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    16.04.2013

    En primera persona

    Hace meses que no actualizaba el blog, una vergüenza, pero como las excusas suelen agravar la falta, voy a lo que vine. Uno de los últimos posteos, y tal vez uno de los que más me comentaron (no en el blog pero sí en vivo) fue el titulado Día de los Inocentes. Día terrible esa madrugada del 29 de diciembre de 2012, más terrible por las consecuencias que tendría y que, sinceramente, ni siquiera, ni en mi peor pesadilla, imaginaba. Odio las crónicas donde el periodista es el protagonista, pero en ésta no hay otra posibilidad. Lamentablemente fui la protagonista y aquí estoy, pagando.

    El 29 de diciembre conocí en vivo y en directo ese aparatito denominado tan siúticamente como intoxilyzer. Agoté unos 4 antes de que Carabineros lograra su propósito de establecer cuánto había bebido. Mejor me hubiesen preguntado. Pero en fin, esa noche, es cierto señora magistrado bebí, pero mi estado ni siquiera correspondía al de “enfiestado” ni mucho menos.  Tanto fue así que estando en Viña en la despedida de un alto jefe policial, me retiré más temprano para acudir al encuentro de mi bien amado que se encontraba en Valparaíso.

    La historia, como podrán suponer, terminó mal. Intolyzer, alcoholemia, segunda comisaría central y recién a eso de las 5 AM de regreso a mi hogar… sin licencia y con una sensación mezclada de impotencia y por qué no decirlo, vergüenza. Sí, vergüenza, porque, aunque no me canse de afirmarlo, bebo como cualquier mortal, pero de ahí a ser una alcohólica, hay un enorme trecho.

    Era sólo el inicio de una muy mala experiencia. Sin licencia por 20 días…mal, limitada. Pero faltaba aún. El miércoles 10 de abril, tipo 7 am, un señor llegó hasta mi casa para notificarme de una resolución judicial. Yo figuraba a esa hora en la ducha y fue mi santa nana la que atendió al caballero. Como estamos en Chile y los derechos ciudadanos suelen lo menos respetado, el señor notificador le informó a mi nana el motivo de la notificación. “Quién era? le pregunté por los incesantes ladridos de mi perro”. “Un señor que venía a notificarla por conducir en estado de ebriedad”, me contestó sin una pizca de malicia.

    Primero: qué tiene  que informarle el señor notificador a un tercero de las razones por las cuales me deja un papelito.

    Segundo: yo no manejaba en estado de ebriedad, sino que bajo la influencia del alcohol (que son varios grados alcohólicos menos señores)

    Pero en fin, ya enterada mi nana, qué más podía esperar. Pero la humillación no llegaba a su fin. Esta semana me tocó acudir a la audiencia de formalización. Sí, porque, estimados, fui formalizada por conducción bajo la influencia del alcohol. Creyendo que pasaría piola porque afortunadamente no soy rostro de TV ni nada parecido, llegué al tribunal porteño. Al llegar al mesón, una joven guardia me saluda con afecto. “Hola, tanto tiempo, en qué anda, a cuál audiencia viene?”. La señorita me ubicaba y yo a ella porque hasta hace unos meses trabajaba en el tribunal de Viña. Con cara de “tierra trágame por favor” le contesto como intentando tragarme mis palabras que “a la mía”. “No me diga, me responde la señorita con cara de compasión. Qué le pasó? me imagino que viene como víctima”. “No precisamente, le respondo…es a las 9.30…mire, esa que aparece ahí, le muestro en el papel”. “Ah! responde ella, no sé sin con compasión o más bien con cierto ánimo de sanción en su tono. “Suba al tercero, sala 9…que le vaya bien”.

    En fin, la audiencia fue otra humillación más. La espera se hizo eterna y nuevamente un guardia me hizo sentir rostro de TV. “Ud. es periodista cierto?  se acuerda de mí, el del twitter. A cuál audiencia viene…va a estar buena la mañana…a cuál viene?”. Yo haciéndome la loca analizando por enésima vez el hermoso fondo de pantalla de mi smarthphone.

    Hasta que me tocó el turno. La magistrado dice mi nombre e intento entrar con la frente en alto. El público presente es una gran masa sin rostro. Juro que siento la respiración de todos en mis oídos. “Su nombre completo, su dirección, profesión, el primer nombre de su padre, el primer nombre de su mamá…” y todo el chorizo. Por más que el defensor penal lo intentó no me quedó más remedio. Estaré sin licencia por 6 eternos meses, 6 eternos meses sin poder ir a buscar a mi hijo al colegio, 6 meses recordando cada día que por confiar en el factor suerte, me tomé un ron sin imaginar que un control policial y de Senda me esperaba en plena Av. Errázuriz.

    Algunos seguirán confiando en el factor suerte. Yo ya no, la lección fue dura y no estoy dispuesta a pasar de nuevo por las mismas

    Salud!