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    23.09.2014

    Hombres de negro: la justicia injusta

    rumiano
    (Por Cristian Venegas)

    Errar es humano, pero al fútbol lo juegan los extraterrestres, o eso es lo que se pretende. El arquero no puede salir en falso, el defensa no puede comerse un amague, el volante de corte no puede equivocarse en la salida, el 10 debe dar pases con precisión y el delantero necesita achuntarle al arco, aunque (en algo que debiese tener triple premio) le apunté al palo. Pero el árbitro no puede juzgar mal, no puede. Si un jugador se equivoca puede reivindicarse a la fecha siguiente. El juez no. El error será un agujero muy difícil de tapar, un karma eterno que vendrá desde la galería.

    El público siempre piensa mal cuando el “drástico” mete de la pata. La sospecha de corrupción en los cobros del árbitro viene debajo del traje y parece estar incluido en el diploma que otorga el Instituto Nacional del Fútbol (INAF). De buenas a primeras, es difícil que el hincha, los jugadores, técnicos y dirigentes crean que al juez simplemente le falta capacidad.

    Un problema actual que tiene el público a la hora de evaluar a los jueces es la ignorancia del contexto histórico. La mayor cantidad de cámaras en  cancha hace que los errores se hagan más visibles y sean amplificados por la opinión pública. Ayer, los mismos errores o “miopía voluntaria” de los “pitos” pasaban de largo.

    Recién estuve mirando de nuevo la semifinal de vuelta de Colo-Colo y Boca Juniors en la Libertadores de 1991. Uno se sorprende, con la perspectiva del tiempo, por la cantidad de errores, desaplicaciones y “vistas gordas” del juez brasileño Renato Marsiglia ante las patadas y anormalidad de aquel encuentro. El referí ni siquiera se detuvo en que el volante argentino Carlos Daniel Tapia, al jugar el tiro libre que término con el descuento de Boca, tocó dos veces seguidas el balón.

    Pero tampoco hay que irse al extremo de pretender que el hincha sea un espectador pasivo de los “condoros” arbitrales. Con inocencia, Enrique Osses pedía más objetividad al público a la hora del análisis del juego y del desempeño referil. Sí, claro. Pidamos que tomen apuntes también. Escribía  asertivamente Luis Urrutia: “(El fútbol) como tal tiene mucho de juego y por eso se llenan los estadios; los aficionados concurren por sus sensaciones, no para analizar una partida de ajedrez ni intelectualizar lo que sucede en la cancha”.

    A la hora de culpar, la memoria es injustamente selectiva. En una entrevista para El Semanal de La Tercera Enrique Osses defendía su desempeño: “Todos hablan de que Universidad de Chile salió tricampeón conmigo dirigiendo, pero se olvidan que Colo-Colo salió tricampeón conmigo arbitrando en tres finales”.Es verdad, pocos se acuerdan de los aciertos y momentos de gloria, como cuando una jugada termina en gol, tras una ley de ventaja bien aplicada. Al inglés Mike Reed se le salió el festejo y tuvo que explicar con tesón al equipo vencido la razón del gesto de celebración: Aplicó bien el reglamento.

    A un juez de línea bien le valdría el premio al empleado del año. Se enfrentaban la Selección Chilena Sub 23 y Audax Italiano en Juan Pinto Durán. Al árbitro asistente le falló la nana y, a riesgo de faltar al compromiso y perder las “lucas”, decidió llevar a su guagua al partido mismo. Los gritos angustiosos del bebé durante el encuentro en ningún caso llevaron a su suspensión ni tampoco se tradujo en el nerviosismo del “Padre del Año”.

    De la misma forma, el gremio arbitral debe hacerse cargo de los errores que no son propios. En julio, Claudio Puga y sus asistentes debían arbitrar el encuentro entre O´Higgins y San Luis de Quillota por la Copa Chile. Llegaron temprano al estadio El Teniente de Rancagua, pero se encontraron con un ambiente poco futbolizado en el recinto. Resulta que los equipos esperaban en el Estadio La Pintana de Santiago, pues allí la ANFP había programado el encuentro y nadie se dio el trabajo de avisar a los jueces. El partido se retrasó unas cuantas horas una vez que aparecieron los perdidos árbitros por el estadio. No obstante, éste bochorno habla más de lo poco serio que ha resultado la Copa Chile.

    Y si nos vamos en un análisis podemos decir que la acción arbitral depende del criterio subjetivo/intersubjetivo sobre el algo objetivo, en suma, seleccionar una decisión por sobre otra (por ejemplo, cobrar o no cobrar). Así, hacer algo y no lo contrario, para nada es algo inocente y espontáneo, depende finalmente de las creencias y valores de la persona, y por lo mismo, es que nadie nunca es neutral, todos se casan con algo. Entre todos los que están en el pasto el árbitro es un verdadero prisionero de esta condición no-neutralidad, tanto para hacer un cobro como para ocultar el amor por un club: “Pienso que todos los que están ligados al fútbol, incluso los árbitros, en un momento les gustó un equipo (…) al final, terminaban perjudicando al equipo que les gustaba para demostrar imparcialidad”, decía el desaparecido juez Mario Gasc, hincha del Morning.

    Los árbitros son como los sacerdotes -por algo ambos coincidían en vestir de negro-. Mientras el cura habla de sexualidad pretendiéndose a sí mismo una naturaleza asexuada, los árbitros están en el juego, pero sin ser parte de él. Corren por la cancha, pero sin disfrutan del objeto de la cuestión.

    Volviendo al error, hace unos días, tras dos tarjetas amarillas por faltas inexistentes sobre jugadores de O´Higgins, el lateral de Unión Española Nicolás Berardo empujó con algo de violencia al árbitro Carlos Rumiano. Al hispano le dieron cuatro fechas de sanción, en tanto, Rumiano pasará los próximos dos partidos almorzando con la familia por sus equivocaciones. Allí se enterará de un programa dominguero llamado “Recomiendo Chile”… Cabe recordar que Rumiano ya había sido suspendido por ocho meses en el 2012 a causa de su participación en el “Club de Póquer” del que hablaremos más adelante.

    Este tipo de incorrecciones se pagan muy caro, tal como ocurrió con un juez chileno, ex bailarín de despedidas de solteras, que resultó suspendido largamente por su desastroso desempeño en un partido internacional.

    Un caso más leve ocurrió en el Municipal de Concepción. El juez asistente del encuentro había carreteado con ardor el día anterior (lo sé porque estuve con él), por lo que la luminosidad de la tarde penquista poco ayudaba a la concentración. En medio del “match”, hubo una falta normal del delantero en el área adversaria, la que fue cobrada rápidamente por el árbitro central. Tras la sanción, y con el arquero aprestándose a reponer el juego, el delantero infractor lanzó la pelota al fondo del arco. El desconcentrado y carreteado juez de línea corrió hacia el centro de la cancha marcando el supuesto gol, ante la risa del público. Por arbitrar con caña, mala nota tuvo ese día… Por suerte, pasó colado.

    En 1953, relataba Julio Martínez, Chile perdía 3-2 ante Brasil. El tanto del triunfo carioca fue anotado en evidente fuera de juego. Al finalizar el partido, los chilenos fueron pedir explicaciones al árbitro británico Madison. A modo de consuelo, respondió: “¡Lo siento!… Creo que me equivoque… Los felicito por su espíritu deportivo”.

    Ahora bien, las sospechas del hincha sobre los jueces no son tan antojadizas, al menos en la calidad de los procesos referiles. A fines del 2012, tres árbitros asistentes – Sergio Erices, Juan Donaire y Cristián Ramírez, recientemente cesados de sus funciones por la ANFP-  denunciaban el cuestionable manejo de Gastón Castro y Mario Sánchez en la Comisión Arbitral. Con revuelo mediático, expusieron la existencia de un denominado “Club de Póquer”. El grupo de comensales estaba conformado por el mencionado Sánchez y los vigentes Cristián Basso, Carlos Rumiano, Roberto Tobar y Marcelo Barraza. Uno de los acusadores, Sergio Erices, describía: “La gente iba a jugar póquer al departamento de Mario Sánchez y ahí se resolvían las designaciones y se veía quiénes iban a qué partidos… De este grupo la mayoría está en Primera División”.

    Cristián Basso, uno de los participantes de las juergas lúdicas, aseguró que en cada reunión del “club” había que poner diez mil pesos: “Al final, todo el dinero quedaba en manos del señor Sánchez. Y cuando éste se emborrachaba, empezaban las designaciones: ‘Tú vas a Arica, tú vas a Iquique’, etcétera”, confesaba Basso.

    Pero las revelaciones del cesado Sergio Erices fueron mucho más allá que las reuniones: “Mario Sánchez me pedía que le llevara Viagra a su departamento”. Tanto fue el atosigamiento de Sánchez por conseguirse la “pastilla del amor” que Erices optó por acusar al ex juez mundialista por acoso laboral.

    Otro denunciante, Cristián Ramírez también recibió presión por parte de Mario Sánchez: “Nos obligó a comprarle unos seguros automotrices. Incluso tuve que ir al departamento. El Banco debe tener los respaldos”. Pero Sánchez no era el único patudo con Ramírez. Gastón Castro le pidió a éste que “le entregara fuentes de información respecto de quiénes estaban comentando situaciones del arbitraje a través de internet”. Castro se aprovechabade Ramírez quien trabajaba en la PDI…

    Ante esto cuestionamientos, Mario Sánchez afirmaba escuetamente que “desde hace 30 años que estoy en esto y esos rumores se han escuchado siempre. Pero nunca ha habido nada fundado”. En otro momento, agregó que “estas acusaciones solo obedecen y son consecuencia de los despidos de los señores que fueron exonerados”.

    Por su parte, Castro preferiría hacerse el perdido: “Yo no sabía de esas reuniones (…) desconocía ese tipo de actividades”. Complementaba que “no es menester mío dar respuesta a temas en las que no tengo fundamento, porque los desconocía. Si nos basamos en rumores, es que el rumor siempre va a ser más fuerte. Cuando existe una acusación, que se haga con formalidad, de acuerdo a la ley, se presenten pruebas para proceder como corresponda”. Pero la declaración más caradura fue la que expuso al dejar su lugar en la Comisión de Árbitros. Refiriéndose a los denunciantes, se quejó: “Es gente que cuando trabajaba tiraba basura debajo de una alfombra, y luego de que son despedidos, bajo el Código del Trabajo, destapan la alfombra y esparcen la basura”. Error no forzado: Los hechos ocurrieron y, sabiendo o no, no hizo nada.

    Castro tenía salidas poco atinadas, como cuando intentó defender a Adolfo Reginato -en su momento Presidente del Comité de Árbitros- por las constantes sospechas de arreglo de partidos para ganarse la Polla Gol: “Adolfo Reginato hacía sociedades grandes para jugar a la Polla Gol, y lo más probable es que se la haya ganado muchas veces. Pero afirmar que involucró a árbitros en eso es una canallada”, declaraba insólitamente en 1986 el bigotudo árbitro.

    Tras el escándalo Sánchez fue sacado por la ANFP. En tanto, Gastón Castro tuvo que salir obligadamente de la comisión arbitral para dedicarse a sus laborales en el INAF.

    Volviendo a la cancha, por los errores y las sospechas, los jueces más reciben que dan.

    En 1982, Manuel Zúñiga recibió patada y “cornete” de parte de Freddy Bahamondes (castigo por quince fechas). Un año después, Miguel Ángel Gamboa intentó estrangular a Hernán Silva, agitando cuerpo y peluquín que dicen que usaba. Increíblemente, Raúl Rettig, presidente del Tribunal de Penalidades -además, furibundo hincha de la ‘U’, el equipo de Gamboa-, consideraba que “no hubo agresión (…) fue un intento de agresión o bien una agresión frustrada”. Así, no más, con la “agresión frustrada” con marcas en el cuello…

    En el 2010, Marcelo Miranda fue “acariciado” por el talquino José Pedroso, aunque esta vez, el ahorcamiento vino por detrás. Igual de maletero resultó el puñetazo que absorbió René de la Rosa desde Héctor Toledo. De la Rosa quedó nocaut en el pasto del Estadio Carlos Dittborn y veinte partidos cayeron sobre un jugador que nunca fue violento. En el 2005, el torso de Enrique Osses sufrió el empujón de puños del portero argentino Ignacio González, quien optó por volver a Argentina antes de cumplir el castigo. Iván Zamorano, quien, tras propinar un puntapié al árbitro Carlos Chandía, colgó los botines. Aún está pendiente el cumplimiento de la suspensión de Bam-Bam. Una vez que se reencarne puede ser…

    En tiempos antiguos, el juez Juan Carvajal se comió un mangazo en el estómago cortesía del mañoso Elvio Porcel de Peralta. El bonaerense fue castigado de por vida, aunque, tras ir a la justicia civil, la Asociación Central de Futbol debió indemnizarlo por coartar su fuente laboral.

    Luis Mariano Peña, en sus años de actividad, acogió un puntapié en las canillas desde el desaparecido futbolista Fernando Cornejo. ¿Expulsado? Para nada. La agresión sucedió en el liceo en que Peña trabajaba.

    En suma, la coraza referil debería ser admirada, por aceptar estoicamente los apelativos de “gorreado, ctm”, “saquero”, “ladrón cul…”, “ahueonao malo”, “ciego”, “piti”, “comprado”, “coimeado”, el clásico “ándate pa’ la casa que te están cagando…” y el siútico “árbitro saquero, ladrón y cogotero”. El tipo del pito metálico debería ser premiado con un bono al psiquiatra.

    Sin embargo, el vaso puede rebalsarse. Algo así ocurrió en el Municipal de San Felipe en 1968. El encuentro era dirigido por Mario Gasc y se enfrentaban el local y Huachipato. El segundo gol de los acereros fue muy objetado por la defensa aconcagüina al estimar un fuera de juego. La “calentura” motivó que los de San Felipe rodearan al juez de línea, y que este, por nerviosismo, respondiera con un “banderolazo”en un defensa local. Apareció, para defender a su colega el otro juez de línea quien también le dio lo suyo a otro sanfelipeño. Ante esto, Mario Gasc, con una inflexibilidad a toda prueba, no dudo en expulsar a… ¡sus árbitros asistentes!

    En el barrio, cuando los “profes” presienten que la mano viene pesada, simplemente se quedan en la casa. Termina arbitrando el sacrificado hombre llamado “turno”. Quien ha jugado en campeonatos amateur sabe de quién estamos hablando… y realmente, ser “turno” sí que es una penuria, y si es un partido bravo, que dios se apiade de esa desgraciada alma.

    En una ocasión, un anciano árbitro se desempeñaba terriblemente en la cancha de tierra. Con los jugadores de ambos equipos molestos por el espantoso cometido, el árbitro no hallo nada mejor que, en medio de una jugada, contestar su celular: “Alo, mijita. No es que estoy arbitrando ahora. Ah, no, después mejor…”. Los cabros no daban crédito a la “pichanguera” acción del justiciero.

    En otra oportunidad, el árbitro suspendía el partido por “falta de garantías” tras recibir un empujón de un sulfurado futbolista. Si bien la agresión era cierta, no era como para detener el juego, empero el hombre seguía tozudo. Un entusiasmado jugador se le acercó para pedir que siga. El juez, ofuscado, respondió: “¡Y voh ahora vai a ver el partido del Colo por mí!”.

    Así son las cosas por estos señores. Rumiano, dormirá la siesta dominguera. Y si usted quiere un arbitraje sin error, asóciese a la NASA y salga a buscar vida allá afuera, porque aquí de eso nunca habrá. Injusta justicia.