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    04.05.2011

    Mis horas favoritas del día

    Si hay una comida del día que me encanta es la once. Es que es tan rica: pancito, alguna cosa dulcecita, un buen tecito…riiiiico. Aunque por estos días habíamos intentado con mi media naranja, suplir la once por comida más sana…pero nos duró poco el impulso. Otra hora que me encanta es cuando despierto con mi hijo colado en mi cama. El hace rato que duerme solo, pero siempre se pasa a la cama de sus papis en la mañana. Me encanta contemplarlo dormir, es lejos lo mejor, esa carita de tanta placidez, todo cobra sentido, todo vale la pena…y cuando se despierta de buenas…aún mejor…regaloneo a full antes de ir a la ducha. Una delicia.

    Pero como este blog es por esencia banal, reconozco también que una de las horas del día que más me gusta es la del almuerzo. Lejos lo más parecido al panel de Tolerancia Cero, pero de temas locales, super locales, mejor dicho, temas internos. No hay quién se salve de nuestros crudos análisis. Desde cómo ha engordado tal o cual señorita o cómo fue que ese gordito con cara de simpático logró conquistar a la nueva de comercial. Somos feroces, pero partimos de la base con mis comensales que nosotros mismos debemos ser objeto de tan o más crueles juicios. De seguro debe pasar lo mismo en todas las pegas, en especial aquellas que cuentan con casino o comedores (hago la salvedad porque un amigo español juraba y requetejuraba que yo era una ludópata porque todos los días me iba al casino).

    Es que los cahuines en la pega son un clásico, lo mismo que los enredos amorosos. Es que la convivencia del día a día, con jornadas de a lo menos 8 horas, inevitablemente hacen que surjan historias: amistades, noviazgos, casorios, rupturas, pelambres, enemistades, y un largo etc. La hora del almuerzo es la hora del cahuineo. Que alguien levante la mano y diga lo contrario.

    No es muy distinto el panorama cuando excepcionalmente almuerzo con mis amigotas. Ahí junto con ponernos al día, surge una especie de tabla del día – igual que en las reuniones – en la que todas sin excepción tenemos algo que aportar. “Bueno, y supieron que Mengano se casó finalmente…él po’ el que nunca se iba a casar y saben con qué excusa salió: con la clásica, que lo hizo por ella, que como para ella el ‘sagrado vínculo’ era importante, él no era quién para no concederle la boda soñada…p-a-t-é-t-i-c-o”.

    Obviamente todas sabemos alguna arista de la historia. “Y vieron el traje de novia…fatal…es que así yo no me caso…por último arriendo un vestido, pero ponerme esa cosa como de raso blanco brilloso…último”.

    En fin, la hora del almuerzo es un oasis en el desierto, un pequeño recreo, un alto en la ardua jornada, un tiempo necesario para hablar de otras cosas, de desconectarse un rato para seguir con el resto de la dura jornada laboral.