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    05.01.2015

    Dos novias y un Vidal

    vidal

    “La boda del año” dicen los titulares del último sábado de diciembre que, salvo uno que otro incidente policial, tiene pocas noticias que mostrar. Pedro Carcuro da el pase al reportero ocasional que informa los por menores del bodorrio entre Arturo Vidal y la desconocida María Teresa Matus. Desconocida hasta por ahí, no más. Por la ley, lleva cinco años casada con el hombre de la Juventus. Tal ha sido el bajo perfil de Matus por este periodo que muchos pusieron en duda la información anterior. Ella es la novia de blanco.

    Antes de su llegada lenta, los flashes están atentos a los connotados invitados a la ceremonia. Periodistas, fotógrafos y guardias privados expectantes a la llegada de ilustres convidados del mundo político, como es el caso del vocero de Gobierno Álvaro Elizalde y el Ministro del Interior Rodrigo Peñailillo. Aunque se dice, se comenta que sí, que podría llegar, que es una posibilidad, que es cierto, que Michelle Bachelet estará en la ceremonia acompañando a la feliz pareja. Los clásicos mirones y curiosos se lo secretean, ¿será verdad?

    Sí, lo es. Los grandulones del grupo de avanzada de la seguridad presidencial se apostan frente a la Iglesia San Ignacio y se disponen para la cuidadosa llegada de la Presidenta. Arturo espera en la puerta junto a su madre y su pequeño hijo. Al verla aparecer Vidal se acerca, la saluda, y vamos a lo que vinimos (estoy especulando): flash, foto, sonrisas. Ella es Michelle, ataviada de vestimenta en tono oscuro. Es la novia de negro.

    Así pues, la última columna del año cierra en forma perfecta el ciclo iniciado en este blog hace doce meses atrás: la redonda pasión en el Patio de los Naranjos, es decir, la divina relación entre el poder político y el deporte. ¿Bachelet y su Gobierno usando la imagen de un futbolista popularísimo, o un acto genuino y espontáneo de la Presidenta? Pueden perfectamente ser los dos.

    Por mínimo de inteligencia en los quehaceres políticos, se sabe que ninguna, pero ninguna, ninguna, ninguna de las actividades oficiales o de connotación públicade la Presidenta de la República y de su Gabinete se realiza sin la evaluación de los réditos y pérdidas que de aquellas diligencias mediáticas pueden resultar. Es el trabajo de los asesores que aconsejan, pero que, como en toda película hollywoodense, finalmente, mandan. Bachelet fue por algo, no es misterio. Por cariño, y por circunstancia.

    Pero qué tanto, no se debería caer en la hipocresía de uno u otro lado al demonizar el uso de una imagen y rostro popular para el beneficio de figuras políticas. A Vidal le dio lo mismo, y quizás ni lo pensó. Uno tampoco lo haría, o quizás sí, y ahí se vería a la “hora de los quiubos” cómo se procede. Porque no cualquiera puede decir que uno de los treinta y seis presidentes que ha tenido esta nación estuvo haciendo una “salucita” en la boda propia.

    ¿Es malo sacar ventaja política de todo esto? Habrá que ponerse a pensar si es apropiado también que una marca comercial se asocie con un personaje o “rostro” determinado. Al menos no es injusto. En tal acción estratégica aspira un ánimo de intercambio; hay un trueque entre el dinero y una imagen con credibilidad, esto significa que ambos ganan. Acá pasa lo mismo. Entre Bachelet y Vidal hay algo de eso, el beneficio es recíproco.

    Para Arturo Erasmo Vidal, no es para menos. ‘Celia’ jamás pensó al besar a su primera polola que la mismísima Presidenta estaría en su matrimonio, o quizás sí. De la expectativa del oriundo de San Joaquín cualquier cosa se puede esperar. Por lo pronto, aunque no sabemos si los mandatarios fueron invitados, ni Salas, Ríos o Zamorano, los más importantes deportistas de las últimas décadas, tuvieron el mismo honor. Hoy Vidal es un héroe. Se trajo el glamour de La Moneda a su territorio, o más bien, a nuestro territorio, el de la calle. Por más que su matrimonio haya incluido fuegos artificiales (a lo ‘Chino’ Ríos y Giuliana Sotela), gran parte de los asistentes comparte una cuna común a la de la mayoría de los chilenos, la misma que hoy come a base de dinero prestado por la banca y que se ha comprometido a pagar por el sueldo que viene, si es que viene.

    Bachelet y Vidal, truque, nada más. Mayor simpatía en la ciudadanía; el poder político en tu casorio, qué mejor. Y en el mismo tridente, una mujer ajena a este negocio, como ha sido su actitud mediática casi siempre.

    Bien vale hacer una breve aclaración. Este escrito ha sido construido, principalmente, a base de suposiciones, de tal modo que todo el caso puede ser más simple de lo que cualquier mente retorcida y mal pensada puede crear, como ha sido en este caso. Sin embargo, hay dos cosas que serán innegables y que quedarán para la posteridad.

    La primera tiene que ver con que la novia de blanco, la real, la que debería ser la luz y la estrella en la noche más importante de su vida pasó a segundo plano, ¿Cómoda? ¿Incómoda? Imposible saber. Bachelet, a través de su carisma innegable y su investidura eclipsó mediáticamente a la mujer de Arturo Vidal. Por el bien de la luna de miel, ojalá esto no haya sido una molestia para la protagonista medular del cuento.

    La segunda se relaciona con un personaje de brazos pequeños, que maneja mucho del poder económico y político del país, que tiene un hambre feroz de aceptación social, similar a la de un niño en Somalia, y que está muy lejos de alcanzar tal grado de simpatía con un futbolista de la talla de Arturo Vidal. Muy, pero muy lejos. Es de imaginarlo, el ají entre sus nalgas le impedirá sentarse de aquí hasta la Pascua de los Negros. Justo en su semana de presentación furiosa y casi oficial como candidato para las elecciones del 2018. Debe haber roto el televisor al observar el espectáculo en esa fome noche de sábado, cuando de la mano de Vidal brillaron dos novias.

    Buena suerte, Arturo, buena suerte, María Teresa.

    Buen provecho, Michelle.