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    26.04.2013

    Asesinar a un niño

    Una amiga me comentaba por estos días que no ha querido leer ni tampoco conocer detalles del difundido sacrificio de un niño – en realidad un lactante – como parte de un rito de una secta que se reunía en Colliguay, una tranquila localidad rural de Quilpué. Y lo cierto es que nadie quisiera conocer una aberración, una crueldad tan indescriptible como ésta. ¿A cuánto puede llegar la maldad de un ser humano, a cuánto la enajenación, a cuánto la anulación de la voluntad?

    Porque la secta que se reunía en el el fundo Los Culenes de Colliguay la integraban -por lo que se ha conocido hasta ahora- 12 personas adultas, muchas de ellas profesionales, de familias funcionales. Qué poder tan grande puede tener un hombre por sobre otro. Qué capacidad tan grande de anular la conciencia de otro; la voluntad de otro; la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo.

    Ramón Castillo Gaete, autodenominado “Antares de la Luz” y líder de la secta puede haber estado loco, pero la pregunta obligada es qué pasaba por la cabeza del resto; qué pasó con las conciencias de sus seguidores; cuán poderosa fue la convicción con la que les habló del fin del mundo y de la necesidad de matar a un supuesto “anticristo”, el que era nada menos que su propio hijo.

    Mi padre siempre repite que la mente humana es un laberinto, que a pesar de haber sido estudiada a lo largo de la historia del hombre, nunca terminaremos de conocer. “Jamás dejará de sorprendernos”, suele repetirme. Y con este tipo de noticias es plausible su afirmación. Ramón Castillo sin duda era un desquiciado, el autor intelectual de un sacrificio abominable. ¿Pero qué qué pasó con sus “discípulos”?, ¿acaso dejaron de ver a un bebé indefenso que era llevado a un sacrificio brutal, a morir en la hoguera con su voz acallada vilmente con una cinta adhesiva? Pero ninguno pensó en rescatarlo. A tanto llegó la anulación de sus voluntades que se quedaron inmóviles para presenciar un asesinato tan cobarde.

    Sacrificar animales como parte de rituales sectarios es una muestra de maldad. Pero sacrificar a un ser humano, a un bebé de sólo dos días no sólo es un acto aberrante que refleja el desprecio por la vida de sus autores  y cómplices, sino además evidencia el estado de desequilibrio mental de una sociedad enferma que debe hacernos cuestionarnos respecto de cada uno de nosotros, porque con nuestro silencio, indiferencia, individualismo y relativización de los valores más puros y esenciales, contribuimos inconscientemente a fortalecer y generar grupos sectarios que quieren convertirse en los nuevos mesías de sus “ovejas descarriadas”.