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    19.12.2012

    La humildad de Juan Herrera

    Terminó una nueva temporada – la quinta – de la serie “Los 80″ de canal 13 de la que me declaro fanática. Como cada domingo, nos sentamos frente al televisor con mi amado para seguir atentamente los devenires de los Herrera y sus amigos. Es uno de los pocos programas que vemos. Por lo general tratamos – no siempre con suerte – de prender lo menos posible la cajita idiota, pero, como sabrán, es difícil no hacerlo con dos niños que pululan por el living mientras intentamos hablar.

    Nuestra tele suele estar en los canales de dibujos animados: el 23 y el 21 casi siempre. Pero volviendo a Los 80. Durante esta temporada encontré que la serie estuvo menos emotiva o tal vez yo ya no logré emocionarme como antes. Sin embargo el capítulo final me reencontró con esos sentimientos. Fueron varios los momentos emotivos: el cierre de la historia dolorosa de la pobre Claudia, que pucha que sufrió esa cabra. El quiebre definitivo del Martincito que trató de arreglarla con la Paolita pero tarde: la flor ya había muerto. El Félix que por fin dio su primer beso…y Juan, el pobre Juan Herrera al que una vez más la vida se lo cagó. Qué manera de sufrir ese pobre hombre, realmente. Si no era la hija metiéndose en las patas de los caballos, era un loco inescrupuloso que nunca le trabajó un día a nadie. Pero fuera de bromas y entendiendo que es una serie de ficción, lo que más me emocionó en este último capítulo es el sentimiento maternal y paternal que tan bien expresaron Juan y Ana.

    Porque bien o mal, los dos trataron de estar siempre con sus hijos, entrometiéndose más de la cuenta en algunos casos y postergando los propios sentimientos en otros. Pero siempre ahí, atentos a sus hijos. Eso me emocionó, creo que los personajes lograron transmitir esa sensación. La escena de Juan Herrera con su hijo Félix es notable. El pobre Juan estuvo apunto de ensuciarse las manos con el infeliz de Ricardo, el hijo de su ex socio que terminó cagándoselo con casi 15 palos – 15 palos en los ’80, saquen la cuenta -, venía pa la cagá en el auto, abatido, resignado a quedarse sin ni uno, frustrado. Achacado en el auto, llega el Félix con una sonrisa de lado a lado contándole que está pololeando. “Es el día más feliz de mi vida”, le dice. La cara de Juan es de antología: a pesar de la rabia, de la frustración, es capaz de postergar esos sentimientos pencas y abraza largo y apretado a su hijo sin decir nada.

    Lo de Ana también merece una mención. A ratos la mujer se volvía insoportable, es cierto, porque pucha que le gustaba meter la cuchara a la eñora, pero terminé queriéndola, incluso diría que llegué a entenderla. Confieso que los ojos se me nublaron cuando con una mezcla de pena y rabia le dice a su hijo Martín que la Paola, su ex y la madre de su hijito, es una tonta que se lo farrea por no quererlo. Me da risa y vergüenza pensar que sería capaz de actuar igualito si alguna peuca osa rechazar a uno de mis niñitos.

    Pero volviendo a Juan, que es el tema y el protagonista de esta columna, el hombre, en mi opinión es la personificación de la humildad y de la capacidad de volver a levantarse una y otra vez. Porque de seguro que no habría sido un buen final que Los Herrera terminaran convertidos en prósperos empresarios, de vacaciones por el sur y sin sobresaltos económicos. Todo vuelve a su curso tras la estafa. Juan se queda sin ni uno, y de sus planes de empezar su negocio con Exequiel no quedan más que las ganas. Su cara lo dice todo cuando carpeta en mano va donde uno de sus antiguos proveedores para pedirle pega. Así terminó la quinta temporada de una de mis series favoritas – la otra fue El Reemplazante  de TVN -, así que a esperar por la sexta.