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    12.06.2015

    Por el derecho a distraerse

    copa
    (Por Cristian Venegas)

    Me hablan de un hombre al que su total gusto por el fútbol, y por su querido Rosario Central, lo tenían idiotizado y totalmente ajeno del mundo y sus problemas… Que en sus viajes, a veces, perdía el tiempo jugando fútbol con el que anduviera por ahí. Ese hombre se llamaba Ernesto ‘Che’ Guevara…

    ¿Quién puede dudar que Guevara es uno de los hombres más comprometidos por la justicia social latinoamericana en toda su historia? Y ahí lo ven, un seguidor de la “saltarina”. El ‘Che’ adorna poleras, libros, paredes y parches en la mochila. Un “merchandising” que objetualiza al ídolo, a cargo de un plantel de “barbones progres” que ignoran una de las dimensiones humanas de este revolucionario muerto en la selva boliviana. La misma tierra de nacimiento de un referente actual de la justicia social, es decir, Evo Morales. El primer ejercicio en una dirigencia, lo hizo en el contexto de un pequeño club de fútbol. Lo ha dicho; no sería presidente, sino fuera por el fútbol. En tanto, el ex dueño de la banda presidencial uruguaya, Pepe Mujica, aún alucina con la ‘celeste’, tal como lo hizo su fallecido compatriota Eduardo Galeano.

    Dado estos datos, parecen equivocados los amigos que oponen fútbol y compromiso social. Que plantean que el camino para enrumbar al mundo se hace sólo mediante el severo intelectualismo y la depresiva reivindicación. ¿Por qué compromiso y fútbol no pueden ir de la mano? ¿Acaso solo vale la cuña, el discurseo improductivo y los ceños fruncidos? ¿No es valiosa la historia de Nueva Chicago, A.F. Vial, o Cerro Porteño, clubes que nacieron como expresión política de un sector postergado?

    O bien, al hacernos cargo de la crítica de la pelota como herramienta de distracción: ¿qué tiene de malo de escoger el camino del pasatiempo? Ahora resulta que hay que ser productivo y eficiente (24/7), incluso para cambiar el mundo. Mala cosa. Distraerse y disiparse en un derecho tan bendito como el derecho al ocio. El cine, la música, las artes escénicas, las reuniones amistosas, el café, etc., son espacios en que nos sustraemos de la monotemática denuncia y la excesiva fragmentación del mundo.

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    Pero, por algo pasa que el odio a la pelota abunda en el mundo intelectual…

    Y por algo pasa que los más vulnerados le encuentran mayor sentido al fútbol (y todo lo que le rodea), que a la política. Y no es porque sean idiotas, tiene que ver con cómo se entiende al mundo: desde el placer, el juego y la distracción del problema diario.

    Y, también, por algo pasa que, salvo excepciones, los futbolistas no se comprometen socialmente, ni tampoco se asumen políticamente. Creo que es porque asumen un divorcio entre su fútbol (la distracción) y el compromiso por la justicia. Una separación que nace de una exclusión social hacia quienes prefieren el juego, el placer y la alegría, desde el alto “Olimpo del intelectual progre”.

    El fútbol pone a todos los que circulamos en función a él, en un estado de alerta y emoción extrema. Ahora, si tu problema es que el fútbol nos transforma en animales y hace que perdamos los estribos, quiere decir que también un problema con las relaciones sexuales, en donde ocurre lo mismo, ¿no? Es mejor que ni pregunte por frigideces (masculinas y femeninas).

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    El fútbol es una danza. Las posiciones, los esquemas de juego; una coreografía. El juego mismo, una geometría en movimiento constante; ecuaciones sobre ecuaciones. Cada segundo ofrece una nueva oportunidad de volver a intentarlo. Cada gambeta y enganche, un quiebre a lo predecible. Las “paredes” y los pases, la expresión máxima de la empatía; no hay necesidad de lenguaje verbal para entenderse, solo el lenguaje del cuerpo. Y por supuesto, el público; el agente que interpreta y juzga el show.

    A esta altura, de verdad ya da pereza argumentar nuestra defensa por el derecho a distraernos, a través del fútbol.

    El fútbol dura 90 minutos. Quedan 22 horas y media para arreglar al mundo. Rabia tenemos por montón, y en directa proporción al sentimiento de injusticia. Y las cosas no se cambian sino desde la distracción, pues esta es el combustible que permite echar a andar la máquina. Así lo entendieron el Che, Evo, Mujica, el notable García Márquez… Pobres descomprometidos, idiotizados de la redonda pasión (¿?).

    Conociendo a los colegas profesores, por más movilizados que estén, suspenderán su militancia por un rato, y dedicaran su atención al ocio y a usar su derecho a la distracción, en este caso, la pelota.