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    15.08.2014

    Pequeñas grandezas de Calbuco

    calbuco

    23 de junio, mediodía. El centro está desierto en plena jornada laboral. En los ventanales de los locales hay carteles anunciando que abrirán a las dos de la tarde. Los restaurantes, de buena y mala muerte, que decidieron abrir, están repletos. Los que tienen “lucas”, entran y se sirven su líquido. Los “pobletes” se conforman con la limosnera imagen de las ventanas. En uno de los colegios, un apoderado prestó equipos para que nadie se perdiera el espectáculo, menos los niños. Los servicios públicos paralizaron y, supuestamente, ningún desubicado llegó. Todo listo para que los habitantes de la isla mayor de Calbuco vean la derrota chilena ante Holanda.

    Cinco días antes, para el histórico triunfo ante España, los estudiantes salieron más temprano, pues el partido era a las 3. El consultorio tenía su pantalla gigante para el disfrute de usuarios y funcionarios. El único supermercado del lugar abrió y no fue nadie, y eso que habían instalado un proyector “data” y toda la parafernalia.

    Tras el pitazo final, los bocinazos se acoplaron en las calles de la comuna sureña. Era el mejor momento para que un calbucano estrenara auto nuevo; la atención isleña estaría en el Maracaná y se podría camuflar la “joyita” con los de Charles Mariano Aranguiz y Vargas. Pueblo chico, infierno grande, comprarse un vehículo es toda una novedad para ésta comunidad. Del comidillo vecinal salen preguntas tales como: “¿Dónde lo compró?, ¿Cómo lo pagó?, ¿Cómo lo compró?, ¿De qué marca es?”, etc. Voy a ser acusete: eso me lo contó Claudio Márquez, director del quincenal diario “El Calbucano”. Su papá era arquero, le decían la “Araña Negra” y se vestía completamente de negro. “Se lustraba hasta los chuteadores porque era ‘el evento” que había”, agrega. Como me aclara que de fútbol poco sabe, le comento que el portero soviético Lev Yashin tenía el mismo apodo y que también salía a la cancha vestido de “cuervo”. Es obvia la razón del mote al “1″ sureño.

    En la tarde de nuestro Maracanazo feliz ante los españoles, se oyeron “ceacheís” por todo Chile. En esta isla sureña, cuando se acabó el repertorio, todos se fueron para la casa. Nada de saquear los negocios de los parientes. En una economía de pequeña escala, si se pierde algo se nota altiro.

    Calbuco vive y respira fútbol. Hay una escuela de fútbol de Huachipato (no sé si será filial oficial), y en marzo la selección del lugar salió campeón rural nacional en la liga Canadela. Además, hoy tienen un estadio con luminaria profesional y pasto sintético. En su inauguración, la selección local le empató al cuasi profesional Deportes Puerto Montt. Menos mal porque, aguerridos, antes jugaban en las pampas, en donde el barro no es amable.

    Lo cierto es que hoy casi nadie nace en Calbuco. Todas las madres de este lugar pujan en Puerto Montt. Pero es curioso, éstos no se identifican con los Salmoneros. Van al estadio cuando viene Colo-Colo o la “U”.

    Dicen algunos originarios, que Calbuco pudo ser más grande de lo que es. En mi cabeza digo “¿para qué?” Porque, paradójicamente, la grandeza se mide por las pequeñas cosas. Al pisar mal un escalón en la calle –y por andar paveando como todo turista- caí con fuerza sobre una señora que pasaba. ¡Qué tremendo empellón le di! Ofrecimos disculpas exageradas, pero ella me silenció con un “perdóneme, a usted le dolió más que a mí”. Y es que acá abunda la extraña habilidad de discriminar lo fortuito del dolo. La “mala pata” de la “mala leche”. El termocéfalo centralista, deficitario en su inteligencia emocional, no sabe de eso, y lo más probable es que hubiera devuelto el combo. Todo es contra él, porque vive compitiendo. En Calbuco, como en todas las comunidades que necesitan juntarse para sobrevivir, la solidaridad manda.

