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    09.02.2015

    Calameñas

    calamaç
    (Por Cristian Venegas)

    Almorzamos en el Bavaria ubicado a un costado de la plaza de Calama. Al entrar observamos en una de las mesas a un trío de hombres-cuervos, quienes por su corte pelo y semblante parecían carabineros en su día de franco.

    Pero no, eran ni más ni menos que Rafael Troncoso y sus secuaces justicieros. Las camisetas negras con el logro Puma les delataban. Los jueces se veían un poco “quemados” e incomodos comiendo, mientras eran acompañados por un par de comensales de civil. Para los famosos a medias no es fácil ser reconocido por el público. Si un “loro” en la nariz molesta, harán caso omiso, aunque pocos sepan quienes son. En realidad, ni siquiera sé cuáles son los nombres de los árbitros asistentes. Como esas figuras de la televisión chilena por cable, estaban en el limbo de la fama y el anonimato. Y así como comieron, volando se fueron… El deber los llama. Debían acudir al pequeño estadio en donde hace de local el cuadro loíno. El equipo del ‘Fantasma’, para espantar al ídem del descenso, debía derrotar a otro atribulado O’Higgins, otro anémico de puntos. El asunto es urgente, pues Cobreloa está en una posición inédita. Junto con Colo-Colo, nunca ha bajado al potrero.

    Son las dos de la tarde y uno se cansa de ver pasar a tanto calameño sometidos a su querida camiseta naranja. Somos testigos de esto por la ventana del restaurant en donde engullíamos una chuleta de porcino más un pollo a la parrilla. “Pochos”, luego de un rico helado de castaña como postre, era preciso salir a hacer la digestión. Cerca de la plaza, nos encontramos con la sede de Cobreloa. Un local naranja (obvio) con una tienda de ‘merchandising’ y un amplio pasillo hacia un par de oficinas administrativas. Dicho pasadizo se encuentra adornado con fotos históricas de algunos planteles, y lo que muy pocos pueden mostrar: los ochos trofeos de primera división logrados en 38 años de existencia.

    La pregunta viene de cajón: ¿Qué magnífica se vería una de las Copas Libertadores que disputaron como finalistas consecutivos en el ’81 y el ’82? Tal vez, si la Conmebol hubiera permitido jugar a Cobreloa en Calama, otro gallo cantaba, seguro. Un equipo mítico eclipsado por la campaña de más a menos de la selección de Santibáñez; aquella que quedo presa de la soberbia del triunfo, esa que desistió de la inclusión de Víctor Merello, uno de los mejores por aquellos días.

    Pero Cobreloa no era el único motivo por lo que Calama estaba en boca de los chilenos por aquellos días. En marzo del ’81, dos agentes de la CNI loína sustrajeron, con la complicidad inocente de dos funcionarios del Banco del Estado de Chuquicamata, más de un millón de dólares. Esa misma noche, para eliminar huellas y culpar a los empleados bancarios de arrancarse al extranjero con el dinero, decidieron asesinarlos en pleno desierto, dinamitando sus cuerpos. Los restos quedaron repartidos cincuenta metros a la redonda, desmembrados en cientos de breves trozos.

    Meses más tarde, mientras Chile alcanzaba la clasificación al Mundial de España, las secciones policiales de la prensa informaban el hallazgo de las humanidades despedazadas que, con un morbo que hoy impacta, los diarios se preocuparon de mostrar en sendas fotografías en sus portadas. Simultáneamente, eran detenidos los asesinos y alevosos agentes de la CNI, quienes, más tarde, terminarían sus vidas en el pelotón de fusilamiento. En el lugar del asesinato, a 25 kilómetros al oriente de Calama, hoy se levanta una cruz denominada espontáneamente como el “Paredón del Desierto”. Pero lo insólito es que desde hace casi una década, el calameño transformó el lugar en un improvisado cementerio de mascotas. Habrán cientos o miles de “bobies” y “furilais” acompañando la memoria de los dos empleados bancarios. Esto, obviamente, no cae bien en la familia de los homenajeados. Junto a la cruz se lee un cartel: “Respete este lugar. Aquí hubo una masacre. No transforme este lugar en un cementerio de caninos. Respete. La Familia”.

    Pero volvamos a lo futbolístico. Cobreloa tuvo una década dorada en aquellos años ochenta, alcanzando a capitalizar algo más en la década siguiente. Estuvo más de veinte años sin perder ante Colo-Colo en la altura desértica. Ni el equipo de Caszely y Vasconcellos, ni el Campeón de América ni tampoco el poderoso plantel de Benítez, lograron romper la maldición.

    Cobreloa nació grande, aunque duela. Los recursos entregados por el Estado a través de Codelco, mucho tuvo que ver con esa grandeza. Este aporte público al club no puede pensarse del todo injusto. Antes de Cobreloa, Calama y Chuquicamata, casi no existían para Chile y eran prácticamente un par de campamentos perdidos en el polvo nortino. Los recursos fiscales al equipo naranja más pueden relacionarse con los subsidios que entrega a los habitantes de las zonas extremas de Chile. Hoy Calama es Cobreloa, y Cobreloa es Calama. Sólo aquí la ‘U’ y Colo-Colo juegan de visita.

    A unas cuadras del centro de emplaza el remodelado e histórico estadio municipal. Recién remodelado, desde muy lejos se puede observar su estructura. Su exterior sigue la inentendible tendencia arquitectónica de dejar con color cobre… Si, como el GAM acá en Santiago. No lo niego, el estadio por fuera parece una fábrica abandonada y oxidada. Aunque dentro es otra cosa, quedó de primera.

    Intento identificar en su alrededor, las calles y peladeros polvorientos mostrados en la película Historias de Fútbol (en el segundo capítulo). No los pillo. Calama, después de 20 años es otro. El pavimento y los barrios nuevos son ley, y la población estable es superior. La llegada de los ex habitantes de Chuquicamata y de los sureños a trabajar a la mina, convidó algo de desarrollo a los loínos. De polvo poco queda en la ciudad misma.
    A un no-futbolero los detalles descritos en esta nota pasarán de largo, pero no para nosotros que vemos una línea de la realidad sensible a los gustos y disgustos de la pelota en el lugar que sea.

    … también vemos esas famosas y ardorosas schoperías de Calama. Muchos entran, pero yo no. En serio, yo no. No insistan, yo no. Viajo con mi esposa…