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    20.04.2011

    Se nos casa Guillermo

    Seguro no es el mejor nombre para este blog, pero como lo que haré en las próximas semanas será compartir y desmenuzar cahuines clásicos del after hour- espacio que mejor prefiero definir como de comentarios y análisis de la contingencia social – opté por llamarlo así, bien venenoso, para que nadie después se sorprenda, me apunte con el dedo o me abra bien grande los ojos a modo de reprobación.

    Mi fuente inspiradora serán mis cada vez menos frecuentes salidas con mis amigotas, no por falta de ganas, sino por mi “estado interesante” que simplemente inhibe a cualquiera: nadie puede andar con la guata que tengo bailoteando en el Pagano o limitando los cada vez más limitados espacios para el after libres del humo del tabaco. Para que nadie se asuste ni se haga falsas expectativas, no hablaré más que de banalidades y las historias develadas tendrán la suficiente dosis de ficción para que nadie se sienta traicionada (o) ni expuesta (o) al juicio público.

    ¿Y de qué diablos hablo ahora? Bueno, de lo que todo el mundo está hablando: de la bendita boda real. Demás está decir que no soy ninguno de los dos chilenos que sacaron boleto para Londres, o sea, no soy ni la profe de la Adolfo Ibáñez amigui del Príncipe Carlos ni tampoco el jugador de Polo con apellido de etarra que también fue incluido en la cotizada lista de invitados oficiales. Tampoco soy rostro de TV ni trabajo en el tremendo consorcio periodístico como para siquiera haber soñado con haber sido designada corresponsal en Londres con viático incluido. O sea, seré, como el resto de los mortales chilenos, una de las tantas que el próximo viernes 29 tendrá que conformarse con seguir por TV los pormenores del casorio de Williams y Kate.

    El tema en cuestión es ¿qué diablos nos importa la boda real? ¿existirá un antes y un después de que Willi y Kate den el sí? Porque, no logro explicarme de otro modo tanta cobertura mediática. Los canales casi se sacaron los ojos por los derechos de transmisión del enlace, los más grandes ya están promocionando sus programas especiales con emisiones que prometen partir a las 6 de la mañana ¿no será mucho? Se lo planteo a mis amigotas y sin siquiera pasar el bocado, una de ellas me responde como si ya lo hubiera analizado largamente.

    “Pero obvio que todo el mundo quiere estar allá, sentirse parte de la realeza aunque sea a través de la tele. Acaso nunca soñaste con la clásica historia del príncipe azul, en qué mundo vives? No por nada todos están hablando del casorio”. Me quedo pensando y saco mi as intelectualoide como para descolocarla: “Pero no será que quieren distraer nuestra atención de los temas realmente importantes”. Silencio y cara de asco de mis contertulias. El garzón me salva y pregunta si vamos a querer cambiarnos a la terraza. Estamos ya tan instaladas que sólo pensar en movernos nos saca bostezos.

    “Ay mujer, tú y tu teoría de la conspiración permanente, tan grave!!!! Si estamos hablando del hijo mayor de Carlos y la Lady Di, de la realeza más mediática de todos los tiempos. Si en los ’80 nuestras tías se impactaron con la larga cola del traje de novia de Diana, quizás con qué cosa nos van a sorprender ahora, eso no me lo pierdo”, acota la única que logra salir del estado de schock que provocaron mis reflexiones.

    En fin, tan amigas como siempre, porque si algo ha caracterizado nuestros largos años de amistad, es que pensamos tan distinto la una de la otra, que el disenso no nos perturba. En una de esas, capaz que el 29 ponga el reloj temprano para ver cómo diablos se ve la novia.