    Mi colega Jessica (quien trabaja en uno de los colegios del lugar y que se pega diariamente un pique grande desde Puerto Montt), me cuenta que los velorios están a cargo de los vecinos de los deudos, principalmente. Si en algo se compite es por quien primero llega a dar el pésame. Todos ayudan porque mañana todos necesitarán ayuda. El interés desinteresado de la ayuda y el amor. El desaparecido Paulo Freire señalaba con mucha certeza que “es falso que el amor no espere retribuciones. El amor es una intercomunicación de dos conciencias que se respetan. Cada uno tiene al otro como sujeto del amor”. Entre paréntesis, atentos quienes están en relaciones amorosas toxicas, que solo dan sin recibir.

    No me atreví a responderle a Don Juan Loncón cuando me hablaba nostálgicamente, y casi disculpándose, de la grandeza truncada de Calbuco por el gran incendio de 1945. Su comentario no me engañó. En el fondo, él y su esposa saben de la riqueza que hay en sus manos y pies. Por eso, de esa tierra no se moverán jamás.

    Los sábados se come curanto. Eso es ley para la mayoría de las casas. Algo tiene que ver en esta costumbre calórica la presencia semanal de la feria de avenida Los Héroes, con su mercadería de mar y campo, ropa, muebles, y todo lo que se pueda imaginar, me cuenta el hombre de “El Calbucano”.
    Antes del curanto, en uno de esos sábados, la oncena chilena se jugaba el paso a los cuartos de final ante el poderoso Brasil. Podría ser un paso más hacia la gloria, y el sureño lo sabía.

    No obstante, como el curanto con chapalele es una regla definida en el tiempo, la feria estuvo ahí. Los comerciantes, que no van a perder pan ni pedazo, dispusieron de sus televisores, aunque hubo pocos fóbicos de la pelota que asistieron a surtirse de choritos. Gane o pierda la Roja, afuera de la cancha hay que jugarse un partido eterno para ganarse el mircao de cada día.

    Y en Belo Horizonte ocurrió lo previsto por muchos, porque uno se acostumbra a los machucazos de la vida. Brasil, con el peso de la historia, se quedó con la victoria por un pelo… o mejor dicho, por un par de palos. Tristeza en Calbuco como en todo Chile. Una mujer lloraba en su localcito del centro: “Estuvimos tan cerca de seguir y perdimos, por un palo”, sollozaba. Era la sufriente representante de la zona en el festival de magdalenas de esa tarde de invernal, aunque en esta isla, diez meses al año son de lluvias y fríos: “Ese sábado fue un día muy triste para la gente. Todos soñábamos con pasar un poco más allá, y quizás no perder tan así, de forma tan dramática… Pero estamos muy orgullosos de cómo los chilenos dieron hasta el último. Y más emocionante era cuando se cantaba el himno nacional y después se seguía a capella. Esas imágenes quedaran en la historia de nuestro país”, me relata Márquez.
    En las “aguas azules” no hay grandes tiendas, cadenas de supermercados ni centros comerciales. Eso es un respiro para mí, sin embargo, algunos lugareños lo desean porque es sinónimo de “desarrollo”. Claro, como muchos seres urbanos y como el ratón, vemos el queso, pero no la trampa. Pero no se exasperan. Si no llega, no llega.

    A pesar que aún no sacan un solo futbolista profesional de renombre, a kilómetros de la última estación del fútbol rentando, dejar la pelota no está en los planes, aunque para la industria del fútbol chileno, lugares como Calbuco son invisibles.Si fuera por el fútbol, Chile empieza en Arica, pero termina en Puerto Montt. No importa, aquí se respira una máxima invisible que llena todo: Vivir por vivir, ayudar por ayudar y jugar por jugar.”Es lo que hay”, pareciese oírse. No vi la desesperación enfermiza por el éxito rápido. Un tesoro.

    Puedo apostar mi mano derecha que Don Juan, Claudio Márquez (el “comunicador social con hambre de historia”) y tantos otros, no cruzarán el Puente Pedraplén para jamás volver. Hay una pequeña grandeza en este lugar que, en seis horas, descubrí.