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    02.09.2014

    No soy gordo, soy ancho no más

    guaton
    (Por Cristian Venegas)

    Se viene el “18″ y póngase en sus pantalones. Cada muchacho del balón lleva años privándose de las delicias culinarias para tonificar sus cuerpos. ¿Le aprieta mucho? Eso es para que usted se entere de los enormes esfuerzos que debe hacer un deportista para restringirse, cuidarse y controlarse. Algunos lo cumplen a “raja tabla”, pues hay un valor agregado al buen estado atlético, aparte de rendir en la cancha y la buena salud: conseguir alguna chica voluptuosa hambrienta de carnes duras, algo que no ven otros, quiénes, a la primera, se van por el ancho y azucarado camino de las delicias mundanas.

    Estar esbelto requiere de grandes esfuerzos. Justamente lo contrario a lo sucedido con Cristián Flores en el Morning. Tras su estadía en México, el Pistola llegó a los microbuseros con algo de barriga. Consciente de su estado, se comprometió a no cobrar hasta que estuviera en un peso óptimo. En cierto  entrenamiento pasaron entregando unos tickets de descuento para un restaurant rico en sodio y grasa, y el primero en llegar fue el propio Pistola Flores, poco menos que atropellando a los colegas. Empezamos mal…

    Luis Guarda, jugando por la U, fue sorprendido en el control doping con rastros del medicamento Senproporex. Inmediatamente, el futbolista fue “renunciado” de la Universidad de Chile tras el duro castigo impuesto por la ANFP: “Es que soy muy bueno para comer y tiendo a engordar… Uno siempre se tienta con las cosas que hay en la mesa, pero a veces me ponía a comer como loco y subía de peso”. Maradona se mandó un coctel de pastillas y líquidos para adelgazar y estar a punto para el Mundial de Estados Unidos. Al igual que Lucho Guarda, la orina lo acusó.

    La mayoría ha entendido la idea de que “el cuerpo es un templo”, pero para nuestra hilaridad, otros no. ¿Puede haber algo más simpático que el afán del gordo por llegar a la pelota? Esa lentitud hipnótica que no desespera, al contrario, produce ansias para que el tiempo se detenga. Eso es así, si es que el gordito no es de tu equipo, porque sí lo es, ya se pasa al clásico “mueve la r…, guatón cu…”. El tradicional desahogo rabioso que, en vez de arengar, mata al esforzado gordinflón. Lo chistoso es que el autor reggetonero del “mueve la r…”,  tenga el doble de peso que el futbolista ofendido y esté a un paso de la crisis coronaria. Así es, somos muy caradura al burlarnos de la adiposidad de los cracks, considerando que el 70% de la población chilena tiene serios problemas de sobrepeso según el INTA. No somos Top Ten mundial en la prueba internacional PISA, pero sí en acumular grasa en el cuerpo. La “cara de palo” del autor de esta columna es aún más censurable que los “brillantes” argumentos de los infieles de “Manos al Fuego”.

    Pero es menor esa incoherencia al lado de la presencia de Luis Santibáñez en la banca de un equipo profesional… una estadía que dio mucha manteca, nunca mejor dicho, transformándose en un ícono pop en el Chile de los años ochenta que inspiró la famosa caricatura Ñoñobánez. Su obesidad, que ni siquiera se molestaba en esconder usando unos buzos Adidas apretados, representaba la gran contradicción en la cancha: sustancia v/s calugas. Como es de suponer, en un genocidio neuronal, el comité creativo lo bautizó como Guatón, pero él lo llevaba con estilo. A mediados del ’81, Santibáñez respondía las preguntas de un reportero de TVN ¡bañándose en una tina! La piel rosada y brillante volvería a verse a fin de año en la Teletón, semitapada con sábanas en el concurso de los “guapetones”.  Bru-tal. Im-pac-tan-te.

    Cuenta la leyenda que mientras dirigía Lozapenco tuvieron que ponerle una silla aparte junto a la banca. En verdad, el gordo no cabía en las “pequeñas” instalaciones para el cuerpo técnico y los suplentes a un costado de la cancha.

