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    29.04.2015

    Los pobres también ríen

    cobresal
    (Por Cristian Venegas)

    Minutos antes de iniciarse el partido contra Barnechea que terminó dándole el título a Cobresal, la ADN Radio informaba, con tono misterioso e irónico, que, efectivamente, el trofeo del campeonato nacional estaba en El Salvador. Que había llevado inclusive esos papelitos pequeñitos tradicionalmente usados en la entrega de la copa. “Por si las moscas”, y por cumplir pensarían en la ANFP. Ni siquiera llevaron tarima o de esos lanza papelitos. Lo lamentarían todos, excepto los jugadores de Cobresal.

    En realidad, pocos (o nadie) esperaba que el cuadro capitaneado por Johan Fuentes abrazara por primera vez en casi cuatro décadas el honor de ser el mejor. Incluso en el minuto 95 del encuentro, a milésimas de segundos que el árbitro Carlos Ulloa pitara la gloria para El Salvador, se esperaba algún rayo de infortunio. Demasiado raro y bueno para ser verdad.

    Incluso hoy, exiguas personas han tomado razón del hecho. En tanto, a muchísimos les cuesta aún creerlo. Si no fuera así, no estarían a cada rato buscándole explicaciones para tamaña sorpresa futbolística de Cobresal. “Que un buen técnico”, “que un plantel limitado, pero eficiente”, “que un campeonato irregular”, “que los grandes no estuvieran a la altura”, “que la mística por la tragedia del norte”… explicaciones estériles, porque lo único que va a quedar en la historia es la primera estrella de Cobresal, y más abajito el anecdotario. Cobresal, un equipo “pobre”, pero honrado.

    Sin embargo, los orígenes de Cobresal no son precisamente los más proletarios o producto de una inspiración popular. Fueron trabajadores técnicos y profesionales de la minería del diminuto campamento de El Salvador, quienes, al alero de Codelco (la empresa estatal que más ha aportado al fútbol chileno), insistieron en la conformación de un club que siguiera el buen ejemplo de Cobreloa. Eso cuenta la historia del germen cobresalino, sin embargo, esa fundación alejada del sindicalismo o de la clase trabajadora precaria, el equipo blanco-naranja ha terminado por representar no sólo al profesional, sino que también a la “mano de obra” más dura del yacimiento. Así como ocurre con Lota Schwager, los domingos de los (ex) mineros se transforman en días de fútbol y, por ende, se va construyendo un afecto inigualable. El roce hace el cariño, dicen, más aún en la soledad de El Salvador; ese testimonio en medio del árido desierto que cada tanto se pega un estornudo de aquellos.

    Lo ocurrido con Cobresal es una total sorpresa, quizás la más grande en el fútbol chileno. Hablamos de uno de los clubes más despotenciados en cuanto a refuerzos y expectativas. Es un equipo chico y pobre al lado de Cobreloa que se fundó prácticamente con los campeonatos nacionales y las finales de la Libertadores sobre sus hombros.

    Agréguele otro detalle. Cobresal tiene un número de hinchas reducido, lo que no tiene que ver ni con la pasión ni el fanatismo, sino que con lo económico. Esto es, menos consumidores, menos auspicio. Por ello, en los manejos del dinero hay que ser bastante eficiente, por más que se cuente con el aporte no menor de Codelco, que ya prometió eliminar tal aporte en el mediano plazo.

    En tanto, el título cobresalino se constituyó casi simultáneamente a la tragedia del aluvión que afectó a infinitas zonas rurales y perdidas en medio del tierral. Sí, lugares que aparecen solo en los folletos turísticos, con sus gentes estigmatizadas y sin posibilidades de decir que no. Familias que si no perdieron la vida, se les fue lo poco que tenían en ella.

    En un lugar común, el destino “caprichoso” dispuso una tragedia sin par en el norte desértico hace tan solo treinta días, y al mes el equipo blanco-naranja levantaba su primera copa de verdad, en un estadio que ni siquiera se llenó, pero que seguramente contó con gran parte de la población de El Salvador. No había más… Pero en esto no hay que buscarle un sentido sobrenatural, eso de que hay una fuerza invisible que todo lo dirige y escribe. Si el destino fuera en el fondo un plan de la deidad, habría dado el título de campeón a Huachipato, Deportes Concepción o Rangers en el 2010, o a Deportes Iquique el 2014. Son solo asuntos de azar y probabilidad. Y en ella, quienes sufren la pobreza o vulnerabilidad diaria tienen la posibilidad esquiva de sonreír un rato, alguna vez, en algún momento. Nadie pierde siempre, ni nadie nunca gana.

    Estamos tan acostumbrados a idealizar incluso a la denominada “pobreza”; que es un mar de sufrimiento y que todo siempre es negro. No es así. Ayer le tocó a Manolo que encontró trabajo, a la familia Gutiérrez que le salió el subsidio, a la población Estrella que le iluminaron la cancha, y el domingo a Cobresal (no tan pobre, pero al lado de otros, sí) que lucirá el escudo de Chile por un semestre.

    Yéndonos por un camino melodramático, podemos decir que Cobresal devolvió algo de esperanza a varios: que no todo es ruina para los ruinosos, y que los pobres también ríen.