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    22.04.2013

    Perder a un hijo

    Se me achica el corazón sólo con escribir el título de este posteo. No es primera vez que por mi trabajo me toca cubrir una noticia tan dolorosa como la muerte de un niño. La semana pasada fue la de un pequeñito de 6 años que fue atropellado mientras jugaba en un condominio. Hace unos años, fue la de un niño de 10 años, Francisco Provoste. Una placa recordatoria en la misma calle en la que vivo me recuerda cada día su muerte.

    Fue el martes pasado cuando el conductor de un transporte escolar atropelló por accidente al pequeño Renzo mientras el niño jugaba en una placita en el condominio donde vivía. Cuando supe que tenía 6 años no pude dejar de pensar en mi propio hijo. El día de la audiencia de control no logré contener las lágrimas. Sólo pensar en sus padres me hizo poner la piel de gallina. No puede existir dolor más grande que perder a un hijo, mucho más cuando se trata de una muerte tan repentina, inesperada y por cierto evitable. No puedo dejar de pensar en esos padres, en esa familia. Cómo se levanta alguien después de una pérdida así, cómo vives con ese dolor y esa ausencia. Cómo te perdonas no haber estado ahí en el momento justo. Cómo sigues…

    Una muy querida amiga que perdió a uno de sus hijos en un accidente hace muchos años me decía que en su caso, sus otros hijos, la obligaron a levantarse y a seguir. Sin embargo, me aclaraba siempre lo mismo: te levantas pero el dolor y la pena te acompañan para siempre.

    Cuando conocí a Marisol Mena, la mamá de Francisco Provoste, el niño de 10 años que murió luego de ser atropellado a sólo una cuadra de su colegio no pude más que solidarizar con su dolor y su rabia. Ese accidente terrible tuvo coincidencias que incluso ahora, transcurridos más de 6 años, me estremecen.

    Había regresado de mi post natal y no quería seguir cubriendo el sector policial. Después de convertirme en mamá no me sentía mentalmente preparada para enfrentar tragedias ni historias que suelen verse cuando cubres este frente. Pero tuve que hacerlo. Paradojalmente, y a poco tiempo de haber retomado mi trabajo, tuve que cubrir esa noticia. La segunda coincidencia era que el accidente ocurría en la misma calle donde vivo. Fue muy doloroso todo el contexto. Fue imposible no empatizar con el dolor de esa madre, de su hermano mayor, de quienes lo conocieron.

    Una placa y arreglos florales que siempre están frescos honran la memoria del pequeño Francisco. Marisol, su mamá, no ha dejado un sólo día de mantener vivo su recuerdo. “Soy una muerta en vida”, me acuerdo que me dijo en una entrevista. Cómo no serlo, pensé en ese momento. Cómo no serlo pienso también hoy.

    De qué sirve un juicio si un hijo ya no está contigo, aplaca en algo la pérdida, el dolor, la ausencia que te acompañará para siempre.

    No puedo dejar de pensar en los padres del pequeño Renzo, no puedo dejar de compartir su dolor. No existen palabras suficientes, abrazos suficientes ni consuelo posible para ellos, tal vez la fe, tal vez la fuerza del cariño, la vida que nos arrastra, tal vez el nuevo ser humano que nace después de esta pérdida nos ayuda a levantarnos, a vivir con el recuerdo de ese hijo tan amado que ya no está pero que tuvimos la dicha de tener por los años que estuvo.

    A Marisol y a los padres del pequeño Renzo