    A Luis Santibáñez le gustaba ufanarse ante los medios de su relación cercana con Cesar Luis Menotti. En los noventa, el argentino visitó Chile y un grupo de dirigentes lo invitó a comer. Al saber que en la lista de los acompañantes comelones de esa tarde estaba Santibáñez, el educado trasandino susurro: “¡Qué barbaridad!, yo creía que éste era un almuerzo de amigos…”. Igual el antofagastino llegó y comió más de la cuenta.

    Juan Cristóbal Guarello -siempre con su estilo tipo “payaya de sandías”- se burlaba en sus “Historias Secretas del Fútbol Chileno” de las charchetas del técnico. Decía con gracia: “Luego (Santibáñez) se escapó hacia el avión. La imagen era algo patética, un hombre de casi 130 kilos corriendo con un buzo muy apretado, los rollos de grasa saltando como jalea Royal…”.

    Guarello fue cruel con Santibáñez, pero la barra de Trasandino se pasó, pero con creatividad. Al finalizar el partido en que el mencionado equipo de Los Andes goleó de local al San Felipe del entrenador mundialista, un gordito disfrazado de chancho se paseó por la cancha con banderitas de Antofagasta Portuario, Unión San Felipe, O´Higgins, Unión Española… todos equipos dirigidos por el Locutín. Luego, para la hilaridad del público, trajeron un ataúd, echaron al “chancho” adentro y lo pasearon por toda la cancha y también por algunas calles de la ciudad, tal como lo informó la prensa de esos años. Santibáñez completaba su cuarta derrota y pendía de un hilo.

    Pero de una u otra manera, Locutín se lo tenía merecido. Nunca se preocupó demasiado por tratar bien a los rivales, la máxima era siempre sacar ventaja: “Lo que vale es el resultado y eso de ganar, gustar y golear, es algo que se consigue muy pocas veces (…) Desde que el futbol es futbol existió la viveza, pretender matar la inspiración del tipo del barrio, de la calle, es un atentado al futbol (…) Como el futbol está lleno de aduladores de la FIFA, todos quieren andar con el cartelito amarillo del ‘fairplay’. Yo no, me cago en el ‘fairplay’”. Considerando el tamaño de los intestinos del desaparecido técnico, ¿se imaginan la bomba atómica de desecho orgánico puro que cayó sobre el “juego limpio”? Valor…

    Vamos con otra contrariedad. Hasta el Mundial de 1994 no era difícil encontrar a los hombres de negro con sendas barrigas y vistosas canas (si es que no, pelucas). Hernán Clavito Godoy criticaba a los jueces y sus guatas: “Los árbitros todos son unos colgados. Aparte de tener un pésimo estado físico, desconocen hasta los reglamentos. Llegan a la cancha excedidos porque se pegan grandes almuerzos”. Eduardo Gamboa Padre recibía el cariñito verbal de David Henríquez, tras expulsarlo: “No era para expulsión. Gamboa estaba caliente conmigo y por eso me echó. Es un mal arbitro y con esa guata no puede dirigir”.

    Por esos años, la presión hacia los gorditos rápidamente dejó a su primera víctima. Rafael Hormazábal hijo, árbitro FIFA, colgaba rápidamente el pito por el constante bullyingde colegas, medios y jugadores respecto a su gruesa contextura, que, explicaba, era resultado de una afección glandular.

    La crítica por el peso no discrimina ni siquiera entre leyendas y perros. En su primer número, la revista Estadio opinaba sobre Sergio Livingstone: “El portero internacional se ve un poco fuera de formas, debe tratar de recuperar la línea si no quiere verse superado por otros guardapalos que se están viendo muy bien. Menos golosinas y más training”. Al año, el Sapo estaba atajandocomo capitán al Racing de Avellaneda y era portada por primera vez en la trasandina revista El Gráfico.

