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    01.10.2012

    Quién piensa en los niños

    Nunca me han gustado los circos, los circos tradicionales, esos con payasos que se burlan de cualquier cosa y que se golpean como si fuera divertido. Esos con animales que parecieran hacer “gracias” las que en realidad han significado castigos que finalmente han terminado condicionando supuestas acrobacias de leones, monos, elefantes o perros. No me gustan los circos además porque su humor suele basarse en la burla, en las limitaciones de las personas, en los defectos: el payaso “enano”, la mujer “barbuda”, etc. Para más de alguno seré una tonta grave, puede ser, pero lo cierto es que como mamá no me gusta enseñarles a mis hijos que es saludable y normal burlarse de la gente o creer que un elefante levanta sus patas porque es un “artista” cuando en realidad esa supuesta “gracia” ha significado tormentos y castigos.

    Sin quererlo, hace pocos días, un amigo me dio un nuevo argumento para mi rechazo por los circos. Me contó que asistió con su hijo de 4 años al circo de los Hermanos Vásquez, el que, como cada septiembre, se instaló en el estero Marga Marga de Viña del Mar.

    Horrorizado y molesto, me contó que su hijo estaba muy contento cuando llegó al circo, pero que su alegría pronto se convertiría en pavor por una experiencia que de seguro será difícil de borrar de sus recuerdos por algún tiempo. En un momento del espectáculo un payaso que se encontraba en escena invitó a los pequeños a subir al escenario.

    Casi una decena de pequeñitos, entre ellos el hijo de mi amigo, se animó a subir al escenario y luchando contra la timidez de ser observados por cientos de espectadores, realizaron pruebas propuestas por el payaso. Cuando el número llegaba a su fin, el payaso invitó a los niños a retirarse pero saliendo por la parte posterior del escenario.

    Confiados e inocentes, los peques se fueron por donde les señalaron, sin embargo sorpresivamente una explosión en el sector donde iban llegando los hizo salir despavoridos. Sin entender lo que ocurría los niños corrieron para ponerse a salvo, retrocediendo por donde venían e incluso algunos saltando más de un metro de altura para bajar del escenario y poder refugiarse con los suyos. La “broma”  macabra no hizo reír a nadie, excepto al payaso. El hijo de mi amigo temblaba entre los brazos de su padre y aunque pudo disfrutar en parte el resto del espectáculo, cada vez que salía un payaso, el pequeño volvía a temblar y a pedirle a su papá que no dejara que el payaso se lo llevara.

    En el intermedio, mi amigo enfrentó al payaso, pero éste, no saliendo nunca de su rol, se limitó a escuchar sin emitir palabra.

    Cero criterio. Alguien podrá decir: no puedes pedirle criterio a un payaso, es cierto,pero es mucho pedir que quienes desarrollan espectáculos para niños piensen un poco más en sus contenidos. Creo que somos los padres y los adultos los que debemos exigir contenidos ad hoc, somos los grandes los que, así como lo hizo mi amigo, debemos velar por la salud mental y física de nuestros niños, no podemos permitir que este tipo de situaciones pasen inadvertidas y sigan repitiéndose como si estuvieran bien.

    Tonta grave, como quieran, pero basta con ponerse en el lugar de ese pequeñito que confió en el payaso y que aún hoy sigue teniendo pesadillas por culpa de esa “broma” que todavía no logra entender.