blindaje? Y la ausencia de inteligencia emocional en él no colabora. Por ello, sabe que poco bueno resulta a la hora de declarar: “Hablo poco en la prensa, también, no sé si te hai dado cuenta. Porque cuando hablo queda la cagá, porque en este país de mierda nadie dice la verdad”.

    En el 2009, ocurrió la tragedia porque la que un estadio entero le ha dicho asesino. Algo doloroso para el angolino, quien andaba con trago y a alta velocidad por una avenida de La Reina. Según la madre de Herrera: “Nunca lo había visto tan mal, ni para la muerte de su hermano. Le revivió muchas heridas antiguas, ver que sin querer había destrozado una familia, tal como se había destrozado la nuestra años antes”. La coraza de Herrera en la intimidad se rompió y se esfumó gracias a la empatía. Pero el escudo agresivo volvió a aparecer cuando emergieron los ataques. La lágrima parecía un espejismo:

    “Me costó asimilar si realmente me había sucedido a mí. Estuve varios días pensando que era un sueño -una pesadilla- y quería despertar pronto. No encontraba una explicación de por qué me había pasado a mí. Para mala pata mía, soy un personaje público y créeme que me cuesta asimilarlo. Si yo fuera el tipo más normal del mundo, que no lo conoce nadie, sería más feliz. Pero no. En algún minuto iba a tener que salir a reencontrarme con todo el entorno. Y el hincha es cruel. De hecho me tocó pasarlo mal algunos partidos (…) Y uno tiene que absorber todo eso. Yo sabía con lo que me iba a encontrar, yo sabía cómo tenía que reaccionar pero no podía pedir que reaccionaran de alguna forma mis compañeros”.

    También le han dicho homosexual, como si eso fuera una ofensa. Él lo desmiente por la misma razón:

    “Lo que pasa es que en este país por ser educado te catalogan de gay po, hueón. Es simple: o es maricón o es ladrón, si tenís plata (…) No sé cómo se tomaría (que haya gays en el fútbol). Es que el camarín es muy machista. Gracias a Dios no me ha tocado convivir con gente tan intransigente, cachai. Que si llegase un hueón que saliera del closet le pegarían la patada en la raja. Igual no sé cómo sería en el camarín de la U. Creo que lo hueviarían harto sí (…)

    A las ´locas´ soy un poquito reacio porque también sé que soy gusto de gay: grande, musculoso (…) (En el fútbol) nosotros nos duchamos todos desnudos, andamos el noventa por ciento del tiempo en el camarín desnudos y que te anden mirando el paquete, que te digan: “Oye, tenís la media cuestión” (…) Si el tipo se porta de esa forma, obviamente le pegai una patá en la raja y lo echai cagando del camarín”.

    El rumor de su sexualidad se alimenta hasta hoy, e incluso, se dice que nació en algún camarín rival. Anticuerpos ha generado Johnny siempre. Su boca lo ha traicionado y sus infortunios han sido un regalo, con envoltorio y todo, para la hinchada no azul, quienes lo critican más por lo que hace sin los guantes que con ellos puestos.

    La gente ha mezclado su capacidad excepcional como arquero con sus actos afuera. Decían que no debía ir a Brasil porque había “matado” a alguien. Un castigo moral. Aunque a muchos no les cae bien Herrera -quizás tampoco a Sampaoli-, todo eso da igual, esto es un trabajo. Si lo hace bien en la cancha tiene que estar, el resto es material para SQP, y para las páginas policiales.

    Danilo Díaz no entró en el juego fácil y lo reconoció entre los 120 mejores jugadores del fútbol chileno desde el ’33 a la fecha: “En la medida que tomó los palos, Herrera fue creciendo. Impecable bajo los tres palos, valiente, seguro de manos en un momento en que los arqueros tienen la tentación de manotear, con un achique veloz y eficiente, más un notable saque con el pie, supo disimular sus dificultades en el juego aéreo”. Discutible o no, lo cierto es que su palmarés es notable: 7 campeonatos nacionales y 1 Copa Sudamericana. Además, si lo dice Danilo Díaz –un periodista que desde la universidad observa no menos de cuatro partidos cada fin de semana y en el estadio- por algo será.

    La gente -entre la que me incluyo- y fundamentalmente el hincha irracional, suele caer en la injusticia a la hora de apreciar la vida de un hombre. A Marcelo Bielsa le aplaudimos la soledad como una más de sus locuras, pero si es con Herrera, es razón de mofa. La misma cualidad, pero distinto cuerpo. Bielsa y Herrera son felices en su aislamiento, tal como lo escribió Jorge González en una canción: “Es éste un planeta muy inmenso como para estar solo”. La soledad es una salida lícita para quienes no se sienten cómodos en el mundo de la vida, en las convencionalidades. Herrera la eligió dentro de la cancha, dejémoslo tranquilo afuera.