    Mientras jugaba, Francisco Chamaco Valdés también tuvo que soportar la eterna presión respecto a su peso. El oriundo de la población Juan Antonio Ríos, vistiendo de corto, se apresuraba en responder: “No, no estoy gordo. Al contrario, estoy en mi mejor peso. Lo que ocurre es que en los entrenamientos me pongo cualquier cantidad de cosas para abrigarme y transpirar harto: tengo una camiseta de hule gruesa, encima la chaqueta del buzo y más encima la camiseta. Con todo eso, tengo que verme cuadrado”. Con la distancia del tiempo uno se cuestiona inútilmente, ¿para qué necesitaba sudar tanto?

    Estadio no se quedó atrás e, implícitamente, responsabilizaba a Chamaco por la mala campaña de Colo-Colo en el ’75: la fotografía con el volante encabezaba la nota. Claro, Valdés tenía cuatro kilos de más, pero también había otros nueve colegas pasados y otros que tenían bastante menos de lo recomendable.

    A pesar de campeonar en 1966 con Católica, el gusto por la olla truncó en algo el futuro de Julio Gallardo: “Todo el mundo repite que desaproveché mis condiciones, pero es que tenía tendencia a engordar y ese fue mi mayor sufrimiento: la lucha contra la romana, en especial, cuando tuve de entrenador a Fernando Riera. Mi peso ideal era 72 kilos y llegué a actuar con 80 kilos”.

    Ricardo Contreras, antiguo portero del Everton, se ganó la ironía de los medios. Al parecer, el viñamarino no se preocupaba mucho del tamaño del buzo con que salía a la cancha. Ciertamente, una vez pareció atajar “disfrazado de paté”. Estadio, ironizando, le pedía a la dirigencia oro y cielo que hicieran el esfuerzo de comprarle “ropa a su medida. Sus atajadas pierden mucho brillo cuando exhibe la guata”.

    Néstor Isella se pilló de frente con el portero Enrique Strauch, su dirigido en Palestino, y le preguntó: “¿A usted le gusta jugar al arco, verdad?”. El portero se extrañó por la obviedad de la pregunta y respondió: “sí, me encanta”. Isella lo mató: “Pues, entonces, baje diez kilos y hablamos…”. Corta.

    Los futboleros que ya andan por las cuatro décadas corren por mencionar a Freddy Bahamondes entre los más regalones. Clavito Godoy lo tuvo a su cargo: “(Bahamondes era) un jugador de extraordinarias condiciones. Tenía una pegada como pocos y ponía la pelota donde quería, ya sea metiendo pases o tirando al arco. Su zurda era privilegiada… pero era un flojo de mierda, y eso explicaba el poto y la guata que tenía”.

    Marcelo Vega, apodado sin derecho a apelación como Guatón, siempre tenía excusas para negar lo innegable: “Richard González fue el que me apodó Guatón Vega, pero no por lo gordo. Soy ancho, no más. Mi peso normal es de 79 kilos. Tengo mucha masa muscular y no más de 14% de grasa. Para la edad estoy bien. No lo digo de patudo, lo dice Luis Maya, que hizo mediciones científicas…”

    El ex jugador Williams Alarcón había jugado en Colo-Colo y pasaba por días de cesantía. Para recuperar la línea, Alarcón partió a trotar en unos campos deportivos, en donde se encontró con un amigo al que le preguntó: “¿Y cómo me ve, compadre?”, mientras mostraba lo sudado. El “socio” le respondió sin azúcar: “Pa’ mí que todavía te faltan unas tres mil vueltas a la cancha…”.

    En la sección “Secretísimo” de la revista Triunfo se contaba una sabrosa talla del Pato Yáñez: “Un popular programa deportivo –uno de los más informativos- entrega una apetitosa pierna de jamón al mejor jugador de cada encuentro copero. El ‘Pato’ Yáñez ganó la ‘primera pierna’, pero después contó que se la ‘sacaron’ del auto. El puntero volvió a ganar otro ‘apetitoso’ premio, y cuando repitió el mismo verso, no le creyeron. Al parecer, está en pleno periodo de engorda otoñal”. Por algo, el conocido Chomsky no le cree nada, pero nada, al hoy comentarista del CDF.

