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    02.09.2013

    Hasta la confianza tiene precio

    dentista

    Hace días que estaba por escribir, pero confieso que esta vez me costó bajarme del carrusel y hacer el paréntesis para compartir un tema que de seguro les ha tocado vivir. El mismo día que me pasó volví a mi trabajo enojada, con los cachetes colorados de puro picá y cuestionándome si es que en los tiempos en que vivimos todo parece tener precio, incluso la confianza y la buena fe. Tal vez fue una decisión casual que al final se convirtió en sabia, el hecho de no haber escrito con sangre en el ojo, como se dice.

    Ocurre que, confiada en los diagnósticos profesionales, sometí a mi hijo mayor a una intervención quirúrgica menor, pero no por ello menos dolorosa y, hay que decirlo también, costosa. Como mi querubín no había logrado ciertos fonemas, estuvo con apoyo de una sicopedagoga durante el año 2012 y sus avances fueron notables. Sin embargo, pese al empeño de la sico y el esfuerzo de mi niñito, no hubo caso con el sonido “rrrrrr”. Yo sentía que las cosas se darían con el tiempo, pero noté a mi pequeñito un tanto frustrado. Fue entonces que volví con la sicopedagoga y me sugirió que el dentista le cortara el frenillo (el que está debajo de la lengua).

    Sólo imaginarme la intervención me dolía todo, pero si no había más remedio, pensé, qué le podía hacer. Llevé a mi hijo al dentista, lo evaluó y al día siguiente, zuácate, le cortó el frenillo. Mi hijo, elevado a la categoría de superhéroe porque ni siquiera chistó – yo me habría puesto a llorar con solo verle la cara al dentista – se portó un 7 y tras la recuperación de casi una semana – el tiempo en que cicatrizó la herida – comenzó a ensayar con el sonido “rrr” sin notorias mejoras.

    Partimos nuevamente a la sicopedagoga y sugirió algunas sesiones. Como los programas los venden sólo con una derivación de la pediatra, tuve que pedirle a la “dostora” que me hiciera el bendito papelito. Y aquí viene el origen de mi furia. Cuando fui por el papel, la doctora me habló de los ritmos de cada niño, del uso de flores de Bach para relajarlo y ayudarlo en la adquisición del sonido y un largo etcétera. Le expliqué a la doctora que mi hijo había tenido buenos avances con la sicopedagoga pero que el sonido “r” simplemente no lograba brotar de sus cuerdas vocales. “De hecho”, le dije con relajo, “en marzo le cortaron el frenillo y no hay caso”. La doctora, que, hay que decirlo, es bien particular, lanzó su lápiz al aire y acompañó este cinematográfico movimiento con un grito – o debo decir, alarido – desgarrador que me dejó hundida en la silla. “¡¡¡¡¡¡pero cóooooooomooooo!!!!!” me dijo en un tono entre cuestionador y severo. “Esas intervenciones son de lo más arcaicas, ya están en desuso…y un largo bla, bla, bla”. Me sentí como el forro. Intentaba explicarle en que actué confiada en la recomendación de la sicopedagoga y me respondió en tono que percibí sarcástico “es una máquina de hacer billetes, pero en fin, es su decisión, pobre niño, pero bueno, ud. es la mamá”. Me firmó el papelito y se despidió haciéndome sentir aún peor “ya, nos vemos, la miro, pienso en su niño y se me ponen los pelos de punta, hasta luego y que le vaya bien”.

    ¿Y qué quería que hiciera? Me vine preguntando todo el camino que separa la consulta de mi trabajo. Confié en el diagnóstico de una profesional, creí en que lo mejor para mi hijo era lo que me recomendó una especialista. Es que acaso para todo habrá que pedir dos o más opiniones por las dudas de estar cagándola. No puede ser que todo sea un negocio, que tengamos que dudar de todo…si mal que mal no se trata de estarse comprando una camiseta o un pantalón, estamos hablando de procedimientos médicos, de la salud de una persona.

    Con rabia y todo, lo cierto es que al cabo de tres sesiones – de un total de ocho – he visto progresos en mi hijo y lo mejor de todo, lo he visto más confiado y sintiendo que ha logrado mejorar su pronunciación…es mi consuelo para no sentirme tan mala madre como me hizo sentir la “dostora”.