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    04.11.2014

    Días de fútbol

    bielsa
    (Por Cristian Venegas)

    Seis  perdedores con aspiraciones trancadas, trabajos deprimentes y relaciones de pareja sin amor ni placer. Un actor mediocre de promociones “Llame ya”, un oficinista pusilánime, un policía irrespetado por colegas e hijos, un delincuente, un conductor de bus escolar que odia a los niños y un treintañero cuyo máxima ocupación es masturbarse con las chicas del “call center”. Un carnaval de vidas penosas que componen este grupo de amigos.

    Haciendo uso de su sentido de supervivencia, algo los mantiene vivos. Tienen en el fútbol un refugio para esconder sus oscuras existencias, mirando de lejos, pues ya no juegan. Conscientes de dar vuelta las cosas, se convencen y entran a un campeonato de “Fútbol 7″, intentando rememorar el único triunfo que han tenido, un escuálido torneo de barrio que ganaron en sus tiempos de juventud antes de transformarse en una banda de abúlicos y fracasados.

    Las cosas, para variar, no son fáciles. La grasa y la vejez han hecho su trabajo en ellos y la moral es goleada semana tras semana. Un hazmerreir, son un desastre; un bochorno tras otro. Pareciese ser que la vida no tiene vuelta, pero al más desinhibido se le ocurre montar una triquiñuela: meter de árbitro a un primo. ¡Qué más da! El mundo les ha robado, los oprime, les hace daño, les dio la espada, así que han decidido cogérselo. Con trampa y todo logran hacerse de la victoria, ¡por fin una alegría en sus putas vidas! Ganan con engaño, pero ganan. Lo que no es bueno, pero de repente es asfixiante ser tan bueno. El nombre escogido para el equipo de gandules: Brasil. Otro intento ambicioso para subirse el amor propio.

    Lo que acabo de reseñar es la trama de la película “Días de fútbol”. Cinta española que hace más de una década, ganó un par de premio gracias a su notable humor negro.

    Como los protagonistas de esta cinta, las personas de calle, los hinchas, los jugadores, los clubes, vivimos siendo unos perdedores. En una burbuja de sueños rotos, y un par de revanchas, almorzamos, tomamos once y desayuno diariamente. Es un comentario mediocre y qué.

    Quien diga que es un ganador, que se haga ver. Nadie puede ganar siempre, y si lo hace es porque se pasó por el aro varios valores y leyes, como victimas (¿?) de ese enfermizo mapa del éxito. Lo patético de las reuniones de ex compañeros de colegio, en que cada cual intenta demostrar a los otros que es a quien mejor le ha ido en la vida. Todos en la misma. También esa pelotudez tuitera de ciertos líderes de opinión que ante la crítica sacan sus títulos, grados académicos y trayectoria laboral, como quien exhibe el glande más prominente en el baño. La amnesia del cura que se olvida “que un día fue sacristán”, como dice la cumbia que canta Armando Hernández.

    Ganar, perder; dos opciones en que la última es la más recurrente. Lo dijo, el siempre incomprendido por el bielsismo Marcelo Bielsa: “Nosotros deberíamos aclararse a la mayoría que el éxito es una excepción. Los seres humanos de vez en cuando triunfan. Pero habitualmente desarrollan, combaten, se esfuerzan, y ganan de vez en cuando. Muy de vez en cuando”.

    Lejos de la soberbia, aceptando la derrota eterna, algunos buscamos la alegría de la ganancia en distintos niveles y espacios. Decidimos seguir una camiseta para apropiarnos de sus triunfos, pues ningún equipo es tan malo que no haya ganado alguna vez. Vamos a la segura siempre.

    A cuatro fechas del final del campeonato, Colo-Colo, Santiago Wanderers y Universidad de Chile luchan palmo a palmo por ganarlo. Hasta el momento, por una nariz, la camiseta azul tiene la primera opción, pero el que pestañea pierde… Eso mismo, pierde. Solo uno levantará la copa, y como casi siempre, todos los demás vivirán la experiencia de ver “a la dama pretendida ser besada por otro”. Como casi siempre…

    Nadie se libra. Colo-Colo, el equipo más ganador en la historia del fútbol chileno, ha pasado la mayoría del tiempo mordiendo el polvo, y si esto se repite este semestre, vendrán el recuerdo de Arellano, del Colo-Colo ’73, de la Libertadores del ’91, del tetracampeonato con Borghi, etc. Si la suerte es penosa para la Universidad de Chile, se rememorarán los tiempos de Sampaoli, del Ballet Azul, y el bicampeonato. En tanto, los porteños se alimentarán de los recuerdos de Los Panzers y el exitoso tránsito de la B a la obtención campeonato nacional del 2001 de la mano del Peineta Garcés. Como los tipos de la película, la conformidad y la esperanza llega con las medallas en el pecho, y los ahorros en el banco.

    Mientras escribo esto, van sesenta minutos del Clásico Universitario. 2-0 gana la ‘U’. En la otra cara de la moneda, la Universidad Católica vive momentos de terror. Nuevamente, le ha tocado bailar con la bigotuda. Me imagino al hincha cruzado soñando con los tiempos de bonanza. Pidiendo que Mark González sea lo que algún día fue, que Tomas Costa haga lo suyo en la mitad de cancha, que Bottinelli demuestre su amor y talento por la franja en cancha, que Ribery Muñoz cachañeé pero para adelante. Para todos, el pasado es la brújula de lo que viene… y la única esperanza que queda para ganar.

    Ganar y perder, en el recuerdo y en el presente. Y hasta el empate se presta para aquello. En el fútbol profesional, la cosa es así nada más, por más que algunos no comulguemos con la idea de la competencia entre las personas. Al menos reconocemos que competir no está en nuestro cuerpo ni en nuestra biología ni en nuestro ADN; vive en el dominio y convivencia social, por tanto, la competencia es un invento humano. Sabias palabras de Humberto Maturana: “…los seres vivos no humanos, no compiten (…) Si dos animales se encuentran frente a un alimento y uno lo come y el otro no, eso no es competencia. No lo es porque lo central para el que come no es que el otro no coma. En cambio, en el ámbito humano, la competencia se constituye culturalmente cuando el que el otro no obtenga lo que uno obtiene se hace fundamental como de modo de relación (…) la competencia se gana cuando el otro fracasa frente a uno”. El fútbol es eso, el darwinismo social, eso de que gana el más fuerte, es eso, “social”.

    Raya para la suma. Somos perdedores casi siempre. Vivimos rememorando los momentos de gloria en tiempos de vacas flacas, pues ayuda a subir la moral y el amor propio. En la búsqueda, nos hacemos hinchas, adoptamos una camiseta y preferimos transformar nuestros días en días de fútbol. Dentro o fuera del estadio (o con el CDF prendido o apagado), somos perdedores casi siempre, como los treintañeros de la película que recomiendo ver… Ganadores casi nunca, como los equipos que solemos amar…