    Al filo del retiro, Claudio Borghi ya demostraba su tendencia a engordar. En la cancha le gritaban: “Guatón, cuando te vas a retirar, deja de robar”. A los meses, retirado y dedicado a la representación, aparecían otros: “Maestro, porque dejaste de jugar si todavía podes”.

    Emiliano Vecchio hizo un gran esfuerzo para bajar los muchos kilos de más que emperifollaban su cuerpo. A pesar de que por fin se le conoció el cuello, todavía es conocido como “el ex gordo”. A propósito de Colo-Colo, un reputado periodista deportivo nos dijo que nunca había visto un arquero de Colo-Colo tan guatón como Eduardo Lobos. Dato histórico: el hombre de las comunicaciones vio el Mundial de 1962, así que empiecen a sacar cuentas…

    Y cuando el futbolista se retira, llega la ecatombe. Los músculos se van al carajo, los huesos se vuelven más anchos y los recuerdos huelen a parrilla. El robusto Carlos Campos, cabeceador de peso, fue consultado meses después de retirarse sobre si estaba arrepentido de su decisión: “Debo estar pesando más de 100 kilos y el físico no me da. Como profesional jugaba con 86 y me veía en duros aprietos, ¡imagínese ahora!”. En los casos actuales Mauricio Illesca, Luka Tudor y el paraguayo RichartBáez parecen llevarla. El ex mundialista sub-20 debe estar chato de que siempre lo presenten como “el que se comió a Luka Tudor”…

    Ningún plano del fútbol se salva. Jorge Vergara disfruta del apelativo de “Guatón”, a la par de la leyenda siniestra del Colo-Colo quebrado. Tal vez, el exceso de azúcar intervino en las ideas de Vergara para Colo-Colo, entre ellas, eliminar el color azul de la insignia de Colo-Colo (que fue aprobado en 1992) y la revolucionaría medida de jugar los partidos de las inferiores con diez elementos, “así tendremos futbolistas con empuje, más aguerridos y que representen bien a Chile”. Obviamente, el carril no tuvo mayor acogida en el directorio.

    En los noventa, a Vergara Núñez no le preocupaba la diabetes. Echaba chistes: “(1) Lo único que deseo es bajar un poco de peso, pero no de pesos, porque sería una desgracia. (2) Mi problema es que, frente al plato, soy más peligroso que el “Bam-Bam” Zamorano. (3) Y ahora con esto de la diabetes, hasta mi señora se puso celosa, porque ahora todos me encuentran dulce…”. Y no eran tan buenas las tallas.

    El espacio es poco. Para la otra hablaremos del talento perdido del “Lucho Pato” Núñez gracias a los churros con manjar; de las extremidades corpulentas de Paulo Pérez; del sufrimiento del Rafa Olarra en el último tiempo por culpa de las camisetas ajustadas: de la Selección del ’82, campeona en celulitis: del relajo del Cuá-Cuá Hormazábal; de la falsa gordura de Caszely;  los siete de kilos del Pato Rubio;la hinchazón de Fabián Guevara tras firmar por Deportes Concepción después de un doping positivo; el desenfado total de Salvador Cabañas en el 2008; las razones de por qué Sanhueza no se fue a Argentina, etc.

    Para finalizar, recordamos la hilarante y patética historia del argentino Pedro Perico Ojeda. Para explicar su bajo rendimiento en Coquimbo Unido, al cual llegó gracias a la gestión del empresario-técnico-representante Víctor Milanese Comisso, comentaba sin vergüenza: “Estoy jugando al 20 por ciento de lo que jugaba en Argentina. No estoy en mi nivel (…) Víctor (Milanese) Comisso me dijo que bajara el rendimiento en Argentina para poder jugar en Coquimbo. Y aquí, además, hace dos meses que no me entrenan como la hacían en Argentina. Bueno, por eso he subido algunos kilos”. Gordo por opción, ¡qué